
La plaza de Roma era una superficie en forma de ele, encajada entre cuatro bloques de edificios con los que conformaba una manzana. Estaba pavimentada y rodeada de bancos de piedra granítica, sin respaldo, a la sombra de los edificios. Se podía acceder a ella andando por los cuatro huecos donde no había edificios, sorteando unas jardineras de obra con arbustos que delimitaban el espacio, impidiendo que cualquier cosa que rodara o anduviera acabara fácilmente en el asfalto. Aquel era el único lugar donde llevar a los niños a jugar y cada día, a las cinco de la tarde, comenzaba una peregrinación hasta allí. Decenas de madres iban a buscar a sus hijos a la salida de los colegios, les llevaban la merienda y arrancaban desde allí el camino hasta la plaza. Pero, aunque pueda parecer que la plaza de Roma era una plaza de verdad —quizás la mejor de aquel pueblo que se había convertido en ciudad—, era también un aparcamiento. Cada tarde, decenas de mujeres, de madres, estacionaban los carritos de sus hijos. Carros de bebé o sillitas de niño, situados alrededor de cada banco, perfectamente colocados frente o junto a ellas. Y, cada tarde, decenas de niños revoloteábamos dentro de esa superficie sin salirnos de ella.
Conforme te acercabas al lugar el sonido del traqueteo de las ruedas de los carros de bebé se iba haciendo más fuerte, al igual que el ruido de voces de fondo, de niños jugando, hasta llegar al banco de destino. A la entrada desde el este, por donde entrábamos nosotros, había más silencio, ya que los niños de esa parte eran bebés y preescolares. Se escuchaba el tintineo de cucharas de metal en los potitos de cristal de la merienda, sonajeros mecidos por las madres para distraer a los niños y llantos. Después estaban los que daban sus primeros pasos en ese pavimento hidráulico de botones blancos y rojos, que no solían alejarse mucho de sus madres. Algunos lloraban cuando, en su lucha diaria contra la gravedad, caían al suelo. Tras esa zona ya se escuchaban palabras, de niños preescolares con babi de cuadros blancos y azules, que jugaban entre ellos protegidos por sus madres. Y justo antes de cruzar la franja de sol que se colaba entre los edificios, separando los dos lados de la plaza, se escuchaba ya el grueso de sonidos que emitían los mayores, que se colocaban en el otro extremo de la plaza, el lado largo de la ele, más amplio. Niños con deportivas blancas gastadas del uso y pantalones de chándal. Niñas con coletas y trenzas armadas por pinzas de plástico y coleteros de colores. Uniformes grises y granate, azules y blancos. Niños con y sin uniforme, mezclados, corriendo juntos tras un balón, persiguiéndose entre ellos o saltando a una cuerda o a una goma, montados en una bicicleta o en un patín. Ninguno de ellos pasaba de los diez o doce años. Ningún acompañante de los mismos era el padre, solo había madres. Una suerte de organización ubicaba cada edad, cada deporte, cada juego, en una zona concreta de la plaza evitando incidentes y accidentes con los más pequeños por parte de los más mayores. Así ocurría una tarde tras otra, un año tras otro.
En ese pueblo convertido en ciudad se respiraba la misma normalidad. Todos los que vivían allí eran de un pueblo. Unos vinieron del suyo a la ciudad y otros vieron cómo su pueblo se convertía en la ciudad. Nadie se salía del patrón. No había gente diferente en ningún aspecto, ni de otras culturas, ni de otras religiones, ni con otro color de piel o hablando otro idioma. En esa normalidad nos criamos de niños, no había otra. Todo era uniforme, a pesar de las diferencias. En esa época, lo que no era uniforme no se mostraba o se escondía lo más que se podía.
A eso de las seis de la tarde había una pequeña desbandada de madres. Lo provocaba el recelo a un chaval, mucho mayor que los demás, que llegaba sobre esa hora. Al principio no se notaba, no eran muchas, pero poco a poco el hueco entre las madres de los niños más pequeños era evidente. El chico tendría unos dieciséis o dieciocho años. Vestía siempre un peto vaquero, una camisa blanca y unas zapatillas de deporte J-Hayber. Tenía el pelo algo más largo que los demás jóvenes y con rizos, que le caían sobre la frente. Llevaba gafas, con una montura fina de metal y unos cristales muy grandes. Andaba despacio, cojeaba de una pierna cuyo pie además no estaba paralelo al otro, y parecía que arrastrara esa pierna en su lento avance con movimiento limitado. Sus brazos siempre llevaban los codos flexionados, con las manos cerca del pecho, pero en alturas distintas. Las palmas miraban al interior, sus dedos estaban curvados y trataban de hacer pinza al vacío. Ninguna persona de esa plaza, excepto su padre, podría definir lo que le pasaba a aquel chico. En aquella época cualquier tipo de discapacidad tenía nombres horribles y humillantes para los que vivían con ella. Ni siquiera se consideraba entonces que eso fuera una discapacidad sino una desgracia.
El chico siempre llevaba en la mano un vaso de plástico, de esos antiguos de las máquinas de café, blanco, con las marcas rugosas horizontales del exterior que evitan que sea resbaladizo, cogido por la base con sus dedos haciendo pinza. Avanzaba despacio por la plaza sujetando su vaso de plástico en una mano. Con la otra iba pellizcando el borde y girándolo, una y otra vez. En algún pellizco, el borde del vaso se rompía, pasando al siguiente pellizco hasta volver a romperlo un poco más allá. Después, iba soltando tiras del vaso, desde el borde hasta la base, como si el vaso fuera un plátano que tuviera que pelar. Con una concentración absoluta, abstraído completamente del entorno, del ruido y del resto de la gente. El chico avanzaba por las fachadas que componían el vértice interior de la ele mientras iba dando vueltas al vaso. Una y otra vez, para pelarlo al completo, tira a tira, hasta terminar el proceso en ocho o diez tiras de plástico blanco alrededor de la circunferencia de la base del vaso. Lo seguía, un par de metros por detrás, un hombre, su padre, el único padre en esa plaza, que lo observaba minuciosamente en su recorrido, mientras avanzaba, y se adelantaba a él al llegar al final para que diera la vuelta y volviera. Observaba cómo progresaba la conversión del vaso en una margarita de plástico y, en ese momento, le cambiaba el vaso convertido en flor por uno nuevo, a estrenar, para que comenzara de nuevo su proceso. Así podía estar durante un par de horas cada tarde, deshojando vasos de plástico ensimismado en ellos, sin prestar atención al bullicio que a su alrededor se estaba desarrollando. Así era siempre, excepto cuando, por el motivo que fuera, su atención se desviaba del vaso. Y entonces, aquello que se cruzara con su mirada en ese momento era el motivo de un brusco cambio de comportamiento. Podía ser alguien corriendo, montando en bici, un adulto, una pelota.
Como si no existiera nada más a su alrededor, como si al darse cuenta de que había algo más allí aparte de su vaso se sintiera amenazado, en ese momento el chico avanzaba a más velocidad hacia su objetivo, arrastrando su pierna, sin soltar el vaso, con una mirada desencajada en la cara. Podían verlo venir y tratar de huir, pero si no lo habían visto, el susto era terrorífico por lo inesperado, por lo ilógico y lo irracional. El padre se encargaba de neutralizar estos ataques antes de que tuviera lugar el choque, agarrándolo de los brazos y hablándole para calmarlo, llevándolo de nuevo a su vaso de plástico y a su mundo, pero su cara de ira era lo que se quedaba grabado en la retina de quien sufría un intento de ataque. Muchos chavales y las madres estaban acostumbrados y alerta, pero la situación podía cambiar en décimas de segundo. Los pequeños lo evitábamos, intentábamos no acercarnos a él. Los grupos de niños correteaban intentando no cruzarse con él. Las pelotas se lanzaban evitando que botaran cerca de él. Nadie se atrevió nunca a señalarle o provocarle. Había respeto en la conducta general hacia él, además del miedo que producía la incertidumbre de que, sin motivo aparente, la tarde pudiera pasar de la diversión al terror.
Un día la plaza de Roma apareció vallada y sin acceso. El pueblo que se había convertido en ciudad seguía creciendo y los coches ya no cabían en las estrechas y desordenadas calles que se habían llenado de más edificios. El ayuntamiento decidió construir allí un aparcamiento subterráneo que, de un día para otro, disolvió la concentración de madres e hijos que diariamente tenía lugar. Cada cual tuvo que buscar una nueva ubicación para sus hijos y sus juegos, al tiempo que estos iban creciendo, como lo hacía la ciudad, que creó nuevos parques, más lejanos y más grandes que aquella simple plaza. Cuando se inauguró la nueva plaza con su aparcamiento subterráneo debajo, después de mucho más tiempo de lo previsto, aquellos niños ya habían crecido y no volvieron a jugar allí nunca más. La ciudad que antes fue un pueblo se estaba convirtiendo en otra ciudad, como la gente que la habitaba había ido cambiando también.
De aquella plaza salieron abogados, médicos, arquitectos, dentistas, policías, peluqueras, peones de la construcción, un concejal y algún que otro yonki. Todos tenemos en común haber corrido por aquel pavimento de cuadros blancos y rojos, haber disfrutado allí de parte de nuestra infancia y haber sentido el escalofrío en el cuerpo al cruzar la mirada en algún momento con el chico del vaso de plástico. Años después, en algún día festivo de esos en los que aún se reúne la gente que queda de aquel pueblo que se convirtió en ciudad, volví a verlo. Seguía llevando gafas y el pelo rizado, ya canoso, con su posición de brazos que había conocido de pequeño, por eso lo reconocí. Su mirada estaba como ausente pero tranquila. Lo acompañaba un señor mayor, casi anciano, que había dedicado su vida a ofrecer vasos de plástico a su hijo y a intentar que viviera lo mejor posible en aquella ciudad que antes había sido un pueblo.
El libro del taller
OPINIONES Y COMENTARIOS