Juan, el ilusionista

Juan, que así se llamaría durante un tiempo el mago, apareció en escena de improviso; sin que nadie lo esperase; sin que nadie lo viera venir. Tan solo Isabel conocía el truco, no en vano era su madre. Toda la familia quedó impresionada.

Esta fue su primera actuación, apenas duró media hora. Fue inesperada, impresionante, un auténtico escándalo. Ocurrió en un pueblo grande y, a pesar de ello, su aparición fue comentada por todos.

Isabel Sanchís y el pequeño Juan huyeron de la popularidad y marcharon del pueblo.

Juan tardó catorce años en montar un nuevo espectáculo, tan controvertido como el primero.

—Valió la pena —dijo años más tarde, recordando los hechos.

Esta vez su actuación fue en la ciudad, en el colegio San Moralín de Casalaz, un colegio de religiosos. Hizo desaparecer a un niño y aparecer a una niña. Fue tan impresionante, que los compañeros y los curas quedaron perplejos. Alguno lo aplaudió.

No todos lo vieron con los mismos ojos. Trascendió, los diarios se hicieron eco. El colegio de religiosos, que no quería fama, lo expulsó del centro.

Pasó el tiempo y, recién cumplidos los dieciocho, decidió que era el momento de mostrar al mundo de lo que era capaz. No haría como David Copperfield, él no haría desaparecer la Estatua de la Libertad, sino tan solo una parte de su cuerpo.

Mucha gente le pidió que desistiese, que aquello era peligroso. La noticia se difundió en la televisión local. Las televisiones programaron tertulias con expertos vociferantes, que solo buscaban el escándalo, el esperpento, pero, sobre todo, audiencia.

Mucha gente lo criticó, pero él no desistió. Sabía perfectamente quién era y también era consciente de que una parte de la sociedad jamás lo aceptaría, por mucho que escapase del envoltorio que, según él, no le correspondía.

Han pasado los años y, según me cuenta Juana, los monstruos no han desaparecido, siguen ahí, disfrazados, ocultos tras una falsa máscara de aceptación, pero, en el fondo, tan intransigentes, tan intolerantes como lo han sido siempre, o quizá más.

«Si los niños se esconden en armarios es porque todavía tienen miedo a salir».

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