CLAROSCURO
Tocar la guitarra era lo único de lo que Joaquín, podía estar orgulloso en esta vida.
Mucho ha pasado desde que vivía en las calles de su ciudad, buscando un destino, hurgando en recuerdos y sueños no vividos. Nunca supo cómo empezó a sacar de dentro esas melodías con las que ganaba el sustento para toda la familia. Al principio no sabía diferenciar una cuerda de otra; las miraba queriendo pedirles perdón. Tardes enteras de notas dispersas y desparejas acabaron por metérsele bajo la piel para ir saliendo poco a poco en forma de melodías que se le convirtieron en canciones y luego, otra vez, en notas dispersas; y así le fueron pasando los años entre monedas dejadas caer por los transeúntes al pasar y sonidos que se van inventando.
No recordaba sus orígenes. Le han contado que su madre trabajaba en un club nocturno y que lo crió en una pensión; otros dicen que lo abandonó al nacer, que lo criaron las monjas. Para él su infancia eran apenas unas pocas imágenes sueltas, el calor de unos brazos y una voz metálica acompañando unos enormes ojos negros.
Del INAU lo echaron al cumplir los 16 y por mucho tiempo, no recordaba cuánto (nunca se le dio bien eso de andar contando el tiempo) vagó sin rumbo comiendo lo que encontraba en los contenedores de basura, llorando su miseria y lamentando su suerte interminables días con sus noches, evitando las inclemencias del clima, dibujando su suerte en oscuros rincones y escalinatas.
Un día caminando como de costumbre descubrió al lado de un contenedor de basura, algo que se le antojó un regalo del cielo: tenía un cuerpo gordo y un brazo largo al que le salían cinco cuerdas de nylon o así le pareció a Joaquín quien por un rato se quedó mirando su hallazgo embelesado. De aquel día poco más era capaz de recordar; la alegría inmensa y las interminables horas con el instrumento que ya nunca abandonó. Su suerte cambió por completo.
Hubo momentos en que se juntaba una multitud rodeándole y cantando al unísono canciones populares a las que siempre recurría cuando se juntaba el tumulto, sabiendo que le significaba no volver con las manos vacías a casa. Otras veces no sacaba más que las tristes melodías que su alma componía y se quedaba con las horas vacías intentando llenarlas; solo niños jugando o transeúntes que seguían su camino como si él no existiese, y entonces tocaba para sí mismo.
Un día Joaquín iba caminando con su instrumento a cuestas, distraído quien sabe en qué, cuando tropezó casi sin querer contra unos lentes a los cuales les brillaban unos enormes ojos negros que lo redimieron ahí mismo de los pecados que pudo haber cometido. Desde aquel día compartieron miserias y alegrías; les nacieron tres hijos y un negocio familiar.
Los niños fueron creciendo y acompañándole en sus recorridas, aprendieron a tocar la guitarra y a cantar, a pasar la gorra al final de cada concierto y a agradecer los aplausos con una inclinación hacia adelante.
Mucho han vivido y cantado juntos desde entonces.
Ese día despertó más temprano que de costumbre con un fuerte ardor de estómago. Al llegar a su esquina desenvainó la guitarra como otras tantas veces, pero ésta le pareció distinta; tal vez es mi imaginación- se dijo- mientras afinaba su guitarra.
Sobre el mediodía se fue como lo venía haciendo desde hacía 20 años, al bar de su amigo Eduardo que le calentaba una sopa con fideos que le sabía a poco, pero nunca se lo decía para no ser injusto con su compadre. Cuando volvió a la calle su estómago le avisó por segunda vez. La misma sensación que sintió cuando nació su tercer hijo muerto.
Este día parecía diferente por alguna razón, y no le dio vueltas al asunto; siguió con sus rutinas, tocó y cantó lo suficiente para ganarse las sonrisas de un público cada vez más esquivo y llevarse unas monedas al bolsillo.
Miraba sin ver cuando fue deslumbrado por los últimos rayos de sol reflejándose en un broche en forma de rosa torpemente sujetado sobre un viejo abrigo de paño; siguiendo el haz de luz hasta el rostro que, en ese momento, caminaba justo hacia él, se encontró frente a un par de ojos que, al entrecerrarse para afinar la visión, le permitieron captar la indiferencia del reconocimiento.
El sonido de la moneda contra el plato le taladró el alma.
Cuánto cuento cuántico
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