Cuando el 14 de octubre de 1806 las fuerzas prusianas de Federico Guillermo III cayeron en Jena derrotadas por el ejército napoleónico, Georg W. F. Hegel vio en ese hecho el fin de la historia, o el fin de lo que él consideraba como tal. La noche anterior había concluido el manuscrito de la Fenomenología del Espíritu. En lo que interpretó como una asombrosa concordancia, llegó a preguntarse si el mismísimo Napoleón no era acaso la encarnación ecuestre del espíritu absoluto: las ideas de la revolución francesa, finalmente, se imponían a las que Prusia representaba como símbolo de un pasado monárquico llamado a superarse en nombre de la fraternidad, la igualdad y la libertad. Y el dolor de la derrota de su patria –el dolor de su propio exilio– coexistía con la optimista conciencia de un momento superador. Sí. La historia había llegado a su fin. Aunque no a su final.
Es fama que hay instantes en la historia que marcan un antes y un después. Instantes no siempre percibidos, como Hegel lo hace –en una interpretación para mí excesiva– con la batalla de Jena.
Pienso en el 4 de septiembre de 476, cuando el hérulo Odoacro depone al tenido por último emperador romano, Rómulo Augústulo. Pienso en el 12 de octubre de 1492, cuando el genovés Cristóbal Colón, futuro virrey de las Indias, pisa por primera vez, sin saberlo, el continente americano en la isla Guanahani. Pienso en el 31 de octubre de 1517, cuando el agustino Martín Lutero clava en el pórtico de la iglesia de Todos los Santos de Wittenberg sus Noventa y cinco tesis sobre las indulgencias.
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Por caminos que sería tedioso reconstruir, había llegado a mis manos un ejemplar en cuarto menor de la afamada Annales du temps. En uno de sus artículos, el prestigioso profesor del Institut Polytechnique de Paris, Charles Dubois, argumentaba en contra del concepto tradicional del tiempo, entendido éste como una lineal sucesión de instantes en un mismo plano espacial. Haciéndose eco de algunas de las hipótesis de la física reciente, por cierto vacilantes, postuló que frente a cada encrucijada había un espacio-tiempo que seguía a cada uno de los senderos posibles, engendrando un mundo que se desligaba del anterior. Y en el que volvían a presentarse encrucijadas, cada una de las cuales se abría, a su vez, a nuevos mundos, en un camino sin fin.
La insinuación de Dubois me inquietó. Entiendo que no hablaba de aquello que dio en llamarse (horrorosamente) historia contra fáctica, que se pregunta qué habría pasado si algo que ocurrió no hubiera ocurrido, o hubiera acontecido de otro modo, o con otros protagonistas. No. Lo que sostenía era que en mundos paralelos habitaban todas las posibilidades de cada encrucijada, y así de una en otra. Mundos paralelos en los que, por ejemplo, yo mismo, Borges, escribo novelas, o me enriquezco con mi oficio, o recibo el Premio Nobel de Literatura, o compro una casa por sugerencia de Vargas Llosa, o mis ojos no dejan de ver, o soy amado por Beatriz Viterbo. Mundos paralelos que quizás se conecten entre sí por inextricables y aún desconocidos caminos.
Alguien objetará: ¿qué sentido tiene la existencia de esos mundos si permanecen ajenos a mi conciencia? Aventuro una respuesta: ¿por qué debería tenerlo? Eso que aquí llamamos sentido no es más que una construcción hecha en el mundo que conocemos y habitamos, absolutamente insignificante, quizás, en esos otros mundos ajenos.
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En aquella casaquinta de Adrogué, a la que solíamos retirarnos con Bioy Casares cada verano, el afán literario nos llevó a traducir las intuiciones de Dubois en relatos coherentes. Bioy escribió, como solía hacerlo, un cuento envidiable: La trama celeste. (Siempre sospeché que en otro mundo Bioy y yo somos enemigos). Por mi parte, no pasé de intentos intrincados y trabajosos. Ejercicios que tratan de conjeturar bifurcaciones posibles.
Pienso en un mundo donde la reforma de Lutero no existió: camino a la iglesia de Wittenberg, cayó asesinado a manos de los esbirros de Alberto de Brandeburgo. Mucho dinero estaba en juego en el negocio de las indulgencias para permitir que un oscuro y escrupuloso monje argumentara contra tan divino y humano mercado.
Pienso en un mundo en el que Cristóbal Colón no descubre América. El almirante ya había perdido a parte de su tripulación en los días en que repostaron en las Islas Canarias. Para muchos de sus hombres, ese paisaje ya era suficiente conquista. El motín en altamar del 9 de octubre de 1492 puso fin a su empresa: los hermanos Pinzón nada pudieron hacer para detener la desazón y la furia de sus hombres, temerosos de los confines y, por eso mismo, convencidos de la necedad de la empresa del almirante. Las carabelas regresaron a España. Colón se suicidó ante la vista del Puerto de Palos.
Pienso en un mundo en el que Odoacro desiste de tomar Roma. Pactó con Rómulo Augústulo una alianza en la que dividieron territorios e influencias. Fruto de dicha alianza, años después terminaron con el reinado de Zenón, emperador bizantino, ocupando Constantinopla y reconstruyendo el antiguo imperio romano que llega hasta nuestros días.
Pienso en un mundo en el que la victoria de Napoleón Bonaparte en la batalla de Jena no se tradujo en el triunfo de los ideales de la revolución francesa. La posteridad conoció nuevas formas de esclavitud, de guerras, de sofisticados métodos de muerte, de hambrunas y pestes, de genocidios y campos de exterminio, de holocaustos, de nuevas armas diabólicas, de epidemias, de manipulación de la ciencia y la técnica (otrora símbolos de la derrota del oscurantismo en manos de la razón) al servicio de unos pocos poderosos…
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Con la excusa de hablarle de las nuevas ideas sobre los muchos mundos posibles, y de mis torpes esbozos literarios, ayer telefoneé a Beatriz Viterbo. Me dijeron que se había ido unos días a una casaquinta en Adrogué.
Elegí no llamar a Bioy.
J. L. B.
Cuánto cuento cuántico
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