El otro lado del mar

El otro lado del mar

Los motores rugen, las hélices furiosas revuelven el cielo,

tirón de palanca, al aire,

la gravedad ya no importa.

 

El hombre fornido avanzó por la cubierta hacia la proa del barco, donde ya estaban reunidos los habituales: la mujer bonita, el señor mayor, la niña de los peces. Los que cada tarde, cuando la lluvia no barría la cubierta, se juntaban para ver ponerse un sol al que la embarcación perseguía sin alcanzar. «¡Hacia el Oeste, siempre al Oeste!», gritaba el decrépito capitán las pocas veces que salía del puente. Eso es lo que sabía el pasaje, que seguían al sol en su ocaso, rumbo fijo, destino indeterminado.

El hombre fornido solo llevaba allí unos días, pero ya se había hecho a la rutina de a bordo. No recordaba nada anterior a aquel barco, ni siquiera su nombre.

Su primer recuerdo era despertar en el camarote que ya ha aceptado como suyo, estrecho, ocupado por un camastro, un taburete y una maleta que no se atrevió a abrir. Cuando trató de recordar algo, ¿cómo había llegado al barco?, el azul le llenó el entendimiento, como cuando te asalta un aroma, pero en la mente, ¿estaba allí el día anterior?, otra andanada de azul inundando sus intentos, tapando cualquier fisura hacia sus recuerdos. Era un azul denso, infranqueable, acaparador de todo. De un tono precioso. No más intentos, tal vez más tarde.

Salió al pasillo y comenzó a recorrerlo, buscó un acceso hacia la cubierta, tratando de adecuar el paso, intentando hacerse uno con el suave vaivén de la embarcación. Cuando por fin salió a una mañana soleada rodeada de mar, se encontró con la niña. La niña de los peces. Estaba en el costado de estribor, junto a la borda. Frente a un caballete, pintaba lo que parecía una sardina.

—Buenos días —saludó.

—Hola —contestó la niña, apartando la vista del papel—, has debido descansar, tienes mejor cara que ayer.

—¿Ayer?, ¿estaba ya aquí ayer?

—No. Estabas en el puerto con una maleta y muy mala cara. La maleta la apretabas como con ansia. Daba un poco de pena verte.

—¿En qué puerto estábamos? —preguntó, buscando un nombre, tal vez una ciudad, una pista.

—Que más da el nombre, no lo reconocerías aunque te lo dijese.

—Vaya, ¿y eso por qué?

—Porque no recuerdas nada —contestó con hastío, como diciéndole que dejase de preguntar tonterías. Porque ella, por si no se daba cuenta, tenía algo importante que hacer.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Por eso que tienes ahí —dijo, tocándose con la mano que no sostenía el pincel un lateral de la cabeza.

El hombre fornido se llevo la mano a su propia sien para comprobar, al mirarse los dedos, que las puntas se habían manchado de azul. Miró de nuevo a la niña, que daba pequeños golpes de pincel sobre la aleta dorsal del pez.

—¿Por qué dibujas una sardina? —dijo frotándose los dedos en el pantalón para tratar de quitarse aquellos restos de su intento de recordar.

—Es un boquerón —contestó sin apartar la vista del papel.

—Los boquerones no son tan grandes.

—¿No habíamos quedado en que no recordabas nada?

—No sé cómo, pero eso lo sé.

—Mira, yo voy a hacer este boquerón grande porque será el rey de los boquerones.

—¿Cómo?

—Que cuando lo lance al mar, le proclamarán rey de los boquerones.

—¿Vas a tirar el dibujo al mar?

Ahora sí, la niña aparto la vista del papel y se giró hacia él, mirándolo de arriba abajo, como tratando de descifrar qué tipo de ser era aquel que le preguntaba semejantes tonterías.

—¿Y que podía hacer con él, si no? —y se giró de nuevo hacia el caballete en un gesto que claramente daba por concluida la conversación.

Tras haber conocido a la niña, estuvo deambulando por el barco, un pequeño vapor de casi doscientos pies de eslora. Un barco que se desempeñaba bien en lo que, tras casi un día entero sin ver nada que no fuese agua, el hombre fornido tenía claro que no podía ser sino el mar. Posiblemente un gran mar.

Enseguida dio con el puente, desde donde un hombre barbudo de edad indefinida miraba a través de un mugriento cristal, mientras el timonel, con la cara plena de sueño y granos, sujetaba la rueda del timón. Le preguntó al capitán el destino del barco, a lo que le contestó que aquél que él hubiese elegido al comprar el pasaje, a lo que el hombre fornido replicó que no recordaba dónde tenía el billete, a lo que el capitán, lanzando una risotada, contestó que entonces qué más le daba, que disfrutase del viaje y tomase el sol, que eso siempre lo agradecía el cuerpo. Y también él dio por concluida la conversación cogiendo unos prismáticos, con los que comenzó a barrer de lado a lado el horizonte.

Así empezaron a pasar los días, perezosos, en aquel buque del que nadie parecía saber (o importarle) el destino, mientras el hombre fornido iba conociendo al resto de los pasajeros y la tripulación. El pasaje, aparte de la niña que pintaba peces, lo componían una mujer bastante bonita, con corte de pelo a lo garçon, que siempre vestía pantalones blancos y camisetas de rayas; una pareja formada por un hombre muy delgado y una mujer algo rellena que ocupaban el día charlando y bebiendo absenta en unas tumbonas, mientras que las tardes-noches las dedicaban a hacer el amor, o eso parecía por los gritos y gemidos que salían de su camarote; un señor mayor que se pasaba casi todo el día leyendo siempre el mismo periódico en la cubierta de popa, pasaba las páginas manoseadas adelante y atrás, deteniéndose de vez en cuando antes de volver de nuevo a la agitación del papel. Y unas hermanas, que nunca salían de su camarote, a las que el timonel, que también hacía las veces de camarero, les dejaba cada día la comida en la puerta.

Le sorprendía que hubiese tan pocos pasajeros, pero no quiso indagar, prefería invertir su tiempo en averiguar algo, lo que fuese, sobre su presencia allí. Trató de hacer memoria, pero siempre con el mismo y desalentador resultado azul. La maleta. Ahí podía estar la clave. Pero cada vez que se metía en su camarote y llevaba las manos a las cinchas de cuero, el pánico le paralizaba, sudor, el corazón desbocado…, todo ello para convencerlo de que sería mejor volver a intentarlo al día siguiente.

La mañana de otro día, apoyado en la regala de babor, mientras alternaba la mirada entre el infinito del mar y el pez globo que la niña de los peces pintaba a su lado, la superficie del agua empezó, primero, a chisporrotear, para a continuación estallar por cientos, miles de peces alargados que surcaban el aire en grandes saltos.

—¡Mira, peces voladores! —gritó la niña entusiasmada, mientras arrancaba el papel del caballete y ponía otro en su lugar sin apartar la vista del mar.

Rápidamente, el resto del pasaje que andaba por cubierta se congregó junto a ellos para contemplar el espectáculo. La mujer bonita, haciendo visera con su mano sobre la frente, le preguntó a la niña si conocía todas las especies del mar. Mientras la niña le decía que todas, todas, no, pero sí aquellas que aparecían en el libro que guardaba en su camarote, el hombre fornido se fijó en la figura esbelta de la mujer, que mientras hablaba con la niña se inclinó sobre la borda sin querer perder un detalle. Y, al fijarse en ella, otra figura femenina pareció querer romper, braceando, la superficie de aquel otro azul que inundaba su memoria.

Aquella noche tuvo el primer sueño. La misma mujer que asomó por su memoria aquella mañana durante el espectáculo de los peces voladores. La conocía, estaba seguro, y ansiaba verla, tocarla, pero no sabía quién podía ser. Nadaba hacia él, nadaba por un agua tan azul como la que ocultaba sus recuerdos, pero a pesar de las enérgicas brazadas no conseguía acortar los pocos metros que los separaban. Sabía que, si le alcanzaba, la recordaría, pero cuando estiró el brazo para tratar de agarrarla, la distancia empezó a aumentar, y la mujer a alejarse y, cuantas más brazadas daba, más se alejaba, y al estirar él su brazo solo consiguió que se alejase más. Y más, hasta diluirse en el azul y despertarse él en su camastro.

Días más tarde, se encontró a la niña llorando frente a su caballete, vacío, y con un papel arrugado en la mano.

—¿Qué te pasa? —preguntó acuclillándose para tener la cara a la altura de ella.

—Mis peces —dijo levantando la mano que sujetaba el papel—, si los tiro al mar nunca aprenderán a volar.

Él le quitó el papel con suavidad y lo desplegó. Tres peces voladores, sus cuerpos estrechos, alargados, las grandes aletas desplegadas. Le fascinaron los detalles, la precisión.

—No te preocupes, lo vamos a arreglar antes de que lo tires al mar.

Y la llevó al pequeño cuarto de herramientas que había bajo una de las escaleras de babor, donde buscaron cola de carpintero, un par de listones delgados de madera y un rollo de nylon para que los peces aprendiesen a volar. Como debe ser, dijo la niña sonriendo mientras veía su dibujo saltar con la brisa.

Esa tarde, cuando se habían congregado en la parte delantera del barco, para ver el sol ponerse, vieron el submarino. Emergió como un leviatán delante de su proa, apenas a media milla y justo por delante del sol. La niña soltó un ohhh y se subió a la primera barra de la barandilla, la mujer bonita se arrimó a él y le agarró el brazo con fuerza. El hombre mayor preguntó:

—¿Ya estamos en guerra? El periódico dice que es imposible que estalle otra guerra.

El submarino, navegando en superficie, se dirigió de frente hacia ellos. El hombre fornido se giró para mirar hacia el puente, tratando de atisbar la reacción del capitán, pero el reflejo del sol poniente en el cristal no dejaba ver el interior. Según se acercaban, vieron abrirse una escotilla en la torreta del submarino, y una figura emerger por ella. Aquel monstruo de acero estaba casi encima de ellos, cuando el capitán del barco hizo sonar la bocina, advirtiendo su presencia, mientras notaban como alteraba el rumbo. El submarino cruzó por delante de la proa, tan cerca que pudieron ver como el militar que había asomado por la escotilla giraba la cabeza de lado a lado, unos prismáticos pegados a sus ojos, sin duda buscando… ¿Qué buscaba ese hombre barbudo uniformado de gris? ¿un objetivo?, ¿los restos de un barco torpedeado?, ¿o tal vez, solo un indicio de costa? Se pusieron a saludar, gritaron, agitaron los brazos, pero el otro, sin apartar los prismáticos de la cara, no hizo el menor gesto de reconocimiento, para él no estaban allí, solo viento, sal y agua llenaban su visión. La decepción acalló sus gritos, rindió sus aspavientos, mientras la bestia gris se alejaba con la misma rapidez y extrañeza que había llegado. La mujer bonita tardó todavía un rato en soltarle el brazo para cogerle la mano.

Más tarde, mientras el timonel servía la cena en el camarote del capitán, siempre ausente porque «¿quién va a mantenerse vigilante al timón, eh, quién?, ¿alguno de ustedes quizás?», como les dejó claro el primer día, el hombre mayor trató de sintonizar la radio. Tras mucho ruido, consiguió captar una emisión en la que, de manera confusa y entrecortada, oyeron hablar de guerra y primeras victimas, aviones derribados y barcos hundidos, de valientes. Y de horror. Cuando se cansó de seguir peleando con el dial, rendido ante la estática, que había vuelto a ganar la batalla, el hombre mayor dejó en paz la radio para sacar su periódico del bolsillo de la chaqueta y ponerse a buscar dónde narices ponía que la guerra ya había comenzado.

Esa noche tuvo el segundo sueño: que las misteriosas hermanas que no salían del camarote, por la noche se convertían en sirenas y, escurriéndose por el ojo de buey, se zambullían en el mar donde retozaban con delfines negros hasta el amanecer, cuando volvían antes de que la luz del día les devolviese su forma humana. Un mar frío cuyas olas le despertaron para descubrir que ya los tenía, el frío y el mar, metidos en los huesos. Temblando, se giró para abrazarse a la mujer bonita, que dormía a su lado, captando su calor, oliendo su aroma, que le recordaba a la mujer que se ahogaba en el azul, preguntándose si podría pedirle un favor al día siguiente. El de abrir la maleta por él.

 

El niño mira desde la playa cómo los aviones ganan altura mientras se internan en el mar. Piensa que le gustaría estar allí arriba, ingrávido en la cabina, el mundo deslizándose abajo como una película. Cuando la última escuadrilla ya solo es una mota en el cielo, baja la vista y ve la maleta.

Está apenas a unos metros, medio sumergida, pero ya embarrancada. Se acerca y tira con fuerza, peleando con la arena, hacia el interior de la playa. Se arrodilla junto a ella, la tierra húmeda mojándole los pantalones. Las correas de cuero, hinchadas por el agua, se resisten, pero lo consigue. Sonríe y comienza a rebuscar en el interior inundado. Descarta a un lado pantalones, camisas y unos extraños zapatos de largos cordones, demasiado grandes, incluso para su padre, para descubrir el tesoro que hay debajo de la ropa interior y la bolsa de aseo. Y parecen buenos, piensa, excitado, mientras saca los guantes de boxeo y los gira para verlos bien. Echa un último vistazo para asegurarse de que no se le escapa nada importante y sale corriendo con ellos hacia casa, ansioso por enseñárselos a papá, por preguntarle si podrá quedárselos.

El rugido de los motores se aleja. En la maleta quedan el pasaporte, con el león y el unicornio dorados empapados y las hojas medio deshechas, y una fotografía, en la que aparece una mujer con un vestido que podría ser azul. Esperan, pacientes, a que vuelva a subir la marea.

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