Las noche más larga

Las noche más larga

Ana estaba tumbada en su cama escuchando la lista de Spotify que Javier le había recomendado. No era muy fan del reguetón, pero cualquier cosa que viniese de él, le gustaba. Mientras fantaseaba con tenerlo tumbado en la cama junto a ella, el volumen de los auriculares la hacía ajena a los gritos que llegaban desde el salón de su casa.

—¡Mamá! —chilló su hermana pequeña arrastrando la última vocal hasta donde el aire de sus pulmones lo permitía.

—¿Qué pasa ahora? —contestó con desgana su madre que no tenía intención alguna de dejar el libro que estaba leyendo.

—La tele no funciona. No se ve ningún canal.

—Dile a tu hermana que te ayude, que yo de eso no entiendo.

Ana se encontró de golpe con la cara de su hermana a menos de medio metro de la suya, gesticulando como si se estuviese quemando la casa. Sin apenas tiempo a quitarse los auriculares, ya la estaba arrastrando al salón para enseñarle la pantalla en negro del televisor.

Ana empezó a pasar los canales uno tras otro con el mismo resultado en la pantalla. Nada. Salió del modo televisión y cambio a Netflix. Nada. Prime Video. Nada. Giró la vista hacia el rúter que mostraba una luz roja donde debía haber una azul.

—¿Ves? No funciona. Mira mi móvil —dijo su hermana mientras señalaba la pantalla donde se leía «no hay señal».

—Qué raro. Debe haber alguna avería en la urbanización. Voy a casa de Marta a ver si están igual.

Marta era su vecina y su mejor amiga. Iban a la misma clase de último curso de instituto y habían compartido mucho tiempo juntas, aunque últimamente se habían empezado a distanciar. Ana era tímida e introvertida. Estaba obsesionada con la astronomía, y pasaba horas en casa leyendo libros y viendo documentales en lugar de salir a divertirse. Marta era mucho más abierta. Estudiaba lo justo, y salía siempre que podía. Llevaba tiempo intentando que Ana saliese con ella y con su grupo de amigos, pero cada vez se la hacía más difícil convencerla. Últimamente, ni siquiera nombrando a Javier conseguía sacarla de aquellos libros.

Sin darle tiempo a llamar a la puerta del jardín, Marta abrió como si hubiese adivinado su presencia. Levantó la mano en un gesto inequívoco de no dejarla hablar, mientras señalaba algo justo a la espalda de Ana, quién al girarse se dio cuenta de lo que Marta intentaba decirle. Una extraña luna llena flotaba por encima de los tejados de la urbanización. No era una luna cualquiera. Se la veía muy grande, brillaba mucho más de lo normal, aunque con un tono rojizo que le daba un aspecto tenebroso. Durante unos segundos ninguna de las dos fue capaz de decir nada.

—No había visto una luna así en mi vida. —dijo Marta sin dejar de mirar al cielo.—Dime que hay una explicación en esos libros que lees.

En la cabeza de Ana había una explicación. Esa luna sólo podía significar una cosa. Algo con lo que incluso había tenido pesadillas. Y estaba relacionado con una actividad solar fuera de lo normal. Una tormenta o llamarada. Un fogonazo que era capaz de reflejarse de aquella manera podía hacer que la fina capa de la atmósfera fuese como una lámina de papel intentando detener una bala de cañón. Imaginó que en la otra mitad del planeta ya habrían empezado las erupciones volcánicas, los terremotos o los tsunamis. No podía saberlo con seguridad porque lo primero que se habría cargado aquella radiación eran los miles de satélites que orbitan la Tierra, entre ellos todos los de comunicaciones. Era cuestión de tiempo que dejase de haber agua y electricidad. Daba un poco igual, porque Ana estaba convencida de que aquella era su última noche.

—No digas tonterías —fue todo lo que se le ocurrió decir a Marta tras escuchar la teoría de Ana. —Deja de pensar en eso y vente a la fiesta del instituto esta noche. Seguro que podemos seguir disfrutando de esa maravillosa luna.

—Debería volver a casa y ver si encuentro algo más sobre…

—Vamos a casa de Javier —dijo Marta sin dejar acabar a Ana. —Espero que él te convenza.

La casa de Javier estaba al final de la calle, por lo que no tardaron en llegar. Lo encontraron fuera, y, al igual que ellas, estaba observando la Luna.

—Está pasando —dijo Ana mirando a la luna, que ya estaba más alta pero no había perdido su aspecto fantasmagórico.

—¿Qué? —dijo Javier.

—Está empeñada en que es el fin del mundo —rio Marta. —A ver si tú la convences de venirse con nosotros a la fiesta y así se le pasa un poco. —girándose hacia Ana continuó —Te hace falta salir y divertirte.

—¿Y si no estoy equivocada? —protestó Ana­— Debería volver a casa y contarles lo que puede pasar.

—¿Para qué? Según tú, no puedes hacer nada para evitarlo. Ven a la fiesta y a la vuelta podrás hablar con ellos si aún crees que debes hacerlo.

Cogiendo a Marta por la cintura, Javier dio por terminada la conversación. Las chicas volvieron a casa para cambiarse de ropa y acordaron verse con Javier en el instituto. Ana dijo en casa que iban a salir a la fiesta y que no volvería tarde, algo que su madre agradeció. No le gustaba verla tanto tiempo metida en su habitación. Ana se marchó con una mezcla de miedo, remordimiento y excitación.

Cuando llegaron al salón de actos del instituto lo encontraron lleno de chicos bailando y bebiendo como si se fuese a terminar el mundo, algo que, según Ana, no estaba lejos de la realidad. La diversión restaba atención a los móviles, que por otra parte no solían tener datos en el perímetro del instituto por la propia política del centro. Mientras hubiese música y alcohol, aquellos almacenes de hormonas desbocadas serían felices.

Al principio, a Ana le costó integrarse, pero un par de copas más tarde se fundió dentro del gran grupo. Javier estaba mucho más desinhibido. No paraba de bailar y sonreír a todos con los que se cruzaba. A Marta hacía rato que la había perdido de vista. El alcohol empezó a hacer su trabajo en la mente de Ana. Cada trago la convencía más de que aquella iba a ser la última noche. Cada vaso la empujaba a aprovechar la oportunidad de cumplir sus fantasías con Javier. Mientras tanto, la Luna, ajena a lo que pasaba dentro del instituto, seguía escalando posiciones en el firmamento.

Lo vio dirigirse al gimnasio y lo siguió con la mirada. Salió tras él a unos cuantos metros de distancia. No quería alertarlo antes de llegar a un sitio más tranquilo. Esperó unos minutos para asegurarse de que no venía nadie más y entró decidida al vestuario de los chicos, donde había visto pasar a Javier.

Una vez dentro, se detuvo a observar y, de pronto, empezó a escuchar risas, jadeos, algún que otro gemido que llegaba de distintos puntos del vestuario. No solía ir a este tipo de fiestas, pero le quedaba claro a qué se destinaba aquel lugar. Ana no sabía muy bien dónde se había metido Javier. Pensó que habría entrado al baño y decidió que le esperaría fuera, pero cuando se disponía a salir, una risa le resultó familiar.

—¿Marta?

Nadie contestó, pero Ana estaba segura de haberla escuchado. Lentamente recorrió las distintas puertas pegando el oído a su paso. Se paró de golpe delante de una de ellas. Esta vez no había dudas de que era a Marta a quien estaba escuchando. Aunque no eran risas. Eran más bien susurros, palabras entrecortadas, respiración profunda.

Ana entreabrió la puerta despacio hasta dejar una rendija por la que poder mirar. Marta estaba de espaldas, desnuda, sentada sobre un chico al que besaba acaloradamente. Sus cuerpos se movían desbocados. Las manos de él recorrían el cuerpo de Marta, al tiempo que ella seguía cabalgando al ritmo de sus propios gemidos. El chico tiró del pelo de Marta hacía atrás para besarle el cuello, mostrando su propio rostro a Ana. Mientras empujaba con todas sus fuerzas bajo las caderas de Marta, sus ojos azules se abandonaban al placer.

—¡No pares! —Javier tiró de Marta de nuevo hacia abajo sin ni siquiera percatarse de la presencia de Ana.

Ana esperó fuera. Se sentó en el suelo llorando desconsolada. Sintió el desamor, mientras agarraba sus propias piernas a modo de cuarto menguante. Después llegó el asco. Se sentía engañada como cuándo la luna nueva se esconde tras la sombra de la Tierra. Para cuando Marta y Javier salieron de los vestuarios, Ana se encontraba de nuevo llena de luz. La rabia fue un paso más allá, convirtiéndose en un sentimiento cegador. La venganza.

Se escondió detrás de una de las puertas que daban acceso al vestuario y se aseguró de que ellos no la viesen al salir. Salió de su escondite y entró al baño de chicas con una idea fija en la cabeza. Recorrió el suelo con la mirada hasta encontrar una gruesa botella abandonada en una esquina. La envolvió con su sudadera, y teniendo cuidado de no hacer ruido, golpeó uno de los espejos de encima de los lavabos, que quedo astillado en varios pedazos. Mientras se disponía a dar el segundo golpe, le dio tiempo a ver su propia imagen reflejada. Una fría sonrisa caleidoscópica. Esta vez, varios pedazos se desprendieron de la pared. Seleccionó el más afilado y de nuevo utilizó la sudadera, en esta ocasión, a modo de empuñadura. Una vez estuvo segura de que lo llevaba bien oculto, salió del baño y se dirigió de nuevo al salón de actos. Dónde antes había un grupo de chicos, ahora Ana no veía más que una masa de gente disfrutando la fiesta a ritmo de frenética música electrónica.

No le costó mucho localizar a Javier y Marta. Allí estaban, bailando, sonriendo, diciéndose algo al oído. Volvían a reír, se besaban. Ana caminó hacia ellos. Como una autómata. Con la mirada perdida. Con un gesto que habría helado la sangre a quien hubiese reparado en ella. Pero nadie lo hizo. Nadie estaba pendiente de nadie. Ni siquiera ellos la vieron llegar.

Tampoco vieron el vidrio afilado levantarse por encima de sus cabezas. Ni cómo bajaba sobre el cuello de Marta cortándole la carótida. Antes de que Javier se diese cuenta de lo que estaba pasando, Ana dejaba caer el cuerpo agonizante de Marta del que brotaba sangre a borbotones. Quiso decir algo, pero sólo alcanzó a estremecerse ante su último espasmo de vida. Sin mediar palabra alguna, Ana volvió a hundir el vidrio, pero esta vez en el abdomen de Javier, una y otra vez, hasta que un líquido viscoso, mezcla de alcohol y sus propios fluidos, empezó a salirle por la boca mientras sus ojos se apagaban. La mirada de Ana, sin embargo, imitaba la llamarada solar que había imaginado en su cabeza unas horas antes. Justo en ese momento, en la calle, la luna alcanzo el punto más alto en su viaje nocturno.

Los chillidos empezaron a acallar la música en cuanto varios chicos vieron los dos cuerpos en el suelo, y a Ana, sujetando el vidrio manchado de la sangre mezclada de Javier y Marta. El caos se apoderó de la pista de baile. Los gritos se mezclaron con frenéticas carreras hacía cualquier parte lejos de la escena principal, en la que, para entonces, Ana ya había tirado el arma improvisada y yacía de rodillas en medio de la pista de baile.

—¡Da igual lo que hagáis! Vamos a morir todos en cuanto amanezca. —Fue lo único que acertó a decir mientras salía del instituto esposada, entre varios coches de policía, ambulancias y dos furgones del anatómico forense. Todo ello, bajo una luna ensangrentada.

Unas lejanas voces hicieron que Ana empezase a despertar. Le dolía mucho la cabeza. Abrió los ojos lentamente, intentando reconocer donde estaba. No era su habitación. Aquella cama era muy pequeña y dura. Giró la cabeza y la imagen de los barrotes la devolvió a la realidad de golpe, cómo una bofetada. Empezó a recordar. La tele en negro, la luna, el instituto, la fiesta, Javier, Marta, la sangre… Todo empezaba a encajar cuál rompecabezas enorme. Todo menos una cosa. Unos rayos de sol se filtraban por la ventana. Una mueca de disgusto se dibujó en su iluminada cara.

—¡Odio equivocarme!

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS