Llegué al Centro de Rehabilitación Infantil Kelly (CRIK), por primera vez, el 23 de mayo del 2018 con tan solo seis años de edad.

     Me habían transferido al CRIK del sanatorio infantil, donde pasé veinticuatro horas en coma. Mi cerebro quedó sin oxígeno varios segundos, provocándome una parálisis cerebral; deterioro de la memoria y problemas de coordinación motora severa. Una vez que desperté, un médico evaluó mi situación y mandó a un interno a darle la desgarradora noticia a mi madre; «el mensajero del dolor», así lo nombró mi abuela.

     Como cada jueves, acudimos al CRIK para realizar la terapia que tenía asignada y, como cada jueves durante seis largos y dolorosos años, no hubo ningún resultado positivo. Nuestras almas se encontraban tan dispersas y erizadas; era imposible, incluso, imaginar la bella sonrisa de mi afligida madre.

     En el CRIK, decían que los ángeles de Dios reinaban en ese sitio; sinceramente… nunca les vi, pero en mi duodécimo cumpleaños algo fascinante sucedería. Esa mañana, regresamos a la recepción porque mi madre tuvo que ir de urgencia al sanitario. Veronica Michelle y Tania Sofía: dos lindas recepcionistas, eran a sus dieciocho años una fábrica de sonrisas, siempre tenían para cada persona un gesto de felicidad. Aquel día, Michelle y Tania, acababan de desayunar, llegaron muy sonrientes, como siempre; tal vez, desayunar tortitas(pancakes) era su secreto. ¡Tortitas!, esos dulces y esponjosos panes bañados en miel virgen, y que, llevaba desde mi padecimiento sin poder comerlos.

     Michelle, se inclinó hasta mi para platicarme todo lo que le había ocurrido durante la semana, era bien sabido por todos, que yo era una excelente escucha. El aroma de las tortitas aún permanecía en su boca. De su fragante aliento quedó mi olfato impregnado; ¡que aroma tan dulce!, me provocó un deseo tan fuerte que, por mi mente pasó una idea descabellada: «besar sus labios». Sí, ya sé, hubiera sido mejor pensar en intentar besar a un chico de mi edad, pero dadas las circunstancias en las que me encontraba, estampar mi cara contra el rostro de Michelle, sería la única forma que tenía a mi alcance para poder impregnarme de aquel suculento sabor.

     Michelle, seguía ahí, con su rostro tan cercano al mío. A través de su hombro, vi aparecer la imagen de mi madre en el corredor regresando del servicio. Solo disponía de unos cuantos míseros segundos. Lo que no había podido lograr en innumerables horas de ejercicio a lo largo de seis años de terapias, hoy sin lugar a dudas, tendría que suceder de inmediato; no podía dejar pasar una oportunidad como esta. Respiré profundamente, sujeté con fuerza los descansa brazos de mi silla de ruedas e intenté tomar un poco de impulso. El sonido producido por los tacones, propiciado por los pasos de mi madre, se oían cada vez con más claridad; ¡prácticamente estaba encima de nosotras! Mi sangre caliente recorrió velozmente todo mi cuerpo, mi enrojecida piel intentaba con un éxito fallido disipar el calor de mis ensanchadas venas. Contuve mi respiración y sin pensarlo dos veces… ¡salté de mi silla de ruedas! Sentí en cámara lenta como se movía la decadente musculatura que conectaba toda mi espina dorsal hasta llegar a mi cuello. ¡Os podría jurar que ése, fue el salto más grande de mi vida!; aunque, mi percepción distaba sobremanera de la realidad, tan solo pude moverme dos pares de insignificantes centímetros. Ante mi padecimiento, ¿qué más podría esperar? Tan solo era una burbuja de jabón cristalizándose en el tiempo.

     Me di cuenta que jamás podría tener de nuevo aquel sabor dulce amantequillado sobre mis labios. Aquel, que se había desvanecido con los años, junto a los momentos más felices con mi madre. Y que por un instante, tuve la creencia, que si le daba a mi cuerpo algo parecido a aquellas sensaciones del pasado, tal vez, podría hacer que se lograse una conexión sináptica entre dos neuronas y, las imágenes felices de nuestras vidas pasadas… volviesen a mi memoria. Con mis lágrimas empañando mis pupilas, vinieron hasta mí estas palabras: «pide con fe, y Dios te lo concederá». Yo… que cada noche durante los últimos dos años, elevé mis oraciones ante Dios para que me llevase con él, y así, poner fin al sufrimiento de mi adorada madre. Hoy… suplicaba a Dios y rogaba en nombre de su amado hijo, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos; me concediese ver de nuevo la bella sonrisa de mamá, la cual no existía desde aquel trágico día. Creía no pedir mucho, después de todo… era mi cumpleaños.

Entonces…, Michelle, al ver mi llanto descender por mis enrojecidas mejillas, alcanzó un pañuelo de su escritorio y, justo antes de secar mis lágrimas, acercó su rostro. Unió sus labios a mis humedecidas mejillas en un gesto hermoso de amor y consolación. En ese instante cerré mis ojos. El beso…: fue espontáneo y delicado; cariñoso y tierno; suave y aromático; dulce y maravilloso. A través de sus acolchonados y humectados labios, que presionaron un pedacito de mi boca(con un poco de ayuda de mi parte obvio) inclinándose hacia mi mejilla, pude recordar aquellas tortitas esponjadas sobre la mesa de casa, y la sensación de la suavidad del pan en mi boca. 

     Sus labios permanecieron cerca de los míos tan solo un par de segundos, pero dejaron su sabor y aroma impregnados en mí. Un exquisito perfume ondeaba sobre mi olfato: era una fragancia de dulce vainilla recubierta de deliciosa mantequilla. ¡Yo recordaba!… ¡¡yo recordaba!!, mientras el pegajoso sabor de la miel de mapple navegaba aún en mi boca. Fue el cumpleaños de mi madre, recordé. Me levanté de madrugada para darle una sorpresa. Escabulléndome sigilosamente en la cocina, me dispuse a seguir la receta secreta de mi abuela, aquella que, en incontables ocasiones le vi usar para agasajarnos con sus deliciosas tortitas. Ya tenía la mayoría de los ingredientes preparados, cuando tomé los blanquillos, titubeé un poco con respecto a la cantidad de piezas. Entonces…, escuché una vocecita detrás de mí, que susurraba, —solo tres piezas y una pizquita de sal—. Era mi abuela.

     Mi madre, que se despertó con el aroma de la primer tortita recién hecha, entró velozmente a la cocina: —¿mamá?—, preguntó rápidamente. —Feliz cumpleaños mami—, dije con una vocecita un poco asustada. Cuando me vio ahí, desahogo su llanto, y juntas terminamos de cocinar el resto. 

     A ella, le gustaba ponerle un trocito de mantequilla a cada tortita y apilarlas de tres, en la última, colocaba tres trocitos más de mantequilla y uno en el centro; formando una flor, con suficiente miel virgen.

     Mientras las comíamos le pregunté: —¿mamá…, puedo usar tu labial? Es que…, en mi escuela, hay un niño…—. Mi madre presionó sus esponjadas tortitas con su dedo índice para impregnarlo de aquel almíbar de mantequilla y miel, después, usó su dedo como lápiz labial sobre sus labios; acercándose a mí, mientras me decía con voz risueña: —te voy a llenar de besos de mantequilla y miel… ¡ya verás niña!—. Y me dio muchos besitos. Yo daba rienda suelta a mi risa mientras ella besaba mis mejillas y me hacía cosquillas con sus dedos en mis costados. Ese…, fue el día más feliz de mi vida, ¡os lo juro de verdad! Las dos reíamos, y nos olvidábamos de todos nuestros pesares, incluso, de luto que llevábamos desde hace un año por el fallecimiento de mi abuelita Eva. En aquel precioso y maravilloso día; juntas le sonreíamos al destino, entonces…, fue ahí… un trozo de tortita se alojó erróneamente en mi garganta… 

     Cuando abrí mis ojos. Eva, se desvanecía ante el fulgor del cielo, traspasando la bóveda de cristal que le servía de techo al CRIK; Michelle, me miraba con sus ojos desorbitados, al entender lo sucedido; mi madre…, estaba llorando de alegría frente a mí; ella… ¡lo había visto todo!

J. Graciel.

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