—Mira, abuelo, buscando una corbata he encontrado estos recortes de periódicos. Todos hablan de ti.

Frente al espejo, Antonio se observa. Tiene arrugas en la frente, poco pelo encima de las orejas y manchas marrones en el cuello. Pese a todo, al otro lado de los cristales de sus gafas, sigue asomándose el mundo.

—Yo creo que la azul te va a quedar muy bien, ya verás.

Berta le ayuda a vestirse, le limpia los zapatos, le cepilla la americana, le peina las cejas y le quita algunos pelos que le sobresalen de la nariz. Antonio, algo caído de espaldas, quiere mantenerse firme en su idea de ser agradable a los demás, en dejarse entender con las cosas que cuenta.

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Este premio es para mí una alegría y un estímulo. Porque, aunque ustedes me quieran jubilar, yo todavía tengo muchas cosas que decir. Me gustan las palabas y lo que se construye con ellas. Mi madre lo sabía y un año le pedimos a los Reyes Magos un cuaderno de rayas para no torcerme y un lapicero bueno… Permítanme un sorbo de agua… Es tener el cuaderno en las manos y empezar a escribir. Lo primero que se me ocurre es Historia de un pajarito, que relata la vida de un pájaro recién nacido que se queda solo en el nido. Cometo muchas faltas, pero mi madre está pendiente y me borra las palabras que escribo mal y me ayuda a poner las letras adecuadas. El cuaderno lo completo con Tacita, que es un relato sobre una niña gorda, y con Un papá valiente, que habla sobre un hombre que se pasa el día trabajando.

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—Aquí tienes un pañuelo, no te olvides de echarte colonia, ¿ya sabes lo que vas a decir?

Sabe lo que va a decir desde el día que le llamaron por teléfono.

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A los catorce años gano mi primer concurso literario. Tengo que ir a los estudios de la radio, me dan un estuche de lápices y rotuladores y una bandeja de pasteles (porque Pastelería Amador patrocina el concurso). Me hacen una pequeña entrevista y la emoción en la cara de mi madre no la puedo olvidar. Parte del premio es de ella, porque me ayuda a reescribir Historia de un pajarito aportando más líneas argumentales, pero eso nadie lo sabe. En el instituto ya no necesito su ayuda, ya tengo recursos propios. Le leo mis textos y ella opina, me da consejos y me dice que quite las palabras que no encajan. Ya sabe a lo que me voy a dedicar en el futuro. Lo que no sabe es que nada va a ser fácil. Escribir es cómodo, lo haces sentado y juegas con lo que te sugiere la imaginación. En cuanto te levantas de la silla, hay que pelearse con todo: con los trabajos, con la gente, con los impulsos del propio cuerpo.

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Antonio busca en sus archivos aquella carta. Las últimas palabras de su madre, que llegaron a Nueva York en 2001. Nunca dejes de luchar por tus sueños, le decía. Ella sabía que escribir es como soñar. Algo inventado que nos ayuda a entendernos. Quiere que su nieta tenga la carta. Sin que ella se dé cuenta, la mete en su bolso.

—Ésta era ella, ¿verdad? —dice fijándose en una foto en la que sale paseando con dos amigas cogidas del brazo, a cada lado, por la Gran Vía.

Desde que vive solo, Berta viene a verle cada dos o tres días, le organiza algo de la agenda, le ordena los armarios y le supervisa los correos electrónicos. Él le dice que le recuerda mucho a su bisabuela, ella se ríe, era muy pequeña cuando murió.

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Me va regalando libros de Cela y Delibes para que se me quede algo, dice que es muy importante leer porque ahí está la semilla de la escritura: el sonido de fondo de un café o el dibujo en el aire del vuelo de una perdiz. Me recomienda que lea El Jarama Entre visillos, para rodearme de libros de realismo social. Empiezo el camino: la Universidad, los Cursos en el extranjero, mi primer libro. Luego otros más. Los viajes, los distanciamientos, la búsqueda de mi propio territorio. Educado como estoy en las virtudes de la decencia, salgo un poco inconformista, lo que me viene bien para liberar rabia y osadía en mis párrafos. Siempre escribo sobre las cosas que no me gustan, para entenderlas o para ridiculizarlas.

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En el despacho de Antonio hay otras fotos: en la Universidad de Chicago, con su mujer y sus hijos con el fondo de una playa, con escritores. Entre todas ellas, una cogiéndole la mano a su madre delante del olmo de Castroviejo, cuando tenía cuatro o cinco años. Una foto antigua, casi sin brillo. Él lleva un sombrero blanco y tiene cara de susto.

—Pedimos el taxi para las cinco, ¿de acuerdo?

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Los años de Estados Unidos son tiempos de éxito, pero también de esfuerzo. Relaciones sentimentales que no acaban de cuajar y la lucha con una enfermedad física que derivan en un desorden mental, como si fuera otro el que vive en mí. Es lo que yo llamo la época de las palabras perdidas. Curado de cuerpo y alma, vuelvo y visito a mi madre, que está con su álbum verde: recorta de la prensa los artículos que he escrito, las entrevistas que me han hecho y las críticas de mis novelas. Me dice que como estoy tan lejos, es una forma de tenerme cerca. Soy su hijo escritor, el que acaba de sacar un libro estupendo, como si no hubieran pasado cinco años de vacío creativo, de tierra yerma de ideas.

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Mientras Berta está en el ordenador, él se sienta en la butaca. Respira hondo y mira hacia el techo. Es lo que siempre suele hacer cuando tiene que parar en su escritura para encontrar la palabra exacta. Se ha pasado la vida mirando los techos de los lugares donde ha estado: los hoteles, las aulas, los cielos.

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Con el permiso de ustedes, voy a tomar otro sorbo… No pude viajar a su entierro. No estuve a su lado los últimos días de su vida. Todavía no me lo he perdonado. Es con las palabras como intento superar los errores cometidos. Es con los libros como busco explicaciones de las cosas pero, sobre todo, de mí. Toda la historia que cuento en Noches amargas es un ejercicio de buscarme entre la gente que me rodea. Todo lo que escribo en Agua turbia es un intento de dialogar con quienes me abrieron las puertas de esta profesión. Por eso quiero dedicar este premio a mi madre, que aún me advierte que no es lo mismo escribir volver que regresar, no es lo mismo poner soñar que imaginar. Que todavía me enseña a alzar el vuelo, a tener confianza en mí. A ella se lo debo todo, aquel primer empujón con el cuaderno de rayas y el lapicero bueno es lo que me trae hasta aquí, ante ustedes, todavía disfrutando de lo que hay, un mundo muy diferente al que conocí, pero en el que sigo valorando el respeto y el cariño de todos los que me leen. Muchas gracias.

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—¿Te preparo una tila antes de salir? —le dice su nieta. Antonio escucha ese tono de voz lejano, amable. Tan conocido.

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