En un seguro escondite subterráneo, el director de la oficina de espionaje y contrainteligencia observaba con escepticismo el recurso humano disponible para la misión. Se trataba de un joven nepalí con un leve trastorno del espectro autista que le había servido de espía en Pekín durante un corto tiempo. Considerando sus limitaciones, en esa ocasión previa a la guerra logró, en gran medida, cumplir con los objetivos establecidos. Ahora, involucrar en una misión de inteligencia, en un escenario bélico a un espía autista, representa desafíos específicos que van más allá de lo convencional.
El director, para comenzar con las instrucciones, carraspeó con fuerza tratando de llamar la atención del asiático, que movía rítmicamente su cabeza de la izquierda al centro y a la derecha, luego en sentido contrario, parándose por instantes en cada posición.
—¿Cómo te sientes, Bishal?
—Estoy bien. ¿Qué hago aquí?
—Antes de responderte, dime lo que observas.
—¿Quienes son ellos?
—Son agentes del servicio secreto que, al igual que tú, tampoco te conocen. Solo yo, como jefe, sé sus nombres. Por favor, Bishal. Dime lo que ves en cada uno de los tres.
—El de la derecha está parado frente a un espejo, pero se tapa los ojos. El del centro está paralizado ante un gato de pelaje atigrado. El de la izquierda, camina mirando a todos lados sin seguir un patrón. Ahora dígame qué hago aquí.
Sin decir una palabra, el jefe abrió un cuaderno de notas y, humedeciendo su dedo índice en la lengua, fue pasando las páginas una a una. No leía; pensaba. Sus tres mejores agentes habían fallado. Al primero que asignó la misión, apareció muy cerca del London Eye en estado de shock, sosteniendo un espejo que rehusaba mirar. El segundo en las inmediaciones del Big Ben, aterrado por un gato que le seguía, y el tercero, totalmente desorientado en el Tower Bridge. Ninguno mostraba signos de tortura, ni rastros de droga en el organismo. Sencillamente regresaban desquiciados.
—¿Qué lee en ese cuaderno?
—¿Aquí está escrito lo que debes hacer en tu próxima misión.
—¡Quiero leerlo!.
—No lo leerás, esta vez te daré las instrucciones verbalmente. Sólo necesito que me mires mientras hablo.
El agente secreto Bishal asintió con un leve movimiento de cabeza, otorgando su aprobación.
—Llegarás por mar a una ciudad del país enemigo, donde un contacto te guiará a la residencia de un general. Allí te anunciarás usando el nombre Zixuan, un experto en acupuntura china. Desde hace una semana el general espera a un sustituto, a quien debe relevar a su especialista en acupuntura que nosotros hemos eliminado discretamente. Una vez que te hayas infiltrado en el círculo del general, es cuando comienza tu verdadera misión. ¿Vamos por buen camino hasta ahora?
De nuevo, Bishal afirma con un movimiento de cabeza y el director continúa hablando.
—El general en cuestión es quien comanda las estrategias del ejército enemigo y para ello se reúne una vez a la semana con el estado mayor. El problema nuestro es que ellos lo hacen en lugares diferentes, pero tenemos conocimiento de que siempre están en la misma ciudad. Tu misión es averiguar cuándo y dónde se efectuará la próxima reunión para realizar un ataque preciso. Es todo lo que puedo decirte por ahora.
—¿A quién debo dar esa información?
—Un agente que está allá y que desconoce lo que aquí hablamos te indicará cómo hacerlo. El método será un mensaje cifrado público.
—¿Cuándo saldré de viaje?
—De inmediato, Zixuan. No sin antes que Bishal me diga si le afecta la condición en que se encuentran esos tres espías—Dijo esto el director, mientras revisaba una guía sobre las posibles reacciones de personas autistas frente a entornos adversos.
—Lo del hombre del gato y del del espejo para mí es absurdo. Es el que camina como huyendo de algo imaginario lo que me preocupa.
—Nos enteramos de que ese agente estuvo perdido durante varios días en un laberinto de túneles donde resulta complicado ubicarse. En tu caso, estoy seguro de que con tu enfoque lógico sabrás sortearlos. ¡La corona te lo agradecerá!
Fin
Cuánto cuento cuántico
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