La voz interior

La voz interior

Tere A.

26/04/2026

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37 Puntos

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En la página 9185 se puede leer:

Carla esquivaba los orines que circulaban por el pavimento a esa hora temprana. El viento incipiente no lograba mover ni un solo cabello de su melena rubia recogida en una trenza. En el autobús, renunció a sentarse en el único asiento libre, no quería correr el riesgo de manchar su pantalón negro.

Subió la persiana del establecimiento; se dirigió al tocador donde se colocó las pestañas y las uñas postizas, contempló su rostro cubierto con varias capas de maquillaje, que es la envidia de cualquier filtro de Instagram.

Encendió la caja registradora y se dispuso a esperar. El escaparate le dejaba vislumbrar la calle, pero ella no se interesaba por lo que allí ocurría.

Se sumió en su mundo virtual, ojeando las fotos con David: sus sonrisas, sus viajes, lo felices que habían sido. Se tragó las lágrimas y comenzó a visualizar videos sobre “cómo perder los kilos que te sobran”.

Un rayo de luz la condujo al office. Allí se preparó un café que terminó vertiendo en el fregadero; sacó de su bolso un sándwich de jamón y queso que acabó en la papelera.

A media mañana Carla estaba ocupada en limpiar los relucientes estantes cuando apareció un joven con aspecto de empleado de banco. Se acercó a la vitrina que a ella siempre le había parecido un ataúd y observó los anillos.

Ella sólo advirtió su presencia cuando él le habló. Tras evaluar el traje del cliente, le mostró los anillos más lujosos. La verdad es que no sabía a qué atenerse porque él no le dio respuestas convincentes. Ni siquiera contestó a la pregunta de para quién lo quería, ni qué presupuesto tenía. Tampoco reaccionó a su propuesta de enseñarle otros modelos, así que desistió. Él, argumentando que tenía prisa, salió de la joyería con paso firme.

Cuando llegó a casa ya de noche, ni siquiera saludó a sus compañeros de piso, se tomó un analgésico para la migraña y se fue a la cama.

En la página 9186 se puede leer:

Carla esquivaba los orines que circulaban por el pavimento a esa hora temprana. El viento incipiente no lograba mover ni un solo cabello de su melena rubia recogida en una trenza. En el autobús, renunció a sentarse en el único asiento libre no quería correr el riesgo de manchar su pantalón negro.

Subió la persiana del establecimiento; se dirigió al tocador donde se colocó las pestañas y las uñas postizas, contempló su rostro cubierto con varias capas de maquillaje, que es la envidia de cualquier filtro de Instagram.

Encendió la caja registradora y se dispuso a esperar. El escaparate le dejaba vislumbrar la calle, pero ella no se interesaba por lo que allí ocurría.

Se sumió en su mundo virtual, ojeando las fotos con David: sus sonrisas, sus viajes, lo felices que habían sido. Se tragó las lágrimas y comenzó a visualizar videos sobre “cómo perder los kilos que te sobran”.

Un rayo de luz la condujo al office. Allí se preparó un café que terminó vertiendo en el fregadero; sacó de su bolso un sándwich de jamón y queso que acabó en la papelera.

A media mañana Carla estaba ocupada en limpiar los relucientes estantes cuando apareció un joven con aspecto de empleado de banco. Se acercó a la vitrina que a ella siempre le había parecido un ataúd y observó los anillos.

Ella sólo advirtió su presencia cuando él le habló. Tras evaluar el traje del cliente, le mostró los anillos más lujosos. La verdad es que no sabía a qué atenerse porque él no le dio respuestas convincentes. Ni siquiera contestó a la pregunta de para quién lo quería, ni qué presupuesto tenía. Tampoco reaccionó a su propuesta de enseñarle otros modelos, así que desistió. Él, argumentando que tenía prisa, salió de la joyería con paso firme.

Cuando llegó a casa ya de noche, ni siquiera saludó a sus compañeros de piso, se tomó un analgésico para la migraña y se fue a la cama.

Daniela pasó las páginas, con furia. Incrédula, comprobó que en todas se repetía lo mismo. ¿Cuántas? Las páginas en que se narraba los fines de semana eran diferentes, pero también se repetían entre sí, todas inútiles. Desde su separación toda la historia había cambiado.

Tiró la novela al suelo. Allí permaneció en silencio.

Maldijo al inepto escritor que siempre narraba lo mismo, sin imaginación ni creatividad; ni piedad para su protagonista, a la que despreciaba página a página. Carla parecía no ser consciente de ese maltrato y se sumía en la anestesia de las redes sociales.

En mitad de la noche Daniela se levantó, sentía un dolor intenso en el estómago y náuseas. Abrió el libro y gritó en medio de sus páginas: “Carla despierta”.

Cuando regresó de la oficina, estaba ansiosa. No había dejado de pensar en Carla, mientras introducía asientos contables en el sistema. Sólo deseaba seguir leyendo, esperaba que algo cambiara.

En la página 9450 leyó:

Carla se quedó dormida, salió a toda prisa. En el autobús se percató de que no llevaba sus uñas ni sus pestañas postizas; se sentía extraña, le faltaba algo más. Se había dejado el móvil en casa.

Gran parte del día lo dedicó a contar las horas que marcaba el reloj de pared y a limpiar los estantes. Se atrevió a probarse los anillos de piedras preciosas, que siempre le habían atraído.

Estaba admirando en su mano un anillo de rubí cuando entró un chico con barba muy cuidada, un traje elegante azul marino y corbata. La saludó como si ya la conociera. A ella también le sonaba su cara, pero no sabía de qué. Se sorprendió sonriéndole y así estuvieron un largo instante.

Se interesó por el anillo que Carla llevaba puesto. Lo compró y se fue, no sin antes preguntarle la fecha de su cumpleaños.

Esa noche se olvidó de su migraña; algo en su interior le decía que cambiar su vida era posible.

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