Lo vi en una tienda cualquiera. Ala ancha, color piedra, ligero. Me lo probé, ladeé la cabeza frente al espejo y ya está: mío.
Fue un capricho. El capricho que ahora, en Egipto, me salva la vida.
La luz aquí es otra cosa. No es únicamente el sol; todo brilla con más intensidad: el cielo, la arena, hasta la gente parece emitir calor.
No salgo sin mi sombrero. Me da sombra, me da tregua y no solo del clima. A veces, también de miradas que no busco, miradas que invaden. Si me lo calo un poco más me cubre lo justo para no tener que devolverlas.
Es media tarde cuando por fin llegamos a Nuweiba. El catamarán corta despacio un mar turquesa. El agua parece de cristal y brilla tanto que hay que entrecerrar los ojos para mirarla. Cuesta creer que sea real.
Me acomodo el sombrero, compruebo que las gafas de sol siguen en su sitio y camino hacia la pasarela. Tiembla un poco. La pasarela. Yo tampoco voy demasiado segura.
Me concentro en mantener el equilibrio con dignidad, como si bajar de un barco fuera algo que hago todas las mañanas.
Entonces lo veo. O lo presiento primero, no sé.
Está plantado justo abajo, esperándonos, al final de la rampa: vaqueros gastados, camiseta blanca pegada a la piel morena, gafas de sol y una calma de esas que vienen de serie.
Intento disimular. Me río con mi amiga, juego a no mirar, pero claro que miro protegida bajo el ala. Y él, como si alguien acabara de gritar ¡Acción!, se quita las gafas oscuras despacio, muy despacio, sin dejar de mirarme.
Ojos verdes. Verdes de los que detienen sonrisas, de los que te turban y ya no sabes si te has estremecido o te has quedado sin aire.
Yo me he quedado sin aire.
Sigo bajando como si nada, aunque la pasarela parece temblar un poco más. O son mis piernas.
Cuando llego abajo, él nos sonríe.
—Bienvenidos al Sinaí —dice al grupo con un acento suave—. Seré vuestro guía, me llamo…
Sí, dice su nombre, un nombre egipcio imposible de recordar que él mismo traduce:
—Significa “El guerrero”.
Claro que sí, ¿cómo no?, pienso.
Tras horas de carretera por el Sinaí, llegamos a unos bungalows a las faldas del monte.
El sol ya empieza a caer, aunque el calor sigue pegado a la ropa y el aire continúa ardiendo al rozarme.
Entonces veo la piscina. Irreal en mitad del desierto. Un espejismo azul.
Y ahí se acaba toda dignidad: voy directa al agua.
Sentada en el borde, piernas dentro del agua, me ajusto el sombrero. Me da paz. Cierro los ojos. El frescor sube despacio por mis piernas y, por un momento, respiro.
Todo se detiene, como yo.
Lo noto a mi lado.
No pregunta. Se deja caer junto a mí y durante unos segundos no dice nada. Yo tampoco, demasiado pendiente de lo cerca que está, del calor que ya no viene del sol.
—Tienes un cuerpo precioso.
Abro un ojo, me giro hacia él y le contesto:
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
Los dos nos reímos. Su risa es fácil y contagiosa. Me hago la indiferente, pero termino inclinándome hacia él.
Esta noche hay fiesta beduina en el jardín: farolillos, música y pañuelos tintineando en la cintura de las chicas mientras los chicos del grupo intentan seguirles el ritmo.
Llevo un vestido largo, suelto, y mi sombrero, claro. A esas alturas ya es parte del uniforme.
Y entonces aparece “el guerrero”, el pelo mojado todavía, desordenado, y mi mundo baja un par de decibelios.
No me busca. Me mira. Como si supiera exactamente dónde estoy.
Bailamos jugando a no tocarnos del todo, dejando crecer ese cosquilleo dulce que se desliza entre sonrisas y la punta de sus dedos rozándome la cintura al marcarme el ritmo.
La fiesta se va apagando poco a poco. Mi amiga se acerca, me guiña un ojo y dice que está cansada. Desaparece.
Nos sentamos en un rincón del jardín, allí donde la noche parecía guardar secretos. El desierto soltaba por fin el calor acumulado durante el día y una brisa fresca movía los hibiscos rojos, rosas y blancos, perfumando el aire con un dulzor espeso.
Desde algún punto surgió el sonido de un laúd: una música antigua y misteriosa, vieja como las rocas y la noche del Sinaí. Lo envolvía todo —las montañas oscuras, el jardín— y ascendía hacia un cielo negro y desmesurado, cubierto de estrellas tan vivas que parecía volcarse sobre nosotros.
El tiempo se abrió un instante para que yo lo recordara siempre.
Charlamos de sueños y viajes, aunque hace rato que las palabras importan poco. El silencio termina quedándose entre nosotros.
Se acerca más, con ese aplomo suyo que nunca pide permiso. Me rodea la cintura y, despacio, me quita el sombrero como si fuera algo sagrado.
Sin apartar los ojos de los míos.
Yo no me muevo. Lo dejo mirarme, lo dejo acercarse.
Y cuando me besa, todo prende. Su boca encuentra la mía, caliente y lenta al principio; después el beso se vuelve hambre y respiración.
Su mano en mi cintura, la mía hundida en su pelo, el sabor dulce del humo suspendido en el aire. De repente, su risa baja y traviesa se escapa entre nuestros labios.
—Tenía que quitártelo —susurra—. Me tenía obsesionado.
Lo miro y lo entiendo: lo peligroso no es el sol.
Es él.
El libro del taller
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