Nadie se acuerda ya de cuando el desierto lo inundó todo. Los hombres se acostumbran fácilmente a las burlas de los dioses. Lo primero que ve el viajero al llegar a Tlöl es una gigantesca torre semiderruida con unas enormes campanas de oro. Se sabe que la ciudad recibe su nombre del sonido onomatopéyico de las campanas, que parecen decir: «Tlol, Tlol». Sus habitantes son conocidos como tröleros, que en el idioma que ellos hablan, el sekkab, significa: «los que fantasean, los que embaucan, los mentirosos».
Las calles tienen forma de laberinto, pues la ciudad está concebida para perderse en ella. Los lugareños se pierden de vez en cuando; los viajeros, siempre. Ver cómo estos deambulan por calles sin salida es una de las diversiones más celebradas de los nativos. Innumerables espejismos la rodean y, a través de ellos, todo lo imaginable e inimaginable puede soñarse. Por la noche, los rugidos de los tigres desgarran la oscuridad para que los habitantes puedan ver las estrellas.
Se dice que Tlöl es un enigma inesperado que oculta varios misterios. Uno de ellos es la Biblioteca de los Libros de Arena. Contiene miles y miles de volúmenes; todos efímeros, porque es el viento quien los escribe. Y quien los borra. Al atardecer, se reúnen en el Ágora. Allí, el viento sopla y moldea la arena acumulada. Primero dibuja las letras, luego las palabras, más tarde las frases y de ellas van naciendo historias fantásticas que todos aplauden al finalizar. Los forasteros acuden para ver semejante maravilla con cierto asombro y estupor.
Sin embargo, no solo se viene a visitar la increíble ciudad y sus ruinas, ni tampoco se viene a Tlöl por su Biblioteca Efímera. La verdadera razón de la afluencia a la ciudad, su medio de vida y su verdadero misterio es que en ella habita el Huésped Ciego. Estaba prohibido decir el nombre del Huésped. A ningún viajero le decían cuál era su verdadera identidad, ya que para poder visitarlo, los habitantes de Tlöl pedían varias monedas de oro. No es que fueran avaros. Eran estetas. Y no hay nada más hermoso, según ellos, que los destellos del sol cuando se posan en ese metal.
Los viajeros occidentales deseaban que ese Huésped Ciego fuera Borges. Lo intuían y pagaban dócilmente las monedas que los nativos les pedían. En el camino hacia el encuentro, los tröleros les conducían al recinto de los ancianos, guardianes por estricta jerarquía de todos los documentos, conservados en papiros, donde registraban, día tras día, las preguntas que los foráneos les hacían. Allí estaba la pregunta más recurrente: «¿Es Borges el Huésped Ciego?». Ellos, al contestarla, siempre se reían. «¿Borges? Borges es un animal fabuloso, un ser que devora libros y vomita historias. Borges no existe. Es una creación de Pierre Menard. De hecho, a nuestro idioma, el sekkab, le hemos añadido una palabra nueva: «borgear», que significa inventar, fabular. El Huésped Ciego es un personaje real, no alguien salido de la mente de Menard».
Y tienen razón: no hay nadie más real que Edipo. Los viajeros, mitad decepcionados, mitad asombrados, contemplan las cuencas vacías de Edipo Rey, quien tuvo la mala suerte de que, en un sendero de caminos que se bifurcan, se encontró a su padre y, por una cuestión de testosterona mal asimilada, lo mató. La historia posterior es muy conocida: su madre-esposa, sus ojos arrancados, las cuencas vacías, el vagar por el mundo hasta llegar a Tlöl y convertirse en el negocio más rentable de la ciudad.
Los viajeros occidentales que han llegado de lejos, cruzado mares y atravesado desiertos para encontrarse con su mito, no se resignan. Los aborígenes, cegados por la belleza de las monedas de oro, les ofrecen otras posibilidades. Se rumorea que la ciudad de Uqqbar posee un Huésped Ciego aún más famoso: Homero. Pero nadie les cree. Seguro que los nativos borgean.
Cuánto cuento cuántico
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