NO SOLO DE AMOR SE VIVE

NO SOLO DE AMOR SE VIVE

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La comida empezó a escasear a las pocas semanas de declararse la maldita pandemia. Los dueños de los comercios de la ciudad tapiaron puertas y ventanas en un intento de impedir saqueos como los que se estaban cometiendo en otros lugares. La gente, desesperada, acudía al mercado negro en busca de algo que llevarse a la boca sin que importara su precio.

Jhon sabía que, a ese ritmo, el dinero que tenía duraría poco e intentaba racionar sus alimentos.

 

Una mañana despertó empapado en sudor, desorientado, sin saber si era de día o de noche. Un desagradable sabor ferroso inundaba su boca. Palpó alrededor de su cuerpo y sintió alivio: creía que todo había sido una pesadilla. En su sueño, se veía descalzo, con los pies embadurnados de barro y con un palo de cuya punta chorreaba sangre, al igual que de sus manos y su cara.

Helen, su mujer, había sido la única persona en toda su vida que conseguía que olvidara las pesadillas. Pero hacía días que ella ya no estaba y las imágenes se sucedían una tras otra como fotogramas de una película. Y como cada vez que tenía uno de sus malos sueños, se agarró la cabeza con las manos, se golpeó contra la almohada y suplicó para que, las imágenes que lo atormentaban, desapareciesen de su mente.

 

Después, fue incorporándose muy despacio hasta sentarse al borde del colchón. Apoyó su mano sobre la mesita de noche y empujó el despertador, el pequeño termómetro y el vaso de agua que todas las noches acostumbraba a dejar sobre el mueble.

Poco a poco, volvió a tomar conciencia de que estaba solo y de que hacía mucho tiempo que no abrazaba a nadie.

 

Le pesaban las piernas y ya no le daba importancia al líquido espeso y maloliente que supuraba de las múltiples llagas abiertas desde que Helen dejó de cuidárselas. Ella siempre fue su enfermera. Pero ya no estaba, ya nada importaba. La recordaba sentada sobre la silla para coser, porque todo en su casa tenía un para qué: la butaca para leer, la mesa para comer, la mesa para amasar, la pila para lavar la ropa, la pila para fregar los platos. Vajilla que, por cierto, ya no guardaba en su sitio. El mal que se llevó a su esposa lo estaba corroyendo por dentro y no hacía el menor esfuerzo por mantener el orden. 

 

Tras levantarse, vertió el poco café frío que había sobrado el día anterior, se acercó hasta la ventana y la abrió en un intento de renovar un aire que pesaba tanto como sus piernas.

En la lejanía, varias columnas de humo teñían el cielo de negro. Jhon añoraba aquel cielo limpio del que era imposible contar las múltiples estrellas tintineantes en las noches de verano.

”Qué estarán quemando ahora” pensó.

Cuando terminó el café, se calzó las botas de goma que usaba antes de la pandemia para ir al establo a limpiar los excrementos que sus vacas dejaban durante la noche. Su pensamiento iba una y otra vez al pasado: a sus quehaceres de granjero, a la huerta que sembraba y recolectaba, a las remolachas que dejaban sus dedos del color de la sangre.

 

El sabor ferroso volvió a su boca. Sacó la lengua y la pasó por el dorso de la mano dejando un rastro teñido de rojo. Escupió y al hacerlo se dio cuenta de que se le había caído un diente.

“Un diente menos —dijo casi con un susurro— Tendré que cocinar bien la carne, para poder comer”.

 

Caminó rodeando la granja hasta llegar a un cobertizo lúgubre. Allí guardaba unas estacas afiladas, que apilaba contra una de las paredes. 

Una viga atravesaba el techo de lado a lado. De ella, colgaban sogas, ganchos y cadenas que en su día le sirvieron para sacrificar a uno de sus animales y asegurarse la reserva de alimento para todo un año. Ya no era así. Ahora debía comer lo que hubiera antes de que llegara alguien y se lo arrebatara. La vida se había vuelto hostil.

 

Los aperos de la huerta estaban tras el pilón de agua, junto a un cubo metálico. El cubo lo utilizaba para transportar las herramientas de despiece, que después limpiaba con el agua del pilón. Lo hacía todo con sumo cuidado para que sus reservas duraran. En algún momento, la pandemia acabaría, y su objetivo era aguantar como fuese.

 

Poco a poco, se acercó hasta el refugio subterráneo del cobertizo con una estaca recostada sobre su hombro derecho y el cubo en la mano izquierda. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo puso sobre la cara para tapar la boca y la nariz. Cada día le costaba más abrir aquella trampilla.

 

Tras abrirla, un fuerte olor a salado lo invadió todo. Descendió los peldaños de las escaleras hasta pisar un suelo enfangado. Iluminó con su linterna los rincones donde sospechaba que estarían las ratas. Blandió la estaca como si se tratara de una lanza, apuntó hacia una de ellas y la lanzó. 

 

“¡Blanco!”. Corrió hacia ella, la retiró del palo y lanzó el arma sobre otra con el mismo resultado. 

 

Sabía que pronto tendría que dejar su comida a aquellos asquerosos bichos, y que probablemente esas ratas pasarían a ser pronto su segundo plato, pero mientras Helen no se pudriera del todo, ella era su primera opción.

 

 

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