
Quieres huir de tu pasado, pero cada vez que lo intentas fracasas estrepitosamente como la rana del cuento que le contabas a tu hija cuando era pequeña, pero al revés. ¿Dónde estará ese cuento? Se habrá quedado en alguna de las miles de mudanzas que has hecho a lo largo de tu vida para llegar a este sitio que no es ningún sitio en concreto sino todos los sitios en los que has estado y en los que has ido dejando parte de ti y de tus pertenencias más íntimas. Más que de mudanzas podríamos hablar de huidas hacia adelante en las que te has ido despojando de la ropa, de los libros, de los conocimientos y de las posesiones físicas y mentales para reinventarte y para ser una nueva persona que no eres, alguien que se empeña en hablar del hombre nuevo como si todavía estuviésemos en el Renacimiento o como si fueses un enviado del cielo con una misión inaplazable: salvar a la humanidad o salvarte a ti mismo del desastre. Cuando lo piensas te dan ganas de reír. Si no lo haces es por la vergüenza que te da que te vean y te pregunten: ¿qué te pasa?, ¿estás bien?, ¿necesitas ayuda?, y no saber qué decir o decir algo patético que te haga quedar peor todavía, como un farsante, como un completo idiota o como un niñato que lo único que sabe hacer es llorar y dar pena. Como un perro sarnoso, en definitiva, solo que en realidad no hay nadie que vaya a venir a preguntarte nada ni a preocuparse por ti. Eres tú el que ha elegido este camino y el que tiene que seguir hacia adelante para encontrar la salida sin ayuda de nadie. Estás completamente perdido, pero no lo quieres reconocer, por eso sonríes y pones cara de tonto, para justificar tu salto al vacío mientras sigues huyendo hacia adelante y cayendo hacia abajo y el paracaídas no se abre. Cuando se abra será demasiado tarde, estarás desparramado por el suelo como un tarro de mermelada lleno de moscas en mitad del desierto, muerto de sed, de hambre y de frío. Sin nadie que te diga te quiero o al que poder decirle te quiero o lo siento o perdona por el daño que te hice, sabes que no era mi intención. Entonces, ¿por qué lo hiciste? No lo sabes, pero ahora tienes que seguir caminando para salir del desierto como la rana del cuento que le contabas a tu hija que de tanto intentarlo se terminó salvando, convirtió la leche en mantequilla y pudo salir dando un salto mientras su amiga se ahogaba de forma miserable por haber sido una vaga y una pesimista.
Dejando de lado las consideraciones morales y alimenticias del cuento, la pregunta no es esa, la pregunta es: ¿dónde están todas las cosas que querías y que fuiste perdiendo sin saber por qué? ¿Dónde están los juguetes rotos y las habitaciones vacías y los sitios abandonados y la casa con los ventanales repletos de luz y de aire y de gente que iba y venía como si fuesen peces fuera del agua? ¿Dónde están las personas que decían que te querían, aunque fuese mentira? Todo el mundo ha desaparecido y sin embargo nada de eso tiene importancia, ahora lo único que importa es recordar los detalles: el cuento de las ranas y la habitación con las estrellas en el techo que parecía que te estaban intentando proteger de la intemperie. La habitación con los muebles: los nidos hechos con pequeñas ramas secas y con sumo cuidado para decorar un porvenir inexistente y la estantería modular que parecía que se podía abrir por detrás como si hubiera un tesoro escondido en su interior con collares y piedras preciosas y unicornios brillantes que pensabas que un día vendrían a salvarte, pero que finalmente acabaron desapareciendo también.
La estantería que ahora que lo piensas te recuerda a la entrada de un túnel que atraviesas a toda velocidad sin ser capaz de ver nada mientras pasan los años y no te puedes detener en ningún punto concreto ni puedes hablar con nadie ni hacer nada más que gritar para intentar liberarte, pero no sirve de nada porque el ruido de los gritos se confunde con el sonido de la velocidad y con las luces que van pasando por los lados como si fuesen rayos catódicos. A lo mejor hay alguien mirando desde fuera que te quiere ayudar o que te quiere salvar de los peligros que te rodean o que te quiere decir que no te preocupes, que todo tiene solución o que ellos también pasaron por una situación parecida a la tuya y no se murieron. O a lo mejor ya están muertos. A lo mejor todo el mundo está muerto, incluso tú, y no te lo quieren decir para que no te asustes. O a lo mejor todo esto es solo una invención y no hay ninguna estantería que se abra por detrás ni ningún túnel ni ningún peligro sino solamente tu necesidad de sentirte más importante de lo que eres. A lo mejor solo hay un padre leyéndole un cuento a su hija mientras las ranas invaden la habitación al grito de: salvación, salvación, no te des por vencido, agita tus patitas en el aire para poder salir, y el padre y la hija agitan sus patitas, pero no como si fuesen ranas sino como si fuesen cucarachas boca arriba. Se terminan riendo porque no tiene sentido lo que están haciendo. Ni siquiera son capaces de imitar los movimientos de una miserable rana. No me digas que no tiene gracia, dice él, confundir una rana con una cucaracha. Y se siguen riendo, y de tanto reírse llega un momento en el que la mantequilla se convierte de nuevo en leche y ya no saben si se están riendo o si están llorando y si es de alegría o de pena o cuál es la razón, porque todo el empeño que has puesto no ha servido de nada. Al contrario, cuanto más lo intentas menos lo consigues y más consigues lo contrario de lo que quieres o lo que no quieres: llevarte mal con todo el mundo y estar cada vez más aislado. Gritas al viento, pero nadie te escucha. Es como si intentases hinchar una colchoneta y el aire se fuese hacia todas partes menos hacia donde tú quieres que vaya, como si el aire tuviese voluntad propia, cosa que ya sabemos que es así, pero que no nos llama la atención hasta que lo tenemos delante o hasta que nos afecta directamente, porque el aire suele ser obediente y preciso. Suele comportarse como esos hermanos mayores que no quieren llamar la atención para que sus padres no se enfaden más y los castiguen a todos. Esos hermanos que dicen: lo mejor va a ser estar callado y portarse bien para que no nos castiguen otra vez, suficiente lío ha montado ya el imbécil este. El imbécil este es su hermano pequeño ―tú― que no paras de portarte mal y de hacer el capullo y de conseguir que tus padres se enfaden con todos por tu culpa y de que paguen justos por pecadores. Parece que lo haces aposta para fastidiar a todo el mundo, para que todos tengan que estar siempre enfadados. Ojalá te mueras. Ojalá desaparezcas de golpe o te esfumes para siempre como esa gente que se la traga la tierra y nadie vuelve a saber nada de ellos. Como el socavón que salió el otro día en el telediario, que se tragó quince coches de un bocado y un hombre que salía de hacer la quiniela en el estanco. Imagínate que le toca. ¿A dónde irá todo ese dinero? ¿A dónde va todo el dinero que nadie reclama? Una montaña de dinero para tumbarte encima y sentir que no tienes problemas o que los tienes, pero que no tienen importancia, que eres capaz de lidiar con todo y de soportarlo todo y de surfear los problemas como si fuesen olas en mitad del desierto en lugar de esta presión insoportable que te aplasta contra el suelo como si fueses una rata que no quiere luchar.
¿Para qué sirven las mudanzas además de para perderlo todo? Las pertenencias materiales no importan, de acuerdo, pero las relaciones personales y la confianza que habías depositado en ellas, ¿qué? Se pierden para siempre y no las vuelves a recuperar jamás. Todo el cariño que pusiste y el que pusieron en ti y el empeño que pusiste en cuidarlos a unos y a otros como si fuesen un frasco de cristal delicado o una pequeña flor de plástico con pétalos rosas y amarillos y espinas afiladas que parece que nunca se va a pudrir. No es tan bonita como las de verdad, pero aguanta mucho más, lo mismo que le pedías al amor cuando todavía confiabas en él. Y ahora ¿qué? Resulta que todo es un engaño: las flores, el plástico, el amor… Te toca tirarlo todo a la basura y empezar otra vez. Pero el tiempo pasa y tú estás cada vez más cansado. ¿Serás capaz de volverlo a hacer? Un edificio en llamas que no se sostiene. Alguien que te ayude a equilibrarlo con las manos, con el cuerpo, con el corazón. Alguien que no te pida nada a cambio de su amor o que no desaparezca cuando se lo hayas dado.

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