El asiento fluorescente

El asiento fluorescente

Tito

26/04/2026

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Nada hay de singular en ocupar ese sitio reservado para ancianos. Sentarme en uno de esos delata un cuerpo, antaño dócil, que sirve de lastre para mi espíritu. He sido, quizá, un niño que ha pasado demasiado tiempo en el asiento fluorescente. 

Atribuir al trayecto una forma de destino, negar con cada pasajero que sale en la siguiente parada, ver a los niños jugar a las canicas en el pasillo del vagón… Todo eso trae a mi cansada memoria recuerdos cada vez más lejanos en la línea. 

Hace cosa de un mes, advertí con incomodidad cómo imitaba mis rasgos de juventud; a una edad en la que yo también jugaba a las canicas. Había ocupado un asiento idéntico al mío. ¿Será que quiere imitarme?

Le pregunté sobre sus padres, y él negó con la cabeza. Cambié de estrategia; le pregunté por qué no jugaba con el resto de niños. «Es prematuro, en tu situación, elegir la inmovilidad», le dije. Él me miró como si inspeccionara cada arruga de mi frente. «Usted ha elegido contemplar el tiempo; yo lo padezco», me dijo. 

No estaba acostumbrado a esa clase de respuesta en un niño, pero no le corregí. «¿Y qué podría hacer?», pregunté con cierta curiosidad. «Jugar con el resto de ancianos», me comentó sin modular su tono. Sospeché que la conversación no era del todo fortuita.

Él me expresaba lo cansado que se sentía, lo irritante del resto de niños y su pasión por la quietud. Yo le explicaba los fenómenos del tren, le confesaba mi curiosidad sobre los vagones adyacentes y el interés por el paisaje que podía verse al otro lado de la ventana. Así pasamos semanas y semanas. Él comenzó a quejarse de lo incómodo de su asiento; yo aguardaba por la continuación del diálogo. 

Sospeché, entonces, que no hablaba con un anciano, sino con una memoria desplazada en el tiempo que decidió marcharse en esa estación. Recordé esas intervenciones que tanto me marcaron de niño y decidí dar el paso. Saqué la bolsa de canicas polvorientas y jugué con ellas hasta comprender que el asiento fluorescente nos distraía de la puerta. 

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