
El ritual mecánico, precipitado y angustioso de levantarse, desayunar y vestirse no difiere mucho del de otras mañanas, pero un pálpito se despierta en el pecho de Carmen cuando, como gesto final, coge las llaves del coche. Antes de salir, se ajusta el cordón identificativo de la empresa, que siempre le roza el cuello, y se mete de nuevo la camisa por dentro del pantalón. Le toca visitar varias fábricas más alejadas de su oficina de lo habitual. Encontrar nuevos clientes es prioritario, según su superior; ella sigue las órdenes.
Ha aprendido a tomarse esos viajes con calma. Los kilómetros no se pueden acortar y dejarse arrastrar por la impaciencia solo la irrita. No le preocupa el silencio; está acostumbrada. Al menos, durante esos trayectos, tiene claro el destino.
Las visitas son un fracaso. En una de las fábricas ni quieren recibirla; en otra la tratan con desprecio. El muro de contención, que ha edificado alrededor de su nerviosismo e impaciencia, se debilita. Solo en la última visita se habla de posibles encuentros posteriores. Pronto la luz de aquel día comienza a fugarse por el horizonte. Está cansada.
Lleva casi una hora de trayecto de vuelta cuando el coche comienza a emitir un ruido extraño. Reduce la velocidad, pero el ruido no cesa; al contrario, va en aumento. Se para, lentamente, asustada, en el arcén de aquella carretera comarcal. Después de eso, el coche no vuelve a arrancar.
Han pasado más de cincuenta minutos cuando ve aparecer la grúa por el horizonte. En ese rato ha tenido tiempo de serenarse mientras pasea por el campo extenso y yermo que rodea su coche inutilizado, y se hace de noche.
—Buenas noches, ¿qué ha pasado?
—Ya le comenté a su compañero. El coche empezó a hacer un ruido muy intenso, cada vez más fuerte, así que me paré aquí y ya no arranca.
—¿Ha pasado las revisiones?
—Sí, claro que ha pasado las revisiones.
El hombre, uniformado, intenta arrancar sin éxito el coche. Ella lo mira desde fuera y se agarra las manos con fuerza. Mientras él levanta el capó y echa una mirada superficial, ella exhala hondo.
—Se está haciendo tardísimo, ¿puede revisarlo ya en el taller? Su compañero me dijo que la grúa recogería el coche y me llevaría a mi domicilio.
El hombre, sin responder nada, saca la cabeza de debajo del capó y lo deja caer con un ruido sordo. Tras unas maniobras que le parecen lentas y torpes, el empleado sube el coche a la grúa.
—Vivo en Madrid, mi domicilio está en la calle Galera 8.
Él asiente y teclea la dirección en el GPS. La cabina de la grúa está aceptablemente limpia y ella, poco a poco, se va acomodando en su asiento.
—Es recomendable pasar las revisiones del coche en los talleres concertados con el seguro —suelta, rompiendo el silencio creciente.
—Y así lo he hecho siempre —lo mira fijamente. Él no desvía la mirada de la carretera ni abre la boca.
Mientras mira por la ventana los campos pobremente iluminados por las farolas de la carretera, recapitula sobre el día que acaba de tener y que parece no llegar nunca a su fin. Tras el cristal, los campos secos y vacíos se suceden. Piensa en qué hará el resto de la semana sin coche, cómo continuará con el ritmo del trabajo, qué le dirá a su jefe. Mira el móvil con frecuencia, no hay cobertura. Recuerda el pálpito de la mañana. El conductor no desvía la mirada de la carretera, en la radio suena apenas una canción.
—Conducir tanto tiempo es muy pesado, ¿verdad? — suelta al aire, mientras con los dedos recorre el borde inferior de su ventanilla.
—Lo es. Es lo más aburrido de este trabajo. Me gusta más cuando hay que mirarles las tripas a los coches.
—Tanto tiempo en la carretera es muy solitario.
Sigue mirando por la ventana mientras rumia todo eso cuando cree ver algo extraño en el suelo más adelante. En ese momento del trayecto la grúa circula más despacio porque el pavimento de la carretera está dañado y hay numerosos baches. Se van acercando a ese objeto que queda del lado del copiloto. Se echa hacia delante para verlo bien, observándolo durante todo el recorrido que su cuerpo, girándose pegado al cristal, le permite.
—¿Has visto eso? ¡Para ahora mismo! — grita bruscamente. El tipo disminuye un poco la velocidad, pero continúa circulando — que pares te digo.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Que pares y des media vuelta; había una persona tirada ahí detrás.— Le mira fijamente a los ojos; en esta ocasión, él sí los ha desviado de la carretera.
—¿Qué estás diciendo? ¿Una persona? Qué va. Será un saco de tierra que se habrán olvidado los campesinos o maleza. Con esta oscuridad…
—Era una persona y te digo que pares inmediatamente—. Se echa hacia el piloto con un ademán de agarrar el volante.
—¡Eh! ¡Pero qué hace! Que no voy a parar, que no me pagan por horas y yo también quiero llegar de una vez a mi casa.
Cada vez están más lejos de aquel objeto, pero Carmen no cesa. Está agitada y se balancea en su asiento.
—O paras y das la vuelta o te denuncio por omisión de socorro—. Su voz suena casi metálica.
El hombre chista molesto y con un giro brusco, da media vuelta. Respira alterado, acelerando y cambiando las marchas con rudeza.
—Los de la capital sois todos iguales… Vuestro tiempo siempre es más valioso —murmura.
—Vaya más despacio que vamos a pasarnos —dice mientras se palmea el muslo impaciente.
—Es que no hay nada, señorita, nada.
—¡Ahí! —grita mientras se echa hacia delante en el asiento —. Pare, pare, pare.
Hay una sombra alargada en el terreno que queda a la izquierda del conductor. Carmen se baja de la grúa blandiendo el móvil con la linterna encendida. El hombre no hace ningún ademán de moverse; mira por la ventana, extrañado, y se enciende un cigarro.
Carmen cruza la carretera agarrando con fuerza el teléfono. Aquella cosa está quieta y, con cada paso que da, está más convencida de que es un cuerpo. Duda y mira hacia atrás, esperando que el hombre salga de la grúa para acompañarla. El tipo está concentrado en su cigarro y en el humo que sale de su boca. Ya no sabe si aquello tiene mucho sentido.
Sigue caminando. Con la mano derecha agarra el teléfono; con la izquierda intenta mantener el equilibrio mientras desciende por el terreno hacia la sombra. El terreno apenas está inclinado, pero ella siente que las piernas le van a fallar.
Está apenas a cinco metros cuando ya puede asegurarlo: es un cuerpo humano. El cuerpo de una mujer. Una mujer joven, boca abajo, con la cabeza ladeada hacia el lado opuesto. La mujer lleva una camisa exactamente igual a la de Carmen, pero arrugada y, a la altura de la cadera derecha, salida del borde del pantalón. Lleva sus mismos pantalones, aunque con un jirón a la altura de la rodilla izquierda, que está doblada. Le tiembla la mano. El haz de luz ilumina unos zapatos sueltos, alejados del cuerpo. Son sus zapatos. Los mismos con los que ha bajado hasta allí. Entonces ve el cordón identificativo, torcido sobre la nuca.
Se gira espantada y corre hacia la grúa. Sube la leve pendiente casi a trompicones. El cordón. La camisa. Los zapatos. Todo se le repite en la cabeza con una claridad insoportable. Está sudando y respira ruidosamente.
— Bueno, ¿qué? ¿Contenta? —dice el hombre mientras gira la llave en el contacto—. ¿Le ha gustado aquel saco lleno de maleza?
Ella solo abre la boca y la vuelve a cerrar. Tiene el cabello pegado a la frente y no aparta la vista de la ventanilla. La cabina de la grúa está llena de humo de tabaco.
El vehículo arranca. Carmen ya no vuelve a preguntar por el camino.
A la mañana siguiente repite su ritual matutino, quizá de una manera más lenta y torpe, mirándose desorientada en el espejo de la entrada. En el taller le darán otro coche. Lo establecido continúa, pero no puede evitar que le tiemble la mano al coger, como gesto final, las llaves de casa.
El libro del taller
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