Como cada mañana de los últimos cuarenta años Mariano Zamorano fue a su taller del callejón Santa Clara. Había que echar un último vistazo antes de entregar el local al fondo buitre que había adquirido toda la finca para alimentar a ese insaciable monstruo llamado Airbnb. Tendría que cambiar la forja que había abierto el padre de su abuelo en esa callecita milenaria de Toledo, por una cuchillería a pie de calle junto al mercado de La Elipa en Madrid. –El legado eres tú, le había dicho tantas veces su hija. Pero en ese momento sentía que su oficio y su legado desaparecería con el ruido de la persiana chocando contra el suelo. Lo que más ansiaba era despedirse del muro romano que aún sobrevivía bajo el.
La puerta de roble del sótano estaba hinchada, tuvo que empujarla con su cuerpo para hacerla ceder. La luz que entró descubrió una galaxia de mínimas partículas flotantes. Encendió la bombilla de filamento que colgaba del techo y miró a su alrededor. Había un pedazo de moqueta, una máquina de café de los 90´y un sillón donde descansaban varias capas de polvo. Detrás de éste, algo asomaba. No sin esfuerzo apartó el sillón. A pesar de la poca luz reconoció la forma. Era una gladius, la espada corta romana de los legionarios. Enfrentada a ella, su eterna enemiga: una falcata ibérica. La estampa no era descabellada. Desde su bisabuelo se dedicaban a fabricar -entre otras piezas- réplicas de estas rivales que enfrentaban a romanos e íberos mucho antes del nacimiento de Cristo.
Guardó todo en la mochila y salió. El sol era cruel y su luz demasiado real. Lo último que escuchó al partir para Madrid fue el chillido de las rueditas de una maleta.
Hijos de puta, dijo.
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Esa tardecita en el parque de La Elipa estaban todos, así que al Ñato y al Brian no les quedó otra que saludarse aunque detrás de las gafas de sol no se cruzaron las miradas. No habían pasado ni tres días desde que la Karen lo dejará con el Ñato y ya se estaba dejando ver con el Brian. Y en esos tres días (o antes?!) el Brian se había encontrado con la Ñ tatuada en medio del culo de la Karen. El amargo rencor de ambos, amigos desde la niñez, se mezclaba en el saludo con el dulzor de la maría. Los Dominicans estaban de fiesta, habían bajado a un Trinitario de un machetazo y hasta habían salido en las noticias. Somos fauimus, manoooos!, arengaba el Tony, el Inca, enseñando sus dientes de oro y sus ojos de diablo.
Todos sabían que eso sería la guerra contra los Trinitarios.
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Cuando Mariano entró en el local de su flamante cuchillería se sintió nuevamente burlado por el sector inmobiliario. El local estaba bien ubicado en un bajo junto al mercado de la Elipa, pero era minúsculo. Lo que sí entraba cómodamente era el griterío y el olor sucio de la fritanga y la cerveza del bar de al lado, donde solían emborracharse unos mulatos jovencísimos de mirada desafiante y olor a marihuana. Varias veces entraron a preguntar, descaradamente, el precio de los machetes.
La falta de espacio le había obligado a colgar la gladius y la falcata al fondo del local junto al viejo cartel de Espadas Zamorano que la vergüenza del destierro Toledano le impidió colgar del frente del miserable local que era ahora su destino.
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El Ñato consumía como un mal vicio todos los stories que subía el Brian: la Karen en bragas acomodada en las rodillas del otro, tan a gusto; o perreándole en el morro con un porro en medio de la sonrisa. Gozando. Sentía que todos esos stories eran una manera de provocarlo. No le cabía en el cuerpo tanto odio.
Le sonó el teléfono. Era el Tony. Los Trinitarios habían matado a un hermano bajo el puente, por la espalda, “Han bajao al Pitel,´mano!
Era la guerra y había que prepararse.
Encapuchados y hasta arriba de perico encararon para la cuchillería que habían puesto junto al mercado. Iban todos los de La Elipa más algunos plimos de San Blas. El Tony cogió un ladrillo de obra, lo cubrió con su chaqueta y rompió el vidrio del local de un golpe seco. Llenaron una bolsa de arpillera de machetes, cuchillos tan anchos que uno podía peinarse en su hoja y esos dos filos guapos que colgaban de la pared. El Tony, como buen Inca, repartió botín. Así fue como el Brian terminó empuñando la falcata y el Ñato apretaba la gladius.
En el parque de El Carmen los Trinitarios esperaban. Alguien boqueó, dijo uno.
Frente a frente una veintena de jóvenes sanos y fuertes, algunos de ellos casi niños, dispuestos a dejarse cercenar por un grafiti pintado en una esquina de Madrid. Trinitarios vs. Dominicans Don´t Play. Machetes, cuchillos, y una gladius y una falcata que llevaban años midiéndose a los pies de un muro romano de Toledo. No había escudos, ni cascos, ni armaduras. Solo acero contra carne, gritos mudos, la sorpresa de la muerte que deforma el rostro, cuerpos como un puzzle y llantos de niños llamando a su mamá.
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Mientras eso ocurría Mariano barría los destrozos del local, preguntándose por qué ninguno de los más de cinco patrulleros que pasaron por delante de su tienda a toda velocidad con sirenas y luces a tope acudía a su llamado. Algo pasó en El Carmen, le comentó un vecino.
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La batalla de bandas enemigas había terminado. Solo quedaban enfrentadas ahora, la falcata y la gladius que se habían guardado de morir para poder, al fin, echar sus cuentas.
Cuánto cuento cuántico
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