Muchacha en la ventana

Muchacha en la ventana

Georgina

22/06/2026

Eva salió de la cama esa mañana. Fue despacio hacia la pequeña ventana de su habitación, los pies descalzos apenas rozaban el suelo. Era una mañana fría de invierno, pero a Eva no le importaba, por el contrario, le gustaba sentir el frío de las baldosas.

Abrió la ventana y una ligera brisa acarició su rostro, el sonido de las olas le llegó más claro que nunca. Respiró hondo; el olor a mar le hizo recordar aquel verano en la playa con su familia. Casi podía sentir el calor del sol sobre la piel, la arena entre los dedos, el cabello enredado y el gusto a sal en la boca. Sonrió al tiempo que una profunda tristeza la invadía. Ahora no veía a nadie en la costa, era un día gris y frío; un único velero flotaba impasible cerca de la orilla, como si se lo hubiesen olvidado allí. Hacía mucho que no pasaban el día en la playa, pensó. Y sabía exactamente hace cuánto.

Eva se inclinó un poco más hacia afuera, su estómago apoyado contra el marco de la ventana. Cuando era niña necesitaba subirse a un banco para poder sentarse en el alféizar, ahora solo le bastó con impulsarse con los brazos. Si su madre la viera sentada allí, se enojaría mucho con ella, “Es peligroso”, diría, “y hace demasiado frío”. Pero a Eva no le importaba. Apoyó su espalda contra el marco, una pierna dentro, una fuera, y levantó la vista al cielo. Estaba nublado pero igualmente tuvo que entrecerrar los ojos para mirar hacia donde suponía debía estar escondido el sol.

Solo se oía el apacible ir y venir de las olas. Ni un pájaro cruzaba el cielo. Eva pensó cómo se sentiría ser pájaro, sentir el viento entre las plumas. Se giró, ahora ambas piernas estaban fuera. El viento hacía danzar levemente su camisón. Imaginó que ella era un ave, extendió los brazos, era libre y volaba, sintió el viento entre sus plumas, el calor del sol sobre el rostro, el gusto a sal en la boca. Sintió paz.

Etiquetas: dalí playa relato

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