Me acuerdo de su cara

Me acuerdo de su cara

Anahí Allende

18/06/2026

Me acuerdo de mi primer día de clases en la Facultad de Psicología. Llevaba puesta una

camiseta azul, unos vaqueros rotos y unos deseos ávidos de inmiscuirme en los laberintos de la

mente humana.

Ese día, un profesor comenzó su clase preguntando si sabíamos cómo reconocer a la

locura. Nos hizo reflexionar al respecto y yo no podía esperar a que nos explicara, con lujo de detalles, los procedimientos científicos que existen para detectarla. Sin embargo, para mi sorpresa simplemente dijo con cierta pesadumbre:

– La locura tiene cara. Sí… cara y voz propia.

Yo lo interpreté de forma simbólica, incluso poética si se quiere. Sinceramente no supe como entenderlo hasta que pasaron los años.

Acabé mis estudios con honores y conseguí mi primer trabajo en el hospital psiquiátrico de la ciudad. Como suele pasar con estas instituciones, estaba a las afueras, igual que la cárcel y el cementerio. Pareciera que las civilizaciones, desde tiempos remotos, se han esforzado por mantener lejos aquello que no quieren ver, que no entienden o que temen.

En fin, el manicomio en cuestión era un enorme edificio antiguo, rodeado de jardines preciosos. Detrás de la gran puerta doble de madera y las rejas de seguridad que le seguían, era todo de un blanco impoluto. Esa blancura, para nada hacía juego con la conciencia de quienes allí trabajábamos.

Digo esto abiertamente porque en aquellos tiempos, aún se realizaban con los enfermos intervenciones de ética dudosa, incluso hay quienes dirían directamente que eran prácticas de tortura. Sólo bastaba una orden dada en nombre de la verdad absoluta y con las mejores intenciones.

Entonces se colocaban a los pacientes chalecos de fuerza para inmovilizarles o bozales metálicos para no oír lo que sus delirios contaban (para qué, si son simples tonterías). Se aplicaban inyecciones de rescate, así con un pinchazo, dejaban ya de molestar con sus fantasías ominosas. También se indicaban baños fríos o electrochoque sin anestesia como métodos para volverles cuerdos. ¡Qué ironía! ¿Quién sería capaz de conservar la razón con semejante panorama?

De todas formas, creo que lo más horroroso se veía en esas estrechísimas salas de contención

acolchonadas. Allí los locos pasaban horas, quizás días en el suelo a modo de castigo por algún

alboroto o si a caso se les viera demasiado alterados. Durante las rondas, se oían por los pasillos

los gritos desesperados que clamaban por su libertad, por piedad. Me solía imaginar que las paredes les respondían en bucle “Afuera no hay sitio para vosotros” , hasta que la oscuridad se tragaba sus sollozos.

Inadaptados. Desequilibrados. Disonantes.

Por nuestra parte, los expertos teníamos dos reglas: Una era que nunca se intervenía con los

internos a solas. La otra, que siempre debíamos vestir la chaquetilla del uniforme.

Esta segunda, pienso que sería para que se nos diferenciara bien. No fuera a ser que un día, una

desgracia hiciese que nos confundieran con uno de ellos y quedáramos del lado de dentro, para

siempre. En ese desafortunado caso, nadie nos creería si simplemente decíamos “¡Soltadme, yo no

estoy loca!”, si es de público conocimiento que no hay que creerle a una chiflada.

No. No. Era mejor que quedara clara la diferencia entre un yo que puede, que sabe, que tiene y

un tú despojado de todo aquello que nos hace humanos. A mí me parecía que dejaban de serlo, con sus batas desgarbadas y sus cabezas rapadas, sin rastros de identidad en unos cuerpos que pululaban por los pabellones, como vanos portadores de vidas truncadas.

Yo al igual que otros, sentía herida mi sensibilidad muchas veces. Pero creía que esa era la

única forma de lidiar con tales asuntos, de solucionarlos. 

Hasta que le vi la cara. Digo, a la locura.

Fue durante una guardia nocturna. Entré sola a uno de los consultorios a buscar ya no recuerdo

qué. Entré y al encender la luz, estaba allí, una silueta muy alta y delgada de pie frente a la puerta, esperándome. Por un momento me pareció reconocerle pero a su vez no conseguí identificarle. 

En ese momento no tuve tiempo de llamar a nadie para avisar de la intrusión y creo que tampoco lo hubiera hecho, si quedé totalmente hipnotizada por esta figura desconocida que se acercó a mí con calma pero desafiante, hasta llegar a estar a muy pocos centímetros. Pude sentir su respiración mientras decía con infinita tranquilidad:

– Estoy llorando.

Pero lo dijo en silencio, y yo me quedé desorientada mientras todo a mi al rededor se comenzó a tornar irreal, como si estuviera dentro de una película. No le veía llorar, su semblante era rígido como el yeso y mantenía un gesto algo grotesco, sin ninguna deformidad aparente pero se percibía como desencajado.  Sus ojos estaban secos, como pintados en un cartón, sin pestañear y fijos en los míos. 

– Yo te veo estable. – Respondí sin pensar e intentando disimular mi desconcierto mientras los latidos de mi corazón se empezaron a sentir hasta en mis sienes.

– Bueno, la medicación no me deja brotar las lágrimas, y la locura hace tiempo se apoderó de

mi cara. Pero debajo de mi piel, te juro por tu ciencia que con el alma estoy llorando. – Hablaba sin

hablar de nuevo.

– ¿Co..cómo puedo ayudarte? – Dije consternada por la situación e intentando conservar mi rol profesional, pero la pregunta me sonó ridícula.

La figura inclinó la cabeza y esbozó una especie de sonrisa inquietante pero no parecía cruel sino cansada. Por supuesto que no era mi ayuda salvadora, inflada de superioridad lo que quería. Yo en mi mente trataba de encontrar definiciones de manuales que me permitieran manejar la situación pero nada me sirvió en ese instante. 

– Mírame a la cara – Volvió a decir de manera intimidante sin mover su boca – Es tu hora para que me veas de verdad, como pocas lo pueden hacer. Pero no te olvides de que cuando miras de frente a la locura ella también te estará mirando a tí.

Le entendí. Por fuera de todas las técnicas y más allá de todas las teorías, por primera vez había oído.

Luego salió por la puerta a mi espalda, dejándome paralizada en medio del consultorio y  preguntándome a mí misma si habría perdido el juicio. Me llevó unos minutos volver a ubicarme en la realidad y salir de esa especie de niebla ilusoria que se había generado. 

Esta conversación la recuerdo más bien con la vaguedad con la que se recuerdan las pesadillas y es cierto que he llegado a cuestionarme la veracidad de tales hechos.

Esa noche nadie vio pacientes por los pasillos y nadie supo quien era cuando intenté describirla. Encima,  hablando de ello desperté unos cuantos ceños fruncidos de desconfianza, así que decidí no hablar más de esta experiencia que jamás supe ni sabré cómo explicar de forma racional.

Hasta el sol de hoy no volví a encontrarle, pero desde ese entonces en muchas otros rostros comencé a ver su cara. Y no lo digo de forma figurada, por favor creedme que la veo y también que me estremezco cada vez, pensando que pueda haber vuelto para buscarme. 

Pero igual le miro. Con valentía y humildad miro atenta, consciente. 

Me encuentro con su mirada vacía,  que se llena cuando hay un trato humanizante, respetuoso, sincero.

Con su mueca extravagante, que se afloja al paso de una risa espontánea con un comentario cualquiera.

Con unas manos temblorosas que puedo sostener si dejo que se sostengan las mías.

Con su dolor, que es igualito al mío y al tuyo.

Pocos meses después de este evento, dejé el antiguo hospital y se me hizo más horizontal el mundo.  Poco a poco fui borrando las fronteras entre quien quiere ser curado y quien cree curar porque ahora sé que no se puede acoger las vulnerabilidades de alguien más sin tener presente las propias. 

Me acuerdo de esto cuando debo explicar por qué comencé a cambiar mi forma de trabajar.

Pero me acuerdo sobre todo cuando me miro al espejo por las mañanas y pienso que cualquier día, en el lugar de mi cara, allí pueda ver… la suya.

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