

«Querido Antonio,
Cuando tengas esta carta entre tus manos, puede que tu amor se haya convertido en odio. No te culpo.
Nuestra relación era imposible. Tú estás casado. Solo podíamos vernos a escondidas, siempre expuestos a desatar un escándalo. Para una mujer es muy duro no poder pasear a plena luz del día con el hombre al que ama.
Te pido perdón por no haberme despedido. Por haber salido de tu vida de forma precipitada, sin dejar al menos un mensaje. Ava no me dio opción. Tuvimos que coger un avión a Roma con urgencia. Los periodistas la acosaban. Los chicos de Frank también. La presión era asfixiante y teníamos que escapar antes de que todo fuera a peor. Fueron días extenuantes, pero, de una forma u otra, tú siempre estabas presente.
No me guardes rencor. Nunca he conocido a nadie como tú. Recordaré toda mi vida estos meses contigo. Te he querido.
Anne»
***
Han pasado más de dos años desde que vaciamos la casa de mi abuelo. Los malos recuerdos de aquel día me impedían acercarme a la caja que contenía sus libros. Hoy, por fin, me he decidido a abrirla.
Me he dado cuenta de que no conocía sus gustos literarios. Me ha llamado la atención una edición antigua de una novela de Hemingway. Al hojearla, ha caído al suelo un sobre encajado entre sus páginas. Tiene un membrete del Hotel Excelsior de Roma. El matasellos es casi ilegible. Me acerco a la ventana. A la luz del sol se distingue mejor: año 1956.
***
Belleza, glamur, alegría… Este rincón de Madrid no parece España. Todos quieren estar aquí. Cuando salgo por esa puerta me sacude la dura realidad. Empiezo a contar las horas que quedan para volver a ponerme detrás de la barra. Les encantan mis cócteles.
***
«Al comisario Suárez, Jefe de la Brigada Político-Social.
Tras las labores de seguimiento realizadas a la actriz norteamericana Ava Gardner, se concluye que no existen conexiones con elementos opositores al Régimen. No se han podido establecer vinculaciones políticas de la Srta. Gardner.
No obstante, se constata que sus actividades finalizan de forma reiterada en escándalo público. La conducta desordenada observada en sus relaciones personales y su presencia habitual en determinados establecimientos nocturnos pueden considerarse contrarias a la moral y a las buenas costumbres.
Existe la clara posibilidad de que tales comportamientos ejerzan una influencia perniciosa sobre los grupos que frecuentan dichos lugares de esparcimiento.
Se recomienda continuar la vigilancia y extenderla a los contactos cercanos de la Srta. Gardner.
Lo que se pone en conocimiento de V.S. para su superior criterio.
Madrid, 14 de abril de 1956.
Dios guarde a V.S. muchos años.
El Inspector que suscribe
José Andrés Quintana»
***
Anne y Antonio pasean de la mano por la calle del Amor de Dios. Hace tiempo que el último rayo de sol se escondió detrás de sus muros. La luz tenue de las farolas actúa como cómplice. El sonido de sus pisadas se mezcla con el murmullo de la conversación.
—Me gustaría despertarme mañana y estar lejos de aquí contigo. Lo dejaría todo.
—Creo que tienes más ganas de escapar de Madrid que de estar conmigo —le responde la chica con una leve sonrisa.
—No es así. Es verdad que a tu lado esta ciudad deja de parecer un hoyo gris. Seríamos felices aquí o en cualquier otro lugar. —Antonio no sonríe.
—Eres un idealista. Acabarías decepcionado en cualquier sitio.
—No si estamos juntos.
—Sabes que es imposible. ¿Qué pasa con tu mujer?
—Lo arreglaré.
—¿Sí? ¿Cómo se arregla eso en España?
—No lo sé. Algo se me ocurrirá. —Su tono es sombrío.
—Disfrutemos del momento. Es lo único que importa. Cuando te pones tan serio, ya no me gustas tanto.
Se detienen. Sus cuerpos quedan presos en un abrazo. Se miran a los ojos antes de cerrarlos para seguir sintiéndose con los labios. Cuando reanudan la marcha, es Anne quien marca el paso.
***
Este es el tercer día que vengo a la hemeroteca. Las horas vuelan revisando microfilms de las páginas de sociedad del Madrid de 1956. He encontrado fotos de Ava Gardner con todo tipo de celebridades: actores, toreros, folclóricas. La mayor parte se reparten entre locales nocturnos y la barrera de Las Ventas. Hay varias en las que la acompaña una joven. Las notas al pie la identifican como Anne Miller, secretaria personal de la diva.
La novela que llevaba meses escribiendo tendrá que esperar. Me pregunto si solo estaba buscando una excusa para meterla en un cajón. Siento una fuerza creciente que me empuja a relatar la historia de mi abuelo, a comprenderlo después de tantos años de ausencia. Empiezo a recomponer el puzle cuya caja abrí al leer una carta olvidada. Mi cabeza se llena de escenas tan nítidas que no temo que se desvanezcan antes de atraparlas en el papel.
***
Hoy han venido los gitanos. Cuando hemos cerrado aquí, me han invitado a ir al Villa Rosa. He pensado en Carmen.
Al traspasar el umbral he entrado en un mundo al que no pertenezco. Las luces filtradas por el humo le dan al tablao un aire misterioso. Caras hermosas. Mujeres fumando que te miran al pasar sin bajar los ojos. El rasgueo de la guitarra y las palmas me han ayudado a no sentirme fuera de lugar.
La actriz americana seguía los pasos y el compás de una bailaora flamenca. Su presencia lo inunda todo. Uno tiene la sensación de que un foco la ilumina en todo momento desde arriba. Lástima que beba tanto.
La joven que la acompaña a todas partes me ha reconocido. Se ha acercado a mí. Tiene unos ojos preciosos y habla un español perfecto. Me ha pedido un favor. Cargar menos los combinados de whisky de su jefa. Le tendré que hacer caso. Es la que se encarga de las propinas.
***
Antonio no es el mismo. Apenas lo veo últimamente. Muchos días, cuando salgo para ir al taller de costura, todavía no ha llegado. Me voy angustiada. Dice que está conociendo a gente importante. Ojalá no hubiera cogido ese trabajo. Por mucho dinero que gane en propinas. Cuando por fin coincidimos, lo noto distante. Apenas me toca. No es el hombre cariñoso del que me enamoré.
No encuentro el momento de decirle que va a ser padre.
***
No percibieron el tintineo del llavero. Tampoco las pisadas secas sobre los adoquines de la calle de la Libertad. La pareja estaba en otro mundo, refugiada en la penumbra de una farola apagada. Fue el golpeo del chuzo contra el suelo lo que les trajo de vuelta.
—¿No les da vergüenza? Venga, vamos, circulen. Cada uno a su casita.
No eran capaces de distinguir a su interlocutor. El foco de la linterna los deslumbraba. El sereno, en cambio, vio estallar la risa al mismo tiempo en los dos rostros jóvenes.
—Si no quieren que llame a la policía por escándalo público, ya están desfilando.
—Sí, sí. Ya nos vamos —respondió el joven después de recobrar la compostura. Todavía llevaba puesto el uniforme. La pajarita asomaba por encima del cuello del gabán.
Diez minutos después seguían besándose en el interior de un portal que encontraron abierto.
***
Antonio nunca había estado en un lugar tan lujoso. Tres apartamentos como el suyo cabrían de sobra en la suite del Ritz a la que lo habían conducido.
—Pareces un buen chico. Seguro que no te vendrá mal ganarte unos duros.
El primero de los tres hombres empezó en tono conciliador. Llevaba unas gafas de montura ancha.
—Ya les he dicho que no sé nada.
La voz de Antonio reflejaba su cansancio. Debería haber llegado a casa hacía horas. Carmen ya estaría temiendo lo peor.
—Conocemos lo tuyo con Anne. Ella sabe todo sobre su jefa. ¿Y nos estás diciendo que no te ha contado nada?
El segundo hombre, hasta entonces en segundo plano, apoyó sus manos sobre la mesa. No parecía tan paciente.
—Nunca hablamos de ella. Anne es una persona muy discreta.
—¡Venga ya! Tú has salido muchas noches con ellos. Lo habrás presenciado con tus propios ojos. —La impaciencia iba en aumento.
—Yo estoy trabajando. Bastante tengo con preparar cócteles.
—¡No me jodas, chaval! Lo del torero lo ha visto todo el mundo —saltó el tercero.
Dio un puñetazo sobre la mesa y se encaró con Antonio. El vaso de bourbon con hielo se volcó y derramó su contenido sobre el mantel.
—Déjalo, Frankie. Creo que estamos perdiendo el tiempo.
El hombre de las gafas lo sujetó por el brazo y lo apartó de Antonio mientras le ofrecía un Lucky Strike.
***
Telegrama recibido por Laura Miller en Boston.
HE CONOCIDO A UN HOMBRE STOP ANTONIO ES MARAVILLOSO STOP ME GUSTARÍA QUE ESTUVIERAS EN MADRID Y LO CONOCIERAS STOP AVA NO ME DEJA UN RESPIRO STOP PREOCUPADA POR SU SALUD STOP NO PARA DE METERSE EN LÍOS STOP TE ECHO DE MENOS
ANNE
***
—¿Dónde has estado hasta estas horas?
—Trabajando. Aquí se ganan duros de verdad.
—¿Hasta las seis de la mañana? No hay ningún local abierto en todo Madrid desde hace horas. —La mirada de Carmen es retadora. Lucha por contener las lágrimas.
—El lío ha seguido después en la casa de un torero. Los clientes han continuado allí la fiesta. Es donde saco más dinero. Ya te lo he explicado. Pronto te voy a sacar de aquí.
—Júrame que no hay otra mujer.
—Carmen, por favor…
Antonio le sostiene la mirada. Se acerca a ella y la rodea con sus brazos. Ella mantiene los suyos pegados al cuerpo, en señal de defensa.
—Dentro de poco tendrás que luchar por tres. Y vamos a necesitar algo más que dinero.
Aunque el abrazo le impide ver su cara, Antonio siente cómo las lágrimas de su mujer empapan su camisa arrugada.
***
Nunca había estado en este local. No soy muy aficionado a los cócteles. El maître me pregunta si tengo mesa reservada, aunque conoce de sobra la respuesta. Acabo haciéndome un hueco en la barra y pido un Tom Collins. Con el primer sorbo, observo el ambiente. Los extranjeros siguen siendo mayoría, como hace medio siglo. Lo que ha cambiado es que los madrileños tienen hoy más opciones para escapar cada noche del mundo gris en el que viven.
Sobre las vitrinas, repletas de botellas de todo tipo de licores, se amontonan fotos en blanco y negro. Entre otros, reconozco a Hemingway, Orson Welles y Gregory Peck. La bebida no distingue oficios ni nacionalidades, siempre que no haya que madrugar al día siguiente.
Me dirijo a los servicios antes de abandonar el bar. Las paredes del pasillo rebosan también de instantáneas de su época gloriosa. No reconozco a nadie. Han reservado este espacio menos glamuroso a los personajes de segunda o tercera fila. Una foto llama mi atención. Un joven camarero posa detrás de la barra, sosteniendo una coctelera. Sus ojos brillan; su sonrisa conserva una felicidad intacta. La mirada de mi abuelo parece detenida ahí, esperándome. Miro a ambos lados y descuelgo el pequeño retrato. En el aseo desmonto el marco y escondo la foto debajo de mi cazadora. Mi novela ha encontrado su portada.
El libro del taller
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