Íbamos mi amiga Montse y yo en su destartalado mercedes del 92, por las carreteras comarcales de la región francesa de Nueva Aquitania, buscando un Château francés que se llama Saint Georges. Allí trabajaba desde hacía ya diez meses Carlos, el hermano mayor de Montse, a quien habían contratado como enólogo de la bodega del castillo. Montse estaba deseando verle, le echaba mucho de menos. Y yo también, pero por razones menos fraternales.
Habíamos salido de Logroño muy temprano, con la esperanza de llegar al castillo de día. Era la primera vez que hacíamos este viaje y nos habían dicho que se tardaban unas cinco horas, cruzando la frontera por Irún. Llegamos a Burdeos muy bien de tiempo, pero allí nos entretuvimos más de la cuenta y al final salimos cuando comenzaba a anochecer.
El problema surgió cuando perdimos la cobertura del móvil y nos perdimos nosotras por aquellas carreteras y para colmo de males comenzó una tormenta furiosa.
— Sonia, ¿crees que vamos bien?, me dijo mi amiga.
— No lo sé Montse, el móvil está muerto y no llevas un maldito mapa de carreteras
— ¿Para que voy a llevar un mapa? Eso ya no lo lleva nadie
— Pues, tal vez sería conveniente llevarlo para no perdernos en mitad de Francia. Mira en que lío nos hemos metido. Se supone que esta carretera lleva a Saint Emilion y allí buscaremos un teléfono para llamar a Carlos.
Los relámpagos y los truenos no paraban. Salvo por la luz de los relámpagos, estábamos totalmente a oscuras. A duras penas se veían las rayas de la carretera, a pesar de llevar las luces largas del coche, la lluvia casi las anulaba,
— Sonia no veo nada, dijo mi amiga en un grito.
De repente Montse dio un volantazo, que casi me saca del asiento.
— Pero que haces Montse, grité.
.– No veo nada con la lluvia. ¡Cuidado!
El coche empezó a dar bandazos y un segundo después llego el impacto. Con un ruido enorme de chapa y cristales nos dimos contra algo muy sólido. Durante unos instantes reino un silencio extraño, solo roto por el golpeteo de la lluvia en el coche.
— Montse ¿Estás bien?, grite.
— Si… creo que sí. Pero no se qué ha pasado… ¡uy¡,.. tengo sangre.
— No te muevas, dije mientras intentaba con todas mis fuerza abrir la puerta del copiloto que se había quedado atascada.
Al final conseguí salir y fui hasta la puerta del conductor para intentar ver como estaba mi amiga.
— ¿Dónde tienes sangre?
— En la cabeza, me duele, me he debido dar con el volante.
Con la linterna del móvil, conseguí verla la cara. Efectivamente tenía un buen porrazo en la frente y una pequeña herida por donde salía sangre. Doblé mi pañuelo del cuello y se lo puse en la cabeza como una cinta apretando la herida para contener la sangre.
— ¿Te duele algo más?
— No, creo que estoy bien.
— Pues intenta salir, yo te ayudo.
Como pudimos entre las dos conseguimos que saliera del coche. La puerta de su lado solo se podía abrir muy poco, el golpe había sido en ese lado.
— Coge algo para taparte, dijo Montse, estás empapada.
— Tú también te estás empapando.
Nuestros ligeros vestidos de verano estaban calados.
Rápidamente nos dirigimos al maletero y cogimos unos impermeables. Con ellos puestos, enfocamos al coche con las linternas de los móviles. Estaba destrozado, no quedaba nada de su elegante y largo morro. Nos miramos desoladas. Nuestro viaje había terminado contra una gran tapia de piedra
— ¿Qué vamos a hacer ahora?, dije mirando alrededor.
La fuerte lluvia no había cesado, los truenos y los relámpagos rasgaban el cielo iluminando una inmensa llanura poblada de viñas, pero no se veía un alma. No había luces, no había casas, no había nadie.
Miré a Montse y vi que estaba llorando. La abrace fuerte y empecé a llorar con ella, desde luego debíamos tener una imagen muy rara a la luz de los relámpagos.
— Bueno basta de llorar, dije soltándola y tratando de secarme la cara con un pañuelo, misión bastante imposible con la que estaba cayendo.
— Pero ¿qué vamos a hacer? El coche está muerto y no se ve ningún coche que pase por esta carretera.
— Vamos a ver. Yo creo que podemos seguir la tapia contra la que nos hemos dado y seguro que encontramos una entrada a algún sitio que nos pueda dar cobijo. Ahora mismo cualquier parte parece mejor que seguir quietas aquí paradas quedándonos heladas.
— ¿Estás segura?, dijo Montse poco convencida.
— Todo lo segura que puedo estar. Dije con energía para animarla. Vamos.
Nos pusimos en marcha pegadas a la tapia sin hablar. El agua nos empapaba las piernas, el barro se pegaba a nuestros pies por encima de las sandalias de tiras que llevábamos y el viento nos azotaba con furia la cara.
Yo pensaba que, en buena hora nos habíamos metido en un viaje tan largo y por un terreno que no conocíamos de nada. Claro que Montse estaba deseando ver a su hermano porque nunca se habían separado tanto tiempo y le echaba mucho de menos. Y yo por acompañarla, bueno, no os voy a engañar. Yo por supuesto por acompañarla porque Montse era mi amiga del alma desde la guardería, pero también porque tenía otra razón de mucho más peso.
Carlos y yo nos conocíamos de toda la vida. De pequeñas Montse y yo íbamos a todas partes detrás de él dándole la lata. Durante mucho tiempo fue también como mi hermano mayor, soy hija única, pero cuando llegué a la adolescencia todo cambió y me enamoré de él, como solo una adolescente se puede enamorar. Él, por supuesto me seguía considerando una niña y no me hacía ni caso. Me daba una rabia enorme verle toteando con chicas de su edad. Montse decía que se me pasaría con los años.
Cuando aprobé la Selectividad con muy buena nota, me tuve que ir a Madrid a la Universidad. Fue muy duro para mí, pero poco a poco me olvidé de la obsesión que tenía por él. Cuando volvía a Logroño tampoco coincidíamos, él terminó la carrera y se dedico a viajar.
Cuando nos volvimos a ver algo había cambiado, noté que ya no me miraba como una niña y se empezó a despertar lo que yo había conseguido dormir, que no olvidar. La química estaba
empezando a funcionar entre nosotros, cuando le llegó esta oferta de trabajo, tan importante que no pudo rechazar.
Esa era la razón principal, por la que yo me veía calada hasta los huesos en una carretera por la que no circulaba un alma.
— Mira hay un arco, parece la entrada de una finca, dijo Montse.
Habíamos llegado siguiendo la pared, a un gran arco de piedra con una verja de hierro que cubría todo el hueco y al otro lado continuaba el muro de piedra. Me abalance para abrir la verja pero estaba cerrada, la desolación me invadió.
— Está cerrada, no podemos entrar, dije desesperada.
— Aquí hay una pequeña puerta y está abierta, dijo Montse con alegría. Vamos y se metió por ella.
La seguí y al atravesarla vimos un ancho camino cubierto de grava rodeado por ambos lados de árboles, tan altos que sus copas se perdían en la oscuridad. A la luz temblorosa de nuestros móviles parecían gigantes inmóviles, guardianes silenciosos de algún secreto antiguo.
— ¿Tú crees que habrá una casa al final?.
— No lo sé, pero yo no puedo seguir empapada. Así que andando dijo Montse poniéndose a andar a toda velocidad.
La seguí, no muy convencida, pero considerando que era la única opción que teníamos, no me quedaba otra.
Cada paso hacía crujir la grava bajo nuestros pies. Los relámpagos iluminaban fugazmente bultos que el miedo convertía en animales agazapados a punto de saltar sobre nosotras.
Íbamos agarradas del brazo, muy juntas y temblando, no sé, si por el frío, o por el miedo, o por las dos cosas. De repente un rayo ilumino el cielo y a la vez sonó un trueno atronador, que nos hizo pegar un salto.
Delante de nosotras apareció una mole de piedra. Un enorme castillo oscuro recortado contra el cielo iluminado por los relámpagos.
–¡Que horror!, ¿Segui…mos? o salimos corriendo, dijo Montse, castañeando los dientes. –
–Tenemos que seguir, sino nos moriremos de frio.
Seguimos andando muy despacio hacia la mole. Al llegar más cerca descubrimos una plazoleta con una fuente en el medio y enfrente una pequeña escalinata que subía hasta una puerta de roble enorme.
Subimos los escalones de puntillas y con el corazón que se nos salía del pecho.
— ¿Llamamos?, dijo Montse
— Claro, ya que estamos aquí. Tenemos que arrimarnos para encontrar un timbre o algo parecido, desde aquí no se ve nada.
En ese momento se abrió la puerta, sin que la hubiéramos tocado. Un escalofrío nos recorrió todo el cuerpo haciéndonos dar un salto hacia atrás.
— Qu’est ce que voux voulez? Dijo el hombre que abrió la puerta
Era muy alto y delgado, llevaba un traje negro y se alumbraba con un candelabro de muchos brazos
— Es un vampiro, me susurro Montse al oído.
La miré aterrada y dije
— ¿Habla usted español?
— Si, dijo él
— Perdone que vengamos a estas horas. Es que hemos tenido un accidente con el coche muy cerca de la entrada de su finca y como los móviles no tienen cobertura hemos venido a ver si podemos usar su teléfono.
— Señoritas, en primer lugar esta no es mi casa, yo solo soy el mayordomo y en segundo, el teléfono no funciona, al igual que la luz se han estropeado con la tormenta.
— Pues nos vamos, dijo Montse a la vez que se volvía a toda prisa.
— Un momento señorita, dijo el Mayordomo, No pueden irse.
Las dos le miramos muy asustadas
— Quiero decir… la noche está terrible con la tormenta y además no hay ninguna casa en varios metros a la redonda. Pasen, podrán calentarse mientras aviso al señor.
Entramos a un vestíbulo enorme, el mayordomo cerró la puerta de la calle e indicándonos que le sguiéramos, abrió unas puertas muy altas que había a un lado del vestíbulo y se puso a un lado para que pasáramos. Una vez que entramos cerró las mismas y se marcho.
La sala era muy bonita, toda revestida con paneles de madera clara y varios cuadros con paisajes de viñas. Estaba alumbrada por dos enormes candelabros encima de un aparador, lo que le daba un ambiente muy acogedor. Al fondo había una gran chimenea de mármol con un buen fuego y unos sillones que invitaban a acurrucarse en ellos.
— Vámonos, dijo mi amiga, antes de que sea muy tarde. Él lo ha dicho, la noche está mal y no hay casas cerca. Por eso nos tenemos que quedar para que seamos su cena, así no tienen que salir a buscarla.
— ¡Pero qué dices Montse! Menuda tontería.
— Si si, tontería, pero no ves que no hay ningún espejo, ni aquí ni en el vestíbulo. ¿Conoces algún vestíbulo de castillo sin espejos?
— No conozco muchos vestíbulos de castillo, dije con sorna.
— Pero no has visto al mayordomo, es un vampiro.
— Otra tontería es un mayordomo francés.
Montse iba a responder cuando se abrió la puerta y entro en la habitación un hombre de unos treinta y tantos años, alto moreno y muy guapo, vestía un vaquero, una camiseta y encima un batín de seda que le sentaba estupendamente.
— Buenas noches, soy Renoir Duran. Ya me ha contado Julián su odisea. ¿Puedo preguntarles a donde se dirigían?, dijo en perfecto español.
— Está usted en todo su derecho, ya que hemos invadido su casa, dije. Yo me llamo Sonia Fernández y mi amiga Montserrat Martínez de la Riba. Íbamos al castillo de Saint George para visitar a su hermano, que es el enólogo de la bodega.
Mi amiga no decía palabra, pero le temblaba la barbilla, estaba blanca, como la nieve y no quitaba los ojos de nuestro anfitrión.
— Ya, dijo con una sonrisa curiosa, pero tienen que cambiarse porque están empapadas. Voy a llamar a Julián para que les preparen un par de habitaciones y les facilite algunas ropas de mi hermana, que creo que les servirán hasta que mañana puedan recuperar la suya del coche.
— No es necesario, dijo Montse, saliendo de su shock, a su hermana puede no gustarle.
— No se preocupe, ella no las necesita, no está aquí.
Se abrió la puerta y apareció el mayordomo. Renoir se le acercó y le dijo unas palabras en voz tan baja que no pudimos entender.
— Bien, dijo dirigiéndose a nosotras, ahora que ya está todo en orden, les dejo, pero les prometo que volveré pronto y con una gran sorpresa para ustedes. Mientras sírvanse una copa de lo que prefieran dijo señalando una pequeña mesita de caoba que había en un rincón llena de botellas, copas y vasos, así irán entrando en calor. Y se marchó cerrando la puerta.
— Montse, vámonos que al final va a ser verdad lo que dices, son vampiros y se han debido cargar a la hermana o alguna otra visitante incauta como nosotras, por eso tienen su ropa.
— No seas tonta, dijo Montse que había recuperado el color y parecía muy tranquila. No pueden ser Vampiros, Renoir es un hombre estupendo o ¿no lo has visto?.
— Pero que dices, si eras tú la que quería irse.
— Si pero ahora no, no comprendes que un hombre tan guapo e interesante no puede ser vampiro.
— Deja de decir tonterías, precisamente ese encanto es lo que les caracteriza, según dicen en todas las películas.
Entonces se oyeron unos pasos en el exterior de la habitación, varios pasos.
— Ves ya vienen y deben ser varios, dije mientras miraba a mi amiga que había vuelto a palidecer´
— ¿Qué haaa..cemos?, balbuceo.
La puerta se abrió una vez más y apareció Renoir.
— Bien señoritas, aquí les traigo su sorpresa y se hizo a un lado mientras yo cerraba los ojos pues no quería ver el horror que se acercaba.
Mi amiga Montse, dio un grito y se lanzo sobre lo que entraba.
–¡Carlos!
Abrí los ojos y no me lo podía creer, allí estaba Carlos con su hermana agarrada a su cuello y mirándome con cara de risa.
— Bien venidas al castillo de Saint Georges. Con lo intranquilo que estaba porque no me llamabais, ya pensaba en organizar una batida para buscaros y quien me iba a decir que vendríais directas, dijo, mientras él y Renoir me miraban con una gran sonrisa.
Rodeando a su hermana con un brazo abrió el otro y me miró a los ojos. Sus ojos no miraban a una niña, si no a una mujer. Corrí hacía él refugiándome en su abrazo.
El fin del viaje, podría ser el principio de algo muy grande.
El libro del taller
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