Las nubes han bajado hasta las cimas de las montañas, que han desaparecido y ahora parecen montañitas. Hay como un silencio, una quietud de domingo por la tarde, que rompen unos pájaros que desaparecen detrás de los tejados. Las nubes han continuado bajando y las montañas han desaparecido por completo. Nunca volveré a ver esas nubes ni esa formación de pájaros.

Tú, has desaparecido, como los pájaros, por voluntad propia, pero la tuya sí que duele. No voy a hablar sobre eso.

Me miro el anillo de plata en el dedo anular y descubro que ha perdido la piedra que llevaba en el centro. Era pequeñita, roja. Me lo saco del dedo y es como si estuviera viendo algo que nunca he visto. Tiene muchas filigranas que jamás me he parado a mirar. Vuelvo al libro que estoy leyendo, bajo la cabeza y me encuentro con mi pie derecho metido en una zapatilla vieja azul, que compré en el mercadillo de Navidad hace dos años. Tengo la manía de meter el dedo allí donde hay un roto, con afán destructor, y poco a poco termino de romperlo. Soy aprovechatodo o pobre y mi conciencia no me deja deshacerme de algo que no esté lo suficientemente roto. En mis rotos también suelo meter el dedito, pero cuando duele demasiado, paro. Por un momento veo como se mueve mi empeine, sin yo ponerle ninguna intención. Igual estoy haciendo trampas para intentar hacer un poquito más mágico mi pie metido en una zapatilla rota.

El día es gris, gris, aunque en el cielo hay algún matiz de un gris más claro, casi blanquecino. No hay huecos donde meter los dedos, pero en los días medio nublados sí hay alguien encima de las nubes, formando dibujos curiosos para entretenernos. Me levanto del sillón y voy al cajón a por un nuevo paquete de cigarrillos, pues el viejo, que abrí esta mañana, lo he terminado. Enciendo uno y me siento en el sofá, frente al ventanal del salón. Pongo los pies encima de la mesa mientras echo el humo lentamente, tan lento que pienso si hay algo encendido dentro de mí que nunca voy a parar de echar.

Siento hambre, hoy no he comido. Abro la nevera y solo encuentro restos, como cuando uno se muda o se va de viaje. Tengo que ir al super y cambiar estas rutinas que se han ido apoderando de mi tiempo. Las buenas son más complicadas, las mías se me acomodan sin esfuerzo. Oigo a lo lejos unos perros que ladran, son los mismos de anoche, los mismos de todas las malditas noches.

Me preparo un sándwich de atún con las tapas del pan de molde que nunca tiro, las guardo para momentos de desabastecimiento como este. Salgo al porche y lo devoro sentada en una silla de mimbre. Cojo una miga grande que se ha quedado en mi pantalón vaquero y me la llevo a la boca. No me había dado cuenta de que tenía tanta hambre. Vuelvo a la cocina y abro el armario. Al fondo encuentro una lata de judías. Voy a por una cuchara y me termino la lata en un momento, mientras miro por el ventanal la luz rojiza de la tarde, intensa en unos puntos, en otros tenue, que ha dejado el cielo al abrirse y desparramar las nubes. El color anaranjado, en los puntos más lejanos del horizonte, en los más cercanos rojo fuego, me atraviesa algunas capas, todavía permeables.

Observo mis manos, no son las suyas, ni siquiera se parecen. Las mías son finas y alargadas y más bien pequeñas. Las suyas lo abarcaban todo, incluso, a veces, a mí. Salgo al jardín, apenas queda una luz tenue. Se ve perfectamente la luna, que mañana o pasado será llena. Los perros se han callado, voy al fondo del jardín, en la parte de atrás de la casa, junto al pozo y lanzo un aullido. Mis vecinos creen que estoy más loca de lo que realmente estoy. Los raros son ellos. Las viejas que me espían tras las cortinas, como si no tuvieran nada mejor que hacer. Me contestan unos perros a lo lejos, seguramente los mismos de antes, quizá sean otros.

Entro en casa, hace un poco de fresco. Me pongo una sudadera azul marino. Cada vez que lo hago pienso que la tengo que tirar; está vieja, como me siento yo en este momento. Caigo en el sofá y me tumbo bocarriba, mirando el techo, que es como no mirar nada. Me estiro y me da placer. Enciendo un cigarrillo. Siempre fumo después de comer y también cuando no como. Escucho un ruido afuera, fuerte, seco, de algo que se estrella contra el ventanal del salón. Salgo y enfoco con la linterna del móvil a un pájaro aleteando en el suelo. No sé qué hacer. Sus manos seguro que sí lo sabrían, pero ya no están aquí. Lo cojo con cuidado y le digo no tengas miedo, mientras lo acuno entre mis manos.

Subo las escaleras escuchando el fuerte sonido que hacen los grillos y recuerdo lo que leí el otro día sobre los machos, que hacen ese ruido con sus alas para atraer a las hembras. Ellos no tienen manos, pero también sufren por amor; y a veces, las hembras, celosas, se comen las alas del macho para que su canto no atraiga a otras hembras.

Se me hace densa la noche sentada en el sofá con un pájaro entre las manos, con el que no sé qué hacer. Al principio lo tenía muy apretado porque quería escapar, pero con el tiempo nos hemos ido relajando y ahora sus pequeños movimientos me hacen cosquillas.

Me despierta un ruido estruendoso que vuelve a golpear los cristales del ventanal del salón. En mis manos abiertas ya no hay nada y no veo al pájaro por ningún lado. Está amaneciendo. Descorro las cortinas que tengo enfrente y veo docenas de pájaros, uno tras otro, estrellándose en mi ventanal.

Los perros han dejado de ladrar.

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