Ático derecha

Ático derecha

Susana Cavero

29/04/2026

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Con la taza de café en la mano, Ana contemplaba el amanecer tranquila. Este era un momento que siempre disfrutaba desde su ático, donde alcanzaba a ver los perfiles más altos de esas oficinas que la llamaban a voces todas las mañanas. Al entrar la noche anterior, de vuelta de Londres, abrió el buzón y recogió la correspondencia de la semana, que ahora veía esparcida por la encimera y el suelo de la cocina. Recogió y ordenó todo y, de manera automática, sin perder de vista el panorama emergente, comenzó a abrir la carta recibida; un sobre amarillento que rasgó rápidamente, metiendo el mango de la cucharilla en un pequeño hueco libre de la solapa, mientras continuaba extasiada por el instante de luz plena que ya cubría todo el salón.

«Querida María Ana: Acabo de llegar a Aguas y ya te echo de menos. Todo está como siempre».

Estas breves palabras trajeron a su memoria el colegio y a las fastidiosas monjas que la llamaban siempre con el «María» por delante, un nombre que se quedó grabado a fuego en sus documentos de identidad y en ningún sitio más, gracias a Dios. Recordó también Aguas, donde pasaba los veranos en la finca serrana de los abuelos. El vuelco del corazón la paralizó un instante más: ¡aquellas palabras que la añoraban con tanta calma y la empujaban a seguir leyendo estaban fechadas en 1940!

«Ya sabes que me aburro mucho aquí sin ti. Escríbeme, no seas perezosa. Yo lo haré. Besos. Joaquín».

Chupó la cucharilla, que aún tenía en la mano con restos de café, cerrando la boca que había quedado abierta. Miró el reloj, dando un respingo, y corrió a recoger el ordenador y las llaves del coche. Salió con un portazo que no percibió su cerebro alocado.

Esa mañana le costó concentrarse en las primeras reuniones, pero finalmente hilvanó el día hasta la clase de zumba; su cuerpo estaba tan agotado al regresar a casa que no se percató de la falta de algunas de las fotografías familiares que, como resultado de la precipitada salida de la mañana, habían desaparecido.

Seis días después, encontró en su buzón una segunda carta similar por el amarillento papel. No esperó a subir a casa para abrirla. Dejó de golpe en el suelo las bolsas de la compra que llevaba en ambas manos y rompió el sobre con fuerza.

«Querida María Ana, tú no escribes, pero yo estoy tan aburrido… Hago las rutinas planificadas en la terapia a primera hora y luego tengo todo el día libre para leer y escribir. Me preguntan por ti y tus crisis nerviosas. Ya sabes, el balneario es un micropueblo de chismes».

A la mañana siguiente, bajó antes del café y revisó los veinte buzones. Ni rastro de una María Ana, ni una María, ni Ana; salvo ella. Subió a casa como una autómata enzarzada en el engranaje de sus preguntas y, sin café, salió con un nuevo portazo.

La tercera carta llegó a los cuatro días; a esas alturas ya pasaba por el buzón tres veces al día. Y ahí estaba su nueva misiva, esperándola como un imán.

«Querida María Ana, no me escribes. ¿Qué pasa? ¿Estás peor? Sé que cuando estás con tus crisis no puedes ni escribir…».

Derramó el café sobre el papel, ocultando en la neblina de la tinta corrida el final y el «Besos. Joaquín». No era capaz de levantar la vista del fregadero, que agarraba con ambas manos por si las náuseas se convertían en vómito. Abrió el grifo y se refrescó lo suficiente para mirar el reloj y volver a un presente que la hizo salir de casa con un portazo de magnicidio.

Esa tarde, al regresar, intentó descubrir alguna palabra más de la carta, pero las nubes oscuras del café seco las ocultaban. Se acostó frustrada y exhausta sin cenar. No se encontraba bien, hasta la casa la notaba rara, desangelada, extraña.

Las misivas fueron acelerando su llegada. Ni cuando habló con el cartero —él nunca le había traído esas cartas—, ni pasando por el buzón seis veces al día; dejando reuniones sin acabar o informes que entregar, conseguía averiguar el origen. Finalmente, decidió subir al trastero, coger el saco de dormir y hacer guardia. Había un sitio en el portal que podía disimular su presencia para, desde la oscuridad, interceptar al mensajero.

Regresó a casa para poner un email de que no iría a la oficina al día siguiente. Abrió el portátil y no supo qué escribir. Por más que lo intentaba, no le salían las palabras. Levantó la vista del teclado y le extrañó no ver ni una sola foto familiar, tampoco las pastillas en la mesita de la entrada. Paredes, aparadores y estanterías se veían vacíos de recuerdos. Lisos y llanos. Pero, tenía que bajar rápido al portal. Una vez allí, se acurrucó en el saco en el lado ciego del portal, al acecho de explicaciones, mientras los sensores de presencia apagaban el día.

Llegan ruidos de la calle, cerca, muy cerca. Un portazo metálico. Suena a portal. La luz que entra por la rendija no ilumina el habitáculo. Solo se refleja rectangular y extensa hasta el fondo. Como todas las mañanas, Ana mira al techo y se estira alargando los brazos en cruz mientras fija la mirada en la luz del fondo y sus manos golpean unas paredes metálicas y frías. La luz proviene de una apertura de lado a lado en la parte superior de la pared de enfrente. Ve introducirse algo a través del orificio, dejándola prácticamente a oscuras y haciendo que el techo se le venga encima. Se protege con los brazos, pero el objeto la cubre totalmente. Pesa, pero no aplasta. Es como un edredón rígido de cabeza a los pies, con olor a polvo y sabor a papel descolorido. Lo empuja levemente y asoma la cabeza por el lateral y lee: María Ana Casas González. Calle Abtao, 17. Ático derecha. Madrid.

Y la luz de presencia del portal se apagó.

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