Las dos caras del espejo.

Las dos caras del espejo.

Chanyvevi

13/04/2026

6 Aplausos

0 Puntos

44 Lecturas

La mujer del espejo no se movía cuando Luisa lo hacía.
La observaba con una paciencia antigua, como si llevara años esperándola.

Pero Luisa no era consciente de ello, o no quería serlo. Las locuras pertenecían al mundo de su suegra.

Estaba en cuclillas, la postura que adoptaba cuando el corazón se le desbordaba. Su cabello negro caía hasta rozar sus zapatos. Era tan largo como los años que llevaba cuidando a sus suegros, a pesar del abandono de su marido.

En esos momentos la asaltaba la nostalgia. Su única salida de casa era el domingo, cuando iba al cementerio a dejarle flores a su suegro, aquel hombre que la sostuvo en los momentos más difíciles de su vida.

Se llamaba José, aunque todos le decían Pepe. En el barrio lo recordaban por su humildad y por su carácter sereno. La enfermedad fue dura, cruel y rápida. No dejó tiempo para planificar nada, ni siquiera el dolor.

Trinidad, su suegra, llevaba ya tiempo hundiéndose en una demencia progresiva. Nunca le gustó tener una nuera en casa; siempre se sintió la reina de su territorio. Si había tolerado a Luisa durante tantos años, había sido porque, desde muy joven, supo servir.

Sus cuatro hijos, en cambio, crecieron, se marcharon e hicieron su vida. El nido quedó vacío y la reina madre se quedó sin súbditos. Solo permaneció Luisa, que, tras el abandono de Demian, el hijo mayor, sintió que todos aquellos años entregados a esa familia no habían servido de nada.

Aquella mañana, mientras ayudaba a su suegra a levantarse, el espejo pareció moverse.

—La vieja del espejo quiere robarme la ropa —dijo Trinidad.

Ambas conocían de memoria la rutina: baño, peinado, cambio de ropa. Pero cada día, al mirarse, Luisa se reconocía un poco menos.

—Triny, eres tú —le decía.
—¿No sabes quién es la otra?
—Soy yo… mírame. Estoy dentro y fuera.

Trinidad, sin embargo, recibía aquellas palabras como si fueran un acertijo cruel. Entonces empezaba a gritar:

—¡Sácame de aquí! ¡No me hagas daño! ¡Cuidado con mis pies!

Gritaba tanto que a Luisa se le tensaban los nervios. Temía que un día pudiera golpearla de verdad. Una vez intentó darle una patada.

Cuidar a su suegra era lo más terrible que le había tocado vivir. La demencia avanzaba cada vez más. A veces, en secreto, deseaba ser la otra: la mujer del espejo, la que no cuidaba, la que no obedecía, la que no tenía que hacerse cargo de la ruina ajena.

En broma —o tal vez no—, le hablaba mentalmente a su reflejo:

—¿Cambiamos?… Ven. Me toca perder siempre.

Los días se habían vuelto espesos. Luisa quería escapar.

Pensó en Pepe, que siempre la animaba a escribir. Él había visto en ella una luz, un talento que nadie más parecía tomar en serio. Le decía que luchara por su felicidad, que no malgastara la juventud, que no enterrara sus sueños en vida. Gracias a él estudió en la universidad, se graduó con honores y durante algunos años fue profesora.

Ahora, en cambio, estaba perdida, desorientada, viviendo sin saber ya para qué. Quería cuidar por gratitud, sí, pero Trinidad ya no estaba en sus cabales y le bebía la energía como una criatura hambrienta.

Intentó cubrir los espejos con un plástico traslúcido, pensando que así cesarían los delirios. Fue peor. Trinidad empezó a hablar de sombras, de presencias, de alguien que respiraba detrás de los muebles.

Y ya no era la vieja del espejo la que quería robarle la ropa.

Era Luisa.

La misma que la lavaba, la alimentaba y la vestía.

Cuidar cansa. Cuidar destroza. También vacía.

Luisa quería correr.

Correr sin mirar atrás.

Deseaba que el espejo de la biblioteca de Pepe —el único que había dejado intacto— la absorbiera y la llevara a un lugar donde aún pudiera ser libre.

Su juventud se le había ido sin hacer ruido: un noviazgo temprano, un matrimonio, una vida que nunca eligió del todo.

Se secó las lágrimas y fue hacia la biblioteca.

—¿Y si cambiamos? —pensó.

La del espejo se acercó al vidrio.

—Si tú no te atreves… lo haré yo.

Luisa salió de allí casi corriendo. Su suegra la llamó para ir al baño.

Cuando Trinidad la vio, se quedó inmóvil.

Por un instante tuvo lucidez.

Vio a la Luisa de antes superpuesta sobre la nueva, como si dos fotografías hubieran quedado atrapadas en una sola imagen.

Recordó a la adolescente enamorada, el accidente que la dejó huérfana, el embarazo precoz, la pérdida… y a su marido abrazándola como si de verdad fuera una hija.

—¿Has visto al diablo? —preguntó—. ¿O a la vieja del espejo?

Pero Luisa ya no estaba del todo allí.

Los episodios empeoraron.

Un día Trinidad gritó:

—¡¡¡Una ladrona!!! ¡Me quiere robar!

Luisa no consiguió calmarla.

Se desmayó.

Cuando despertó, estaba en la biblioteca.

Frente al espejo.

Se acercó.

No había reflejo.

Puso las manos sobre el vidrio…

y algo tiró de ella desde el otro lado.

Después de aquello, Luisa recogió las cosas de su suegra, hizo una maleta y vendió la casa falsificando su firma. En apenas dos semanas, su vida cambió por completo.

En la residencia, Trinidad decía que esa no era Luisa. Que era la del espejo.

Pero nadie la creía.

La medicaron más.

Dormía de día y, por la noche, gritaba llamando a Luisa.

Una tarde de primavera, Luisa estaba en un hotel de La Serena, en Chile.

Había recuperado peso.

Se veía radiante.

Pidió una habitación sin espejos. Evitaba ascensores, salones, vitrinas, cualquier superficie que pudiera devolverle una imagen.

Pero aquella noche entró en un bar.

Pidió un trago.

Luego fue al baño.

Demasiado tarde.

Estaba lleno de espejos.

Se miró.

Ahí estaba la otra.

Suplicante.

Sin decir una sola palabra.

Solo con los ojos.

Luisa no dudó.

Se inclinó apenas hacia el cristal y susurró:

—Descansa. Ahora te toca a ti cuidar de los fantasmas.

Votación a partir del 01/05

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS