Serían las diez de la mañana. Yo estaba en mi despacho en la Biblioteca Nacional, frente a la tibia primavera. Salí a caminar por el edificio. El contacto con los volúmenes me hizo pensar en la biblioteca de mi padre. ¿Cuál contenía a cuál? Me repetí que la respuesta sería vana.
Había dormido bien; mi conferencia de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un solo paso al oído.
Llegué hasta el salón de lectura. El guardia debía ser nuevo porque me dijo que antes de entrar debía registrarme en planta baja. Me tomó del brazo, con toda la misericordia de la juventud, y me llevó. Me dejé arrastrar; su exigencia no era otra cosa que cortesía. Después de todo, el joven seguía las órdenes a rajatabla: entrar sin registrarse es un prodigio también vedado al director.
Ahí estábamos, tomados del brazo, frente a la entrada.
—El señor está un poco perdido, pero ha venido a leer como todos.
El otro empleado inició el proceso de registro.
—A ver: nombre, Jorge Luis; apellido, Borges.
Jorge Luis Borges, ingresado a las diez de la mañana.
Eso era, a primera vista, irrisorio: yo estaba allí desde las siete.
El guardia no dijo más nada. Sé que sentía vergüenza.
Por fin entré. Se escuchaba ahora el oleaje de páginas que rompen contra las mesas. Pensé en Bioy, en nuestras invenciones de objetos improbables, en monedas de países que no existen. Solo él era capaz de una broma de esta naturaleza y de esta paciencia: infiltrar a alguien en mi propia biblioteca, instruirlo para que me registrara como a cualquier visitante, y esperar mi reacción desde alguna mesa con una sonrisa que yo, en mi casi ceguera, no podría ubicar con precisión. Pero Bioy no era de estirar los efectos de la sorpresa; ya hubiera cantado su flor.
Casi sonreí, pero Casares no estaba.
Para mí, caminar en lugares oscuros era como descender a una caverna. Iba tocando los bordes de las mesas, hasta llegar a una donde reconocí una voz.
Era la mía.
Supe minutos después que en la mesa había dos. El que habló —que lo hizo más pausado al verme— y el otro, que permanecía en silencio.
Me acerqué y les dije:
—Señores, ¿ustedes son de por aquí?
—De por aquí y por allá. Argentina, Madrid, Ginebra, lo mismo da. Las guerras nos hacen tomar bandos, pero yo no he tomado ninguno.
Hubo un silencio largo. Supe que eran jóvenes y barrocos.
—¿Qué hacen aquí? ¿Los puedo ayudar en algo?
Me contestaron que buscaban una cita.
—En tal caso —dije—, ustedes se llaman Jorge Luis Borges, y la cita que buscan es: los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican a los hombres.
Murmuraron la frase con mi propia voz, un poco lejana.
Al cabo de un tiempo hablaron:
—¿Usted conoce esa cita?
—Sí —contesté—. La hemos escrito hace algunos años. El cuento se llama Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Para probarlo, pueden ver la tapa. Tendrá sus nombres.
Fueron corriendo a buscar el libro. Al poco tiempo volvieron y se sentaron a ojearlo.
—¿Les basta con todo eso?
—No —respondió uno—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
—Ya nos hemos encontrado —dije—. Como última prueba, tome este dólar americano. Viene desde otra región que ha prefigurado los objetos eternos del cuento que usted escribió.
Se quedaron inmóviles.
—Yo una vez soñé en Ginebra… —dijo uno.
—Tú que todavía ves dije a mi versión joven —ordené—, ¿es como nosotros?
El joven replicó que le daba la sensación de amigo, pero que físicamente no se parecía ni a él ni a mí.
Volteé la cabeza hacia el tercero.
—Una pregunta —dije con calma—. Me gustaría que escribieran en un papel cuál fue la línea más trabajosa del jardín de senderos que se bifurcan.
Todos aceptaron. El mas misterioso de los dos, asintió sin emitir sonido, como si en otra realidad hubiera perdido la voz a cambio de la vista. .
El joven escribió primero y me dio en custodia el papel. Yo dicté al oído; alguien —supuse— escribió por mí. El otro también escribió.
Revelamos los daguerrotipos.
El mío, que era el verdadero, decía: “El tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros”.
El joven se sorprendió, me pidió el papel e hizo leer al otro. Sus palabras: el tiempo se bifurca perpetuamente hacia innumerables futuros.
El último papel contenía otra línea:
—En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez, ¿cuál es la única palabra prohibida?
Reflexioné un momento y repuse:
—La palabra ajedrez.
Asintió despacio.
—Usted nos lee —dije.
El otro guardó el papel.
—Viene del único lugar donde Borges existe de otra forma —agregué—: la memoria de otro.
—De donde vienen todos los lectores —dijo entonces—. Del porvenir.
Hubo un silencio que la biblioteca absorbió sin esfuerzo, como hace con todo.
Extendí la mano en su dirección, buscándolo. No supe si la encontró.
—Quédese —dije—. Encontrarme con un lector del porvenir vale más que cualquier premio.
Se quedó.
Me pidió un autógrafo. Le respondí que, al salir de la biblioteca, habrían pasado tantos años que la tinta se habría borrado; por eso elegí un bolígrafo negro.
El joven Borges me pidió que le devolviera el dólar. Me negué.
Nos despedimos.
Los vi salir.
Esa noche no escribí nada; pensé que todo era demasiado verdadero para volverlo literatura.
Me equivocaba, claro.
Porque ese tercero —sin saberlo— hizo posible estas líneas.
Cuánto cuento cuántico
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