
La librería valenciana estaba a reventar.
Elena Lezama leía un pasaje de su novela La piel que cedemos. Su voz no temblaba, pero sus ojos evitaban la quinta fila.
Allí, separados por tres desconocidos, estaban ellos.
Carlos, con sus cincuenta y cinco años cargados en unos hombros que aún conservaban la percha de antiguo atleta, sostenía un ejemplar de la autora. Había sido su marido durante una década de silencios compartidos. Al leer el capítulo tres, reconoció el diálogo exacto de la noche en que ella recogió sus maletas. El representaba la estabilidad, el hombre que amó a la escritora de forma convencional sin un atisbo de aventura o pasión.
A unos metros, Sofía observaba a la protagonista con una mezcla de orgullo y melancolía. Ella fue el «después». La mujer por la que Elena dejó a Carlos, rompiendo el guion de su vida burguesa. Era la libertad caótica; una artista intensa, la persona que enseñó a Lezama que el deseo podía ser un lenguaje político. Pero también la dejó a pesar de sus canas rebeldes y sus anillos de plata.
Al terminar la lectura, se produjo el encuentro inevitable junto a la mesa de firmas. Ellos se pusieron en la fila y quisieron ser corteses. Hola, cuánto tiempo, te veo muy bien. ¿Lo has leído? Solo una parte. Ya estaban frente a ella.
Hola, dijo Carlos extendiendo el libro. Carraspeó. Qué alegría, mintió ella, o quizás no, mientras firmaba otros con caligrafía rápida. He leído la parte del jardín, susurró él; no sabía que te sentías tan sola.
Sofía se acercó en silencio rompiendo la burbuja. ¿Y has leído la parte del naufragio en Marsella? Intervino con una sonrisa triste. La autora dice que yo era su salvavidas, pero que los salvavidas también ahogan si no te sueltas.
Elena levantó la vista. Enfrente estaban sus dos grandes espejos. Su marido, el orden que rechazó; su novia, el caos que no supo sostener. Los tres se miraron con la extrañeza de quien reconoce una cicatriz, pero ya no siente el dolor. Eran tres extraños unidos por una sola pluma.
Elena cogió más libros del montón para poner dedicatorias, él no se movió y puso el suyo encima de todos. Su presencia era una columna de granito en medio de la fila. Sofía, a su lado, jugaba con un colgante de calcedonia, su mirada fija en el cuello de antigua amante, donde una pequeña cicatriz recordaba un accidente de juventud que los tres compartieron en una cala de Menorca.
Has cambiado los nombres, dijo Carlos, pero has mantenido el color de las cortinas. Y el sonido de mi miedo cuando te oía cerrar la puerta.
Ella sostuvo la mirada, sus ojos eran dos esquirlas de hielo. La literatura no es un juicio de faltas; es una autopsia.
Sofía al escuchar esto soltó una carcajada breve carente de alegría, que hizo que un par de lectores que se impacientaban en la fila la observaran. ¿Una autopsia?, preguntó inclinándose hacia la escritora hasta que el aroma a sándalo de su piel invadió su nariz y su cabeza. Para hacer una autopsia el cuerpo tiene que estar muerto, mujer y, nosotros estábamos vivos cuando nos diseccionaste. Y luego -casi al oído- A él lo dejaste por mí porque buscabas el desorden, ¿pero a mí por qué? ¿Qué rastro buscabas borrar?
Elena guardó silencio. Su bolígrafo permaneció suspendido a un milímetro del papel; una gota minúscula de tinta negra brotó de la punta, amenazando con manchar la página en blanco. Fuera de la librería, el cielo de Valencia se había vuelto del color del plomo. Carlos dio un paso atrás, rompiendo la línea recta de la fila que formaban. Sacó del bolsillo una pequeña llave de latón gastada por el uso, y la dejó en la mesa de las firmas. No dijo de qué puerta era, ni si todavía abría algo. Su exmujer levantó la vista y la miró. Reconoció la muesca lateral hecha con una lima de uñas una tarde de lluvia, quince años atrás. Guárdala, esas puertas ya no me interesan. Elena firmaba mientras hablaba. Has vendido un montón de ejemplares, comentó Carlos mientras recogía la llave y su libro dedicado con una neutralidad que pretendía ser un escudo. Seguro que sale en los periódicos del domingo. Sofía soltó el colgante que acariciaba nerviosa y se inclinó un poco más hacia Lezama, ignorando la distancia física que las separaba. Su aliento rozó la oreja de la escritora. En el último capítulo, susurró, la mujer que huye deja una botella con una carta enterrada bajo la arena, junto a los acantilados. Hay que reconocer que es un poco cursi, pero por si acaso fui allí hace unos días, cuando leí el libro. La roca sigue abierta por el rayo. Busqué entre las piedras y la arena. No encontré nada.
Elena cerró el ejemplar de Sofía de golpe. Levantó los ojos, clavándolos esta vez en el espacio vacío que quedaba entre las cabezas de sus dos antiguos amores.
La literatura no deja notas de suicidio ni mapas del tesoro, solo deja el hueco donde estuvo el cuerpo.
Abrió el siguiente libro del montón, el que pertenecía al desconocido más cercano que esperaba la dedicatoria, y empezó a escribir una genérica, con la misma caligrafía rápida y fría, Carlos y Sofía seguían a su lado, pero fuera de la fila; Elena levantó de nuevo la vista y se dirigió a los dos: Yo siempre buscaba mi voz y vosotros solo erais ruido de fondo. Hablamos otro día si queréis y en otro sitio. Aquí es imposible.
Carlos apretó su libro contra el pecho casi protegiéndose. No eres una escritora, eres una ladrona y no te enfades, construyes casas con los ladrillos que nos robaste. Sorprendida Elena sonrió con ironía y se puso de pie, entregando el ejemplar dedicado a su antigua amante. Por aquel viaje compartido, escribió. Lo cierto es que en esas casas que construyo, al menos, las ventanas siempre están abiertas. Algo que ninguno de los dos se atrevió a hacer jamás. Se hizo un silencio incómodo. Carlos y Sofía se miraron por primera vez, reconociendo en el otro no al rival, sino al cómplice de un naufragio. Elena les dio la espalda y se sentó de nuevo para atender al siguiente lector, dejándolos con la duda de si alguna vez los amó o si solo fueron borradores de una obra antigua.
El libro del taller
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