Al filo de su naginata.
Takeko alzó su naginata de madera en silencio. Apretó los dientes y reajustó la posición de sus pies descalzos sobre el tatami desgastado, buscando el centro de gravedad que el sensei siempre mencionaba. Sus nudillos estaban blancos por la presión ejercida sobre la empuñadura. El olor a madera vieja, sudor seco y a sándalo le era tan familiar que ni siquiera los percibió. Llevaba horas entrenando y aunque muy cansada, estaba decidida a no fallar esta vez.
Llevaba un keikogi color marfil ya oscurecido por el uso y las largas horas de entrenamiento. Las mangas le quedaban cortas, y los pantalones azul oscuro caían torpemente sobre sus piernas delgadas. Todavía era demasiado joven para llenar aquella indumentaria de guerrera. Una cinta roja sujetaba parte de su cabello negro, aunque varios mechones húmedos se habían escapado y se pegaban a su frente sudorosa.
—Otra vez — desafió ella con un hilo de voz.
Fuera del dojo la brisa de la tarde agitaba los cerezos en flor. Algunos de los pétalos entraban desde la galería abierta acariciando los paneles de papel. El sol descendía desde el horizonte, y sus últimos rayos iban tiñendo el interior con tonos anaranjados. En un rincón descansaban las catanas de madera y lanzas de entrenamiento, alineadas con precisión junto a un pequeño altar donde humeaba una varilla de incienso.
A sus doce primaveras era obstinada. Llevaba horas de entreno, pero esa vez era distinto. La sombra de Hayato Saito, antes imponente sobre el suelo del tatami, pareció vacilar bajo la tenue luz del dojo. No era el arma lo que lo frenaba —era solo un trozo de madera simulando una naginata—, sino la mirada de la niña. Un abismo de determinación y código samurái que él mismo había ayudado a forjar, pero que ahora se volvía en su contra.
—Bájala—ordenó él, manteniendo la calma, pero midiendo la distancia.
Ella no retrocedió. El brazo le temblaba, pero la punta de madera apuntaba al pecho del hombre, marcando una frontera invisible. Por primera vez en años de estricto entrenamiento, Hayato no se atrevía a dar un paso al frente. Conservaba una complexión atlética a sus sesenta años y se podían apreciar algunas cicatrices que asomaban por el cuello y los antebrazos. Sus ojos oscuros y observadores detectaban el mínimo error de postura en los entrenos. Ahora su mirada era una mezcla de sorpresa y satisfacción a la vez.
La niña de entonces ahora era una mujer y resonaban en su mente las palabras del sensei: “Tienes alma de halcón, debes enseñar tus garras y no dudar en tu ataque”. Había vivido con esa guerra interna contra una versión imposible de sí misma. Entonces empuñó su naginata con ambas manos, firme como si el asta formara parte de su propio cuerpo. El filo curvo destelló bajo el sol, un relámpago de acero entre el polvo y los gritos. La armadura, regalo de su padre, crujía con cada movimiento; el casco apenas dejaba ver sus ojos rasgados, fijos, implacables. El samurái avanzó con la catana en alto, pero ella se adelantó: con un giro de muñeca, preciso, la hoja describió un arco limpio. La mano del adversario cayó aún aferrada a la empuñadura. De rodillas, vencido por el dolor, no tuvo tiempo de alzar la vista. El segundo movimiento fue más definitivo. La naginata descendió cortando su cabeza, que cayó rodando por el suelo. No era cruel, solo defendía su vida tal como le habían enseñado. No era el primero que mataba ese día, ni creía que fuera el último.
Durante una tregua en la batalla miró a su alrededor. En el campo de trigo había muchos cadáveres mutilados. Su corazón latía con velocidad, y notaba la adrenalina recorrer su cuerpo. Oía el estruendo y en ese momento sintió miedo. Miedo de morir allí, lejos del hogar. Entonces sintió un golpe en la cabeza, su rostro quedó al descubierto y el samurái miró con asombro su larga melena. Takeko cogió su daga, que llevaba escondida en la manga, y aprovechó su sorpresa para atacarle, pero fue más rápido que ella. La catana le rozó hombro. Una mueca de dolor se dibujó en su rostro. Sintió que no podía más. En ese instante, recordó las palabras del maestro: “No te detengas. Un guerrero cae luchando, o no es nada. Eres audaz como el halcón, extiende tus alas”. Entonces se lanzó contra el enemigo con tanta fuerza que le clavó la daga en el corazón como la garra del halcón en su presa.
Mareada, inerte y desorientada, Takeko oyó una voz conocida que le decía: “estoy a tu lado, soy Isamu” Era su alma gemela, el amor había nacido entre ellos mientras entrenaban juntos. El humo comenzaba a cubrir el horizonte. A lo lejos, los estandartes del enemigo avanzaban como una marea imparable. El estruendo de los disparos retumbaba en el campo de trigo; ya no solo acero contra el acero, sino pólvora y fuego desgarrando cuerpos.
Isamu apretó los dientes.
—Debemos retirarnos.
Takeko negó con la cabeza. La sangre seguía deslizándose por su brazo, tibia, persistente. Cada latido era un golpe de tambor en su herida abierta.
—Aizu no se retira— susurró.
Un nuevo disparo rasgó el aire. Sintió el impacto antes de comprenderlo. El mundo se volvió blanco por un instante, luego rojo. Sus piernas cedieron y cayó de rodillas sobre la tierra manchada.
El sonido de la batalla se volvió lejano, como si estuviera bajo el agua.
Isamu la sostuvo antes de que se desplomara por completo.
—Takeko…— su voz era apenas un susurro—. Aguanta.
Ella intentó incorporarse, pero las fuerzas la abandonaban con rapidez. Miró el campo que tanto había defendido. Recordó los inviernos en Edo, las enseñanzas de su padre, la disciplina del maestro, el peso de la naginata entre sus manos infantiles. Había deseado demostrar que su espíritu era tan afilado como cualquier espada.
Había cumplido.
Tomó la manga de Isamu con los dedos manchados de sangre.
—No permitiré que me exhiban como trofeo— murmuró, apenas audible. —Hazlo.
Isamu comprendió. Sus ojos se humedecieron, pero asintió. La ayudó a incorporarse lo justo para mantener la dignidad herida, como una guerrera que aún desafía al enemigo.
Ella miró el cielo por última vez. No había miedo ya, solo una serenidad amarga.
—Dile a mi madre…que luché hasta el final.
El acero brilló una vez más.
Cuando su cabeza cayó, no hubo grito. Solo el viento moviendo el trigo y el humo ascendiendo hacia el cielo gris.
El campo quedó en silencio durante un instante, como si incluso la guerra inclinara la cabeza ante la onna-musha de Aizu.
Su nombre perduró entre los que sobrevivieron y en las futuras generaciones Aizu.
“El águila inició su vuelo, admirad sus alas.”
Sakura cerró el cofre donde guardaba las reliquias de su familia. Se distraía durante la noche, tenía que escribir un discurso para el día siguiente y el papel en blanco le ponía nerviosa. Buscaba inspiración en el texto que había leído cientos de veces sobre la historia relatada por su bisabuelo. Dejó la taza de té sobre la mesa. Su mirada era triste, pero sabía perfectamente qué hacer. Era instructora. O mejor dicho, Besshiki Onna. Muchas mujeres aprendieron el arte de la lucha gracias a ella. Eran sus últimos días en la academia, su hija Akene la sucedería en los entrenos.
Entonces supo que decir: “Las reliquias no conservan nuestra historia, son las personas quienes la mantienen viva”.

El libro del taller
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