
Hay algo de siniestro en ese ejército blanco y brillante de chatarra sincronizada, o eso me parece mientras los veo avanzar por el pasillo, uno detrás de otro, en una fila interminable que se va repartiendo puerta por puerta, mientras sostienen entre las pinzas bandejas de desayuno. Algunos portan papillas, otros piezas de fruta y tazas de café, muchos también pequeños recipientes con pastillas y un vaso de agua para pasarlas.
Uno de ellos rompe la formación marcial para entrar en mi habitación. Tiene dos brazos humanoides perfectamente articulados, un tronco robusto con una cruz roja en el centro del pecho —imagino que por aquello de la universalidad del símbolo—, y una semiesfera blanca y pulida, con la parte plana donde se supone que debería haber una cara. No sé a quién se le habrá ocurrido ponerle las rodillas dobladas hacia atrás. Supongo que eso les confiere algo más de estabilidad, pero también un aspecto de mantis que impresiona. Mi pedazo de chatarra me trae una tostada de tomate, zumo y unos huevos revueltos. Superé la infección hace más de medio mes y ya no me traen medicinas. Detrás, entra el montón de chatarra de Don, en cuya bandeja solo hay una bolsita rellena de plasta ocre.
He tenido suerte con Don, es un tipo silencioso y tranquilo. Apenas hace ruido, exceptuando esa respiración pesada y burbujeante que algunas noches me desvela. Por lo demás, no podría haber tenido mejor compañero de habitación: siempre me escucha y me deja elegir qué ver en la tele, y aunque de vez en cuando echo de menos algo de charleta, lo cierto es que por aquí la gente no tiene muy buen nivel de conversación. Algunos gritan en mitad de la noche, otros muerden. Él no se llama realmente Don, pero la doctora que nos visita una vez por semana tiene este tratamiento con todos sus pacientes, usando el don delante del nombre propio. El día que mi hermana me trajo aquí me estaba recuperando de una otitis que se había complicado, y solo alcancé a oír la primera parte. Cuando nos quedamos a solas, le pregunté por su nombre completo, pero pronto comprendí que no me iba a responder. Como no recibió más visitas en una semana, no averigüé su nombre. Empecé a llamarle Don, y así se ha quedado.
Me gusta hablar con él, contarle todo lo que se me pasa por la cabeza, leerle algún capítulo de una novela, o poner pelis antiguas en la pantalla grande y comentarlas en voz alta. Anoche vimos Metrópolis, y me pregunté qué habría pensado Fritz Lang si hubiera podido vernos por un agujerito, mientras ese montón de chatarra le cambiaba a Don el catéter. No te confíes, Don, ya has visto de lo que son capaces, pero al momento tuve que dejar de reír y pedirle a su montón de chatarra que le enderezase la cabeza, porque el pobre se había quedado mirando a la pared.
Mientras mi pedazo de chatarra deja la bandeja en la mesa y destapa los platos, solo puedo pensar en lo que disfrutaría si pudiera derribarlo de una patada. Pero lo único que puedo hacer es decirle lo estúpido que es mientras acerca su carcasa inerte. En la parte plana de la semiesfera que sería su cara si no fuese un montón de chatarra estúpida aparece un texto. En ella puedo ver el menú del desayuno, y la chatarra lo lee en voz alta mientras ilumina las palabras que va pronunciando, como en los karaokes. Tiene la voz falsamente amable de una locutora de anuncio de compresas, idéntica a la del GPS del coche. Me rebelo de la única manera en que puedo, girando la cabeza cuando la máquina me acerca la tostada con los movimientos precisos de sus pinzas. La comida choca contra mi mejilla mientras el GPS repite insistentemente por favor, abre la boca; por favor abre la boca…, pero de pronto la cara de iPod se ilumina con el nombre de mi hermana y suena un timbre, y mientras doy la orden de descolgar, mi trozo de chatarra aprovecha para introducirme un buen pedazo de comida en la boca. La cara de mi hermana aparece encajada dentro de la parte plana de la semiesfera que sería la cara del pedazo de chatarra. Me saluda acelerada y me pregunta qué tal el día. La chatarra ha dejado de intentar atiborrarme, se ha congelado. Ahora está poseída por mi hermana, como a ella le gusta decir. Siente haber llegado tarde al desayuno, pero se le ha averiado el coche y ha tenido que llevar a los gemelos al colegio en metro. El brazo metálico despierta de nuevo y comienza a moverse con algo de torpeza, vacila en el recorrido, pero finalmente llega a mi boca. Creo que estoy empezando a cogerle el tranquillo, me dice ella, la precisión de los controles no es la mejor. Le pido un poco de zumo mientras la escucho quejarse de lo complicada que es la vida de una madre soltera, que si el médico por la tarde, que si las facturas, que si la casa y el veterinario. Intenta hacerlo rápido, porque en media hora tiene que irse al trabajo, que para colmo se ha triplicado en la última semana. Tanta queja me deja sin apetito. Cuando llega a los huevos revueltos, los más sosos que he probado en la vida, sin sal ni especias ni gracia ninguna, casi sin alma, le digo que estoy lleno. Entonces ella me mira con una sonrisa juguetona. ¿Quieres volver a ser mi bebote otra vez? ¿Como cuando éramos pequeños y jugábamos a papás y mamás? ¡Veengaaa, que hay que abrir el hangaaar!, y comienza a hacer el avión con el tenedor. Yo apenas puedo contener la risa y ella me lo clava sin querer en la nariz. Aspiro un trozo de huevo por el agujero derecho, empiezo a toser, y mi pedazo de chatarra enciende una luz roja parpadeante en mitad de su pecho y toma el control de nuevo, dispuesto a hacer todo tipo de maniobras para evitar el atragantamiento. Le tengo que repetir varias veces que estoy bien para que se detenga. Mi hermana se disculpa por la torpeza y me dice que tiene que prepararse para trabajar. Cuelga y desaparece antes de poder preguntarle cuántos días más piensa tenerme en este agujero.
Me trajo cuando cogí la infección. Se me había extendido del oído a la cabeza, y no remitía. En principio, iba a ser temporal. Pero cuando me curé, los gemelos enfermaron, y entonces ella no tenía tiempo para atenderme. Después tenía el viaje a Tánger, ese que había reservado hacía tanto tiempo. Y la ampliación de horas en el curro. Y aquí estamos un mes después.
El tiempo en este zulo blanco y aséptico, pero que no deja de ser un maldito agujero a fin de cuentas, no pasa lento. Para alguien como yo, el tiempo pasa igual en cualquier parte, pero ya estoy acostumbrado. Me entretengo igual que me entretenía en casa de mamá antes de que muriese. Tengo una pantalla personal al lado de la cama donde leo novelas, navego por internet o veo pelis, e incluso puedo escribir en mi diario y navegar por internet, solo con el movimiento de mis ojos. Soy muy bueno pintando caras. Tengo decenas de retratos de Don. Ayer mismo lo pinté con una motosierra en la mano, decapitando a su montón de chatarra, y luego lo proyecté en la pantalla grande para que pudiese verlo. Cuando se lo enseñé, empezó a hacer ese ruido de burbujas que hace a veces, pero muy fuerte, y su montón de chatarra entró corriendo a asistirlo. ¡Ahora, Don, saca la motosierra!, le grité.
Me gusta tener siempre a Don al lado, ahora es mi mejor amigo. Es casi la única persona de carne y hueso con la que hablo a diario. Mi hermana ha venido a verme cuando ha podido. Tres veces, concretamente. La doctora viene semanalmente a revisar nuestros datos médicos, pero apenas pasa quince minutos con nosotros. En ocasiones me invento algún dolor en la frente o en el moflete, porque me gusta sentir el calor de una mano de verdad contra la piel, aunque sea a través del guante de látex. Sus dedos tiemblan con el pulso y me encanta el olor que deja al tocarme, a pomada y flores. A veces le pido dos besos en las mejillas al saludarnos, pero ella es muy profesional y no me los da, aunque puedo distinguir la sonrisa coqueta que se le escapa.
Una vez al día, nuestros montones de chatarra nos sacan al patio juntos para tomar el sol. Justo antes de salir, Don empieza a babear de más de pura emoción, y mientras lo empujan por el pasillo va dejando un rastro como los caracoles. En el patio hay más gente, la mayoría como Don, así que nos resulta complicado hacer nuevos amigos. Una vez vi a una chica joven fumando mientras paseaba. Llevaba la misma bata que llevamos todos, de residente, pero cuando la llamé, mi montón de chatarra echó a andar en dirección opuesta. No le gusta juntarme con otra gente como yo, no sé por qué. Sé que hay más, los he oído hablar por los pasillos, y he probado a llamarlos a voces, pero estos nazis de hojalata no quieren que me relacione con ellos. Y luego está ese chaval que grita tanto. A ese sí le dejan que se nos acerque. Huele mal y pellizca. Yo no lo noto, pero a Don le hace daño. Una vez le hizo sangre. Sé que Don le odia porque cuando aparece le tiembla un poquito la ceja derecha, así que le pido a nuestros montones de chatarra que nos cambien de sitio, para que no le moleste.
Hoy por fin Don ha recibido una llamada. Primero he oído la voz de un hombre, que lo ha saludado y le ha preguntado qué tal. Sonaba monótono y distante, apenas le ha dedicado dos frases. Todo un Sócrates. Después ha recogido el testigo una mujer de voz temblorosa. Le ha hablado durante algunos minutos antes de pedirle que por favor le mueva los ojos, o le haga algún ruidito, o algo. Ha accionado los brazos para acariciar a Don. Se nota que no lo hace a menudo, porque sin querer le ha dado un buen guantazo. Ay hijo mío, perdona, qué bruta soy. Pero por Dios, protesta o haz algo. ¿Es que no puedes hacer otra cosa que no sea echar babas? ¿Por qué no deja de echar babas?, y sigue la conversación, pero no con Don, si no con el hombre que hay con ella. Se lamenta y llora. Le dice que nada sirve. Que cada vez sufre más. Dice que deberían poner el automático, que total… Entonces, tras unos momentos, la voz de la mujer deja de temblar. Ahora es firme y dice cosas cariñosas, como qué has comido hoy, qué tal estás, hijo mío, deja que te limpie, y el brazo de chatarra se mueve con precisión para agarrar un pañuelo de papel y secar la comisura babeante de Don con delicadeza. Le tiembla un poquito la ceja derecha. Después nos traen la cena, a mí pescado hervido, a Don su rica bolsa de plasta ocre, y antes de dormirnos pongo en la pantalla grande una peli facilonga de Indiana Jones, porque intuyo que ha sido una tarde complicada para mi amigo.
Como anoche se nos hizo tarde viendo pelis, hoy me ha tenido que despertar mi hermana, que ha poseído de nuevo a mi estúpido montón de chatarra. De tanto meneo, me ha provocado un rasguño en el hombro. Aunque no lo noto, mi querido nazi de hojalata toma el control para hacerme una cura rápida mientras ella se disculpa. Te juro que en algún momento le cogeré el truco a esto, y vuelve a su tema favorito, que es la falta de tiempo, el retraso que está provocando la cura, porque ya va tarde de nuevo al trabajo. Las cosas no están muy bien y el jefe está deseando tener motivos para echarla, y mientras toma el control de nuevo, me mete el yogur a toda velocidad por el gaznate. Yo intento hablar haciendo malabarismos entre los alimentos, las palabras y la respiración para no ahogarme, y le pido un par de minutos de pausa. Ella no para hasta que me mete la última cucharada en la boca. Venga, me queda un minuto, qué quieres, y le vuelvo a preguntar cuántos días más piensa tenerme allí. Ella guarda silencio unos segundos y me dice: mañana lo hablamos, ¿vale?
El resto del día lo paso algo irritado. No me concentro una mierda, no puedo leer ni pintar, solo pensar en mi hermana, y en lo capulla que puede llegar a ser. Después de comer, de camino al patio, escucho a alguien. Es la chica. Canta. Suena precioso. Por el rabillo del ojo, la veo fumando. La llamo, y ella reacciona, pero no estoy seguro de si me ha visto. Mi maldito montón de chatarra no se detiene, acelera un poco y yo empiezo a gritarle que pare. Me agito tanto que me hago daño en el cuello. Le pido a Don que me ayude, que proteste también, pero él solo babea y babea. Cuando llegamos al patio, se nos acerca el chaval gritón. Yo sigo enfadado y le digo que se vaya, pero él no me hace caso. Don empieza a mover la ceja, y le grito para que se aleje de nosotros. No me hace caso ¿Es que no me entiendes, maldito imbécil? ¡Déjanos en paz! y le insulto, le escupo, y arengo a Don para que también lo haga, pero el chaval se pone nervioso y pellizca a Don hasta hacerle una herida, y le muerde, y se enzarza con él, hasta que varios montones de chatarra tienen que venir a llevárselo. Don empieza a respirar muy fuerte, con burbujeos, a temblar, y de pronto, emite un sonido. Un quejido profundo. La chatarra de Don se lo lleva y me deja solo en el patio, intentando controlar la respiración para calmarme, para rebajar esa furia que llevo dentro y que no puedo dejar salir porque no puedo echar a correr ni pegar puñetazos a las cosas, que es lo que me apetece. Lo único que puedo hacer es quedarme allí plantado al sol, como un geranio, controlando la respiración y dejando escapar una lágrima de rabia. Esa noche duermo solo, no sé dónde está a mi amigo.
A la mañana siguiente, me despierta el montón de chatarra con la cara de mi hermana superpuesta en la parte plana de la semiesfera que sería la cara del pedazo de chatarra. Me ha despertado con una caricia suave en la mejilla. Me habla calmada, con un discurso perfectamente ordenado, mientras me introduce en la boca con precisión pedazos de pera. Quiere que sepa que, aunque me quiere mucho, ahora mismo no puedo volver a casa. Primero tiene que solucionar asuntos del trabajo. Estaré aquí una temporada indefinida. Hace pausas respetuosas y sincronizadas cada vez que me arranco a hablar, y me escucha con paciencia a pesar de que elevo el tono. La insulto, le digo que mamá nunca habría aceptado esto. Ella espera a que termine para introducirme un nuevo trozo de fruta. Los siguientes días transcurren idénticos entre sí, mi hermana me despierta suavemente y me da de comer con sumo cuidado. La comida siempre entra en la boca. Me escucha cuando hablo y se despide sin prisas. En mi cuarto solo entra el montón de chatarra. No me sacan a tomar el sol porque hace muy mal tiempo, o eso dice mi querido nazi de hojalata.
Hoy es viernes y me visita la doctora. Cuando le pregunto por Don, calla. De momento, no piensan traer a nadie para ocupar su sitio. Hoy no me apetece hacer nada, y me paso el día mirando el techo. Hablo como si Don estuviera conmigo, pero no está. Era un tipo silencioso, pero sabía hacerse notar. Por la tarde, mi montón de chatarra me pone una bufanda antes de salir al patio, hace bastante frío. El resto de chatarras paseantes me evita. Chispea y apenas estoy cinco minutos tomando el fresco antes de que me metan de nuevo en la habitación. Si Don estuviera aquí, esta noche le pondría la de Cuenta conmigo.
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