
Doña Patro -por buen nombre Patrocinio-, sentada a la mesa camilla, el brasero calentando bajo las enaguas, se dispone a disfrutar de su café vespertino. Café como el que Dios manda, nada que ver con la achicoria de las cartillas de racionamiento; café del bueno, del que le trae el comisario jefe de Prosperidad, requisado seguramente a los estraperlistas.
Al aroma del café se úne la radio, de donde surgen los primeros acordes del Indian Summer de James Herbert, que en España no es otro que la música de Elena Francis. Doña Patro, recia, fornida, ya en la cincuentena, se acomoda bien en la silla y enarbola las agujas de punto, las piernas bien tapadas con las enaguas de la mesa camilla. En estos ratos le gusta tejer ropa a las muchachas. A fin de cuentas, por gajes del oficio, las pobres van siempre medio en cueros y siempre se agradece una bufanda o una toquilla de lana.
La voz que sale de la radio está leyendo una de las cartas dirigida a Elena Francis. Doña Patro lleva muchos años escuchando el consultorio; se ha acostumbrado a tener su runrún como música de fondo. La que lee ahora la envía “Un alma en pena” y dice así: “Querida señora Francis, me dirijo a usted para pedirle consejo pues no tengo familia y mi vida es terriblemente desgraciada…” Doña Patro teje con furor, como todas, hija… a ver qué esperas “…habiéndome venido a Madrid del pueblo para ponerme a servir, conocí a una señora que me pareció muy amable y me ofreció alojamiento…”
Doña Patro levanta la vista de su labor y se queda inmóvil, mirando al frente.
“…y resulta que el trabajo que me prometió es ser una cualquiera, señora Francis, en una casa con más chicas como yo, en la zona de Prosperidad. Imagine usted mi espanto…”
Doña Patro enarca las cejas, muy atenta.
“…y esto no es vida, señora, yo soy una muchacha decente y quisiera su consejo y si acaso una recomendación de usted para servir en una casa o para ingresar en un convento, pero dejar esta vida…”
Aquí Doña Patro se solivianta, se levanta, ¿A que es la Eulalia?, anda que no la he oído tonterías como ésa del convento. ¡Capaz es de haber escrito a la radio! Con pasos rápidos, admirable para tratarse de semejante corpachón, Doña Patro sale del comedor y va al salón, donde sus chicas, todas pintadas y bien arregladas, entretienen la espera de los clientes. Algunas están pintándose las uñas, otras leen revistas de moda que le traen a Doña Patro desde un quiosco cercano; pero Eulalia no, está sentada delante de una mesa donde dos chicas juegan al parchís y se ha quedado dormida. Bueno, pues no es ésta, piensa Doña Patro; si hubiera escrito a Elena Francis no se pierde la respuesta. Mira a las otras con sospecha. ¿Sería alguna de ellas? Casas como la suya, en el barrio de Prosperidad, no hay. ¡Ingratas, eso es lo que son! Llegan de provincias, con el aire alelado, sin espabilar, la mayoría analfabetas, unas muertas de hambre, y ¿qué hace ella, eh? Pues las lava, las viste, con mucho estilo además, buena ropa aunque escasa, ya se sabe, gajes del oficio, las mantiene y les da un jornal, vale, no muy alto, pero estos tiempos que corren no son para esplendideces.
Doña Patro vuelve a su mesa camilla, a su café y al ganchillo, cuando Elena Francis está respondiendo a “Un alma en pena”. “Hija mía, el camino que has tomado es de perdición. Ningún hombre decente va a querer a una joven, por atractiva que sea, que se ha entregado al oficio más antiguo del mundo. Sé que pensarás que lo has hecho por necesidad, pero la realidad es que la mujer decente de verdad supera las adversidades sin llegar a caer en semejante lodazal.”
Doña Patro menea la cabeza y sonríe. Elena Francis aconseja a Un Alma en Pena que abandone esa vida de vicio y lujuria y se vaya a un convento a purgar sus pecados. “De lo contrario, hija mía, en pocos años, cuando tu belleza esté ya marchita, serás una desdichada sin un árbol al que arrimarte…”
Doña Patro termina su café y enciende un pitillo. Ella también podría responder a Elena Francis. “O no. Podrías tener algo de cabeza, ser inteligente, más que tus compañeras de faena, estar siempre atenta a cuando llega un cliente que pueda servirte de ayuda y que tenga suficiente dinero para poder sacarte de aquí, que te ponga un pisito, te mantenga, y al que le puedas pedir un préstamo para abrir un negocio. Y claro, un negocio que si has trabajado antes en él, mucho mejor. Conociendo las entretelas, sabiendo camelar a las personas que convienen, los que tienen cargos pero a la postre también debilidades, como todo hijo de vecino…Sabiendo dosificar, dando pero teniendo guardado. Siendo astuta.
Y es que ahí donde se la ve, gorda y panzuda, doña Patro sabe muy bien de lo que habla porque ella también tuvo sus dieciséis, y era delgada y fresca y bonita y también llegó del pueblo a la capital. También a ella se le acercó una señora muy amable, muy comprensiva, que le dio alojamiento y comida. A partir de entonces dejó de ser Patrocinio y se llamó Nancy porque, según decía con mucha sorna, era como una muñequita. A los años difíciles, señora Francis, hay que mirarlos a la cara.
Y ha pasado el tiempo y tiene su negocio propio, sus chicas, bien limpias y gentiles, su comisario jefe y su café. No le pide más a la vida que siga el camino que tiene trazado. Está orgullosa de sí misma; se ha trabajado esta tranquilidad, sabiendo que ninguna redada va a llegar, que sus muchachas están a salvo de imprevistos, que reciben sus visitas sanitarias una vez al mes, que el dinero entra y a menudo acompañado de regalitos que, salvo muy contadas ocasiones, le llegan a ella, que ella los custodia por si alguna vez la verdadera destinataria quiere irse. Porque Doña Patro no retiene a nadie, que conste, que le conste bien a la señora Francis; para la que no quiera, ahí está la puerta. ¡Ancha es Castilla! Pero quien sale ya no vuelve. Por muchos ruegos que haya. Doña Patro ha aprendido mucho.
De pronto Eulalia entra sobresaltada. “¡Oh, doña Patro, me dormí! ¡Y quería escuchar a la señora Francis!”. Doña Patro se levanta, la rodea los hombros con un brazo firme, más bien una tenaza.
“Vamos, mujer, pues mañana la oirás. Si siempre dice lo mismo. No te has perdido nada.”
El libro del taller
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