Nadie camina solo hacia el futuro; nos acompaña la suma de los
hechos que hemos sido. Lo que nos marcó no es un paisaje que se borra en la
distancia, sino la raíz invisible que sostiene nuestra propia historia.
Aquel día —recuerdo ahora con precisión— yo había entregado una
suma considerable al hombre que servía de enlace con el ejecutor. Meditaba
sobre mi destino cuando sentí un toque en el hombro. Al girar, me encontré con
Leo, quien me ofrecía una sonrisa que el tiempo no ha logrado borrar.
—Aunque tengo la certidumbre de no haber estado en este sitio. ¿Cómo podría desconfiar de mi memoria? —me había dicho Leo ayer, antes de la
tragedia, cuando evoqué aquel episodio de hace veinte años.
Le respondí que en su naturaleza las coexistencias no eran
extrañas, y que la pregunta admitía
Nadie camina solo hacia el futuro; nos acompaña la suma de los
hechos que hemos sido. Lo que nos marcó no es un paisaje que se borra en la
distancia, sino la raíz invisible que sostiene nuestra propia historia.
Aquel día —recuerdo ahora con precisión— yo había entregado una
suma considerable al hombre que servía de enlace con el ejecutor. Meditaba
sobre mi destino cuando sentí un toque en el hombro. Al girar, me encontré con
Leo, quien me ofrecía una sonrisa que el tiempo no ha logrado borrar.
—Aunque tengo la certidumbre de no haber estado en este sitio. ¿Cómo podría desconfiar de mi memoria? —me había dicho Leo ayer, antes de la
tragedia, cuando evoqué aquel episodio de hace veinte años.
Le respondí que en su naturaleza las coexistencias no eran
extrañas, y que la pregunta admitía
múltiples respuestas. Entre todas, acaso la
más firme sea lo trascendental de ciertos lugares, donde aquel que interroga
persiste más allá de su propia ausencia.
La voz de la enfermera interrumpió mi diálogo con Elías. Sentí
el aroma del lino limpio y el roce de sus manos al retirarme el vendaje. Luego,
el frío metódico de las gotas en mis ojos. Nos advirtió que el tiempo de la
visita expiraba. Al cerrarse la puerta, la voz de Elías regresó desde la
penumbra
—¿Persisten esos encuentros con Leo, ahora que lo ha alcanzado
la muerte?
—Por supuesto —le dije. La muerte es un hecho físico, pero su
presencia es una forma de la memoria que habita cada rincón. Su ausencia no es
un vacío, sino un espejo cóncavo donde la memoria fragmenta su imagen en mil
reflejos, o en tantas versiones como las que yo mismo fui dejando en el camino.
Elías, cuya voz delataba una antigua sombra, continuó
indagando.—¿Sientes que una parte de ti se ha ido con él? —insistió Elías—.
Debe ser arduo hablar de esa pérdida con quien es tu verdadero espejo, tu gemelo.
La presencia de Leo siempre fue un obstáculo entre nosotros. Dices que murió en
el bombardeo para salvarte, pero si ya no existe, ¿por qué permites que siga
gobernando tu mente?
—La hora ha terminado, Elías —concluí—. Puedes volver mañana, si
el destino lo permite.
Adiviné su silencio y ese rictus que en él simula una sonrisa,
ahora invisible para mis ojos. Quizás para Elías, es intrascendente lo que vamos dejando atrás; simplemente lo olvida y vive el presente a plenitud. Yo, en cambio, sé que abandonar
una idea o un sitio es proponer un enigma que tarde o temprano nos saldrá al
encuentro. Es entonces cuando el retrovisor no nos devuelve un rostro ajeno,
sino nuestra propia cara, transfigurada por el tiempo.
El conflicto no reside en el olvido, sino en la persistencia de
nuestras ambiciones, que vagan ahora en un laberinto de cronologías
divergentes. Lo que sucede no es lo único que pudo haber sucedido; la realidad
es apenas una de las formas del azar. Leo seguirá siendo el verso perdido de un
poema del que solo alcanzo a percibir las rimas; yo, el observador de una
sombra que insiste en ocupar un espacio que nunca me fue dado. Éramos dos
líneas paralelas, condenadas a converger en ese punto ciego del infinito que
los hombres llaman muerte: el instante en que un punto traza una línea completa
en el universo, partiendo del comienzo del tiempo.
Cuánto cuento cuántico
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