Siempre creí que el tiempo avanzaba, no porque lo hubiera comprobado, sino porque así me lo enseñaron, porque todo a mi alrededor parecía confirmarlo, los relojes, los calendarios, el desgaste de las cosas, incluso el cansancio del cuerpo, todo indicaba que había una dirección, un antes que se alejaba y un después que aún no llegaba, pero esa certeza empezó a deshacerse el día en que recordé algo que todavía no había vivido
No fue una intuición ni un presentimiento, fue un recuerdo claro, preciso, con detalles imposibles de inventar, estaba sentado en una sala blanca, frente a un hombre cuyo rostro no lograba definir, y sin embargo sabía exactamente lo que me diría, sabía cada una de sus palabras antes de que existieran, y lo más inquietante no era conocerlas, sino sentir que ya las había escuchado.
Durante días intenté ignorarlo, convencido de que la mente puede fabricar ilusiones con la misma facilidad con la que recuerda hechos reales, pero la experiencia se repitió, primero con pequeños eventos, una conversación, un gesto, una frase dicha por alguien cercano, luego con situaciones más complejas, escenas completas que parecían reproducirse siguiendo un guion previo, como si la realidad no fuera más que la ejecución de algo ya escrito
Comencé entonces a sospechar que el error no estaba en mis recuerdos, sino en mi idea del tiempo
Si lo que llamamos futuro puede ser recordado, entonces la diferencia entre recordar y anticipar se vuelve irrelevante, ambas acciones apuntan hacia lo mismo, un contenido que ya existe de alguna forma, lo cual implica que el tiempo no se mueve, o al menos no de la manera en que creemos, quizá no hay una línea, sino una totalidad inmóvil en la que todo ocurre simultáneamente, y nuestra conciencia no hace más que recorrerla como quien lee un libro, creyendo avanzar cuando en realidad solo descubre algo que siempre estuvo ahí
Esa idea, lejos de tranquilizarme, me llevó a otra aún más inquietante
Si todo ya existe, entonces yo también estoy contenido en esa totalidad, no solo lo que soy ahora, sino cada una de mis versiones posibles, cada decisión tomada y no tomada, cada pensamiento, cada error, todo coexistiendo en un mismo instante absoluto que no puede dividirse
En ese punto dejé de pensar en el tiempo y empecé a pensar en mí
Porque si todas mis versiones existen, ¿cuál de ellas soy yo realmente?
La respuesta inmediata sería decir que soy esta, la que escribe, la que duda, la que intenta entender, pero esa respuesta depende de una ilusión, la de que hay un presente privilegiado, un punto desde el cual todo se organiza, y si el tiempo no es lineal, entonces ese privilegio desaparece, lo que llamo “yo” no es más que una posición dentro de una estructura fija, tan válida y tan arbitraria como cualquier otra
Fue entonces cuando comprendí algo que no puedo demostrar pero tampoco negar
No estoy viviendo mi vida
La estoy recordando
Pero no en el sentido común de la memoria, sino en un sentido más profundo, como si mi conciencia fuera el eco de algo que ya ha sido completamente definido, como si cada instante que experimento fuera la repetición de un hecho eterno que no cambia
Intenté resistirme a esa idea, no por razones lógicas, sino por una necesidad casi instintiva de creer en la libertad, en la posibilidad de elegir, de alterar el curso de las cosas, pero cada intento de afirmarla parecía confirmarla en su negación, porque incluso esa resistencia podía ser anticipada, incluso ese deseo de ser libre ya estaba contenido en lo que soy
Desde entonces he dejado de preguntar qué va a pasar
La pregunta correcta, sospecho, no es esa
La pregunta es por qué sigo experimentando como nuevo algo que ya es definitivo
Tal vez la conciencia no está hecha para conocer la totalidad, tal vez necesita fragmentar, dividir, recorrer paso a paso lo que en realidad es simultáneo, porque de otro modo no podría existir como experiencia, lo infinito no puede sentirse de una sola vez sin dejar de ser sentido
Hay, sin embargo, una última idea que me persigue
Si todo el tiempo es uno, si no hay antes ni después, entonces este momento en el que escribo no está separado de ningún otro, lo que implica que también estoy, de alguna manera, en ese instante que recordé al principio, sentado frente al hombre sin rostro, escuchando palabras que ya conozco
Y quizás, en ese mismo instante, ese hombre está pensando lo mismo que yo
Que no está hablando conmigo por primera vez.
Que simplemente está repitiendo algo que ambos ya hemos vivido
Si eso es cierto, entonces no hay inicio en esta historia
Y tampoco final,
Solo un único instante que contiene todos los demás, desplegándose ante una conciencia que insiste en creer que avanza
aunque en realidad siempre ha estado en el mismo lugar.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS