LAFAYETTE EL CONDENADO

LAFAYETTE EL CONDENADO

1 Aplausos

0 Puntos

16 Lecturas

Recuerdo la mueca de Lafayette aquella mañana en el campo de juegos, cómo reía ruin y mezquino; juré no olvidarla jamás. Sé con certeza, no es una aproximación, que en ese instante empecé a planear mi venganza. Sin miradas ni amenazas, solo silencio y una calculación metódica. Bien, para explicar la magnitud de lo que ideé es preciso avanzar unos años. Decidí que Lafayette pagaría desde el primer hasta el último segundo de su existencia. Ni un solo aliento le era merecido, ni siquiera por compasión. Consagré mi alma a realizar un imposible. Comencé leyendo todos los libros del mundo y cuando terminé los releí a la inversa. Insatisfecho con ciertos matices que dudosas traducciones podrían haber malinterpretado (cuando no obviado o perdido para siempre), volví a hacerlo en todos los idiomas que conocía, que son todos. No enfangaré el relato enumerando ególatramente; baste decir que repasé la estructura de los alfabetos hasta la última muesca conocida. 

A su vez, tal empresa requería postergar mi existencia humana todo lo posible. Me ejercité diariamente y eliminé de mi dieta grasas y toxinas. Me contuve en mis impulsos físicos, acaso una contradicción, pues bien es sabido que los segundos previos al clímax son los más intensos también para la mente. Mantuve, pues, cientos de intercambios y no concluí ninguno. Aprendí de lo visto en esos maravillosos instantes, que son uno e infinito. Reduje al mínimo mis horas de sueño, hasta que en penumbra logré traspasar el velo del mundo onírico sin caer en brazos de Morfeo. No permití a nadie compartir lecho más allá de lo previamente mencionado, cualquier suspiro me alejaba de mis intereses. Conseguí, al fin, henchido en cuerpo y mente como ambicié, caminar por ese lado a mi propia conveniencia. Lejos de las normas y fundamentos que atenazan el mundo de los hombres, como aquel prisionero de cierta novela de London, salté y vi laberintos. Algunos solo eran ruinas, otros una idea o recuerdo. Pero yendo muy atrás, los encontré enteros y orgullosos. Aprendí a construirlos, memoricé con la exactitud de un escriba los planos y recovecos que se vinieron conmigo a la vigilia. 

No me llevó más de lo esperado descubrir cómo desplazarme por allí, no atrás y adelante, sino a días y años idos. Hallé un antepasado de Lafayette en el bayou de Louisiana en algún momento del XIX, y lo consideré un buen principio. Tirando más y más de la cuerda, tracé en un mapa de la bretaña francesa el primer asentamiento de su clan, cuando su nombre aún difería en dos o tres letras de la pronunciación con la que lo conocí. Consideré posible ir aún más atrás, hasta la primera cueva, pero tal vez esos ya no fueran ni un 1% de los Lafayette a quienes yo quería ajusticiar. Construí laberintos en tiempo y espacio y los metí a todos allí, cada uno en uno distinto, e instauré un minotauro en cada centro. A veces el minotauro es solo un hombre, pero hay ciertos ángulos del atardecer en los que los cuernos de toro son innegables. He de decir que jamás un Lafayette encontró una muerte violenta por mi mano, ni por una pezuña.

Expongo aquí el volumen total de mi plan, para quien quiera entenderlo; cada Lafayette que ha existido en la historia debe sufrir. No hubiera bastado con exterminar al primero; en ese caso la afrenta del campo de juegos nunca existió en primer lugar y ninguna de mis hazañas imposibles mereciera ser recordada. Se requiere un porcentaje exacto de vanidad para llevar a cabo cualquier causa de cierta envergadura, como convendremos. Me bastó con situar un laberinto junto al lecho de todos los Lafayette trazables en cada momento de la historia para que no tuviesen otro lugar al que acudir mientras dormían. No se puede privar al hombre de su descanso, es cruel hacerlo de sus sueños. Pero no está penado por ley ponerles un laberinto al lado, y si estoy errado que lo demuestren. Reitero, jamás se toparon con el minotauro, ello se limitó a perseguirlos a sus espaldas como sombra constante. Y detrás del minotauro iba yo, asegurando con el látigo que la bestia no se excedía en sus funciones. Mi intención definitiva era que todos los Lafayette crecieran amargamente y ni un solo momento de descanso dejasen de buscar la salida. Uno, a uno, a uno, millones de noches. La angustia que acucia al primero se traslada a su descendiente, que la multiplica. El factor de la ecuación no importa cuando uno de ellos tiende a infinito, como los laberintos. No lo empleo como adjetivo cuantitativo, sino demostrativo. 

Y así llegué, a los ciento diez años, de nuevo a aquella mañana. El Lafayette que estaba ante mí en aquel campo de juegos ya no lucía la mueca que incitó su condena, ni rastro de su risa ruin y mezquina en el aire. Por lo que a mí respecta, ningún Lafayette se ha reído jamás en voz alta. Le hice saber, como primer punto de mi venganza, la meticulosidad de mis maquinaciones y la exquisita perfección con la que se había efectuado el plan. Enumeré, a pesar de la pena infinita con la que me obsequió, la solución al laberinto. Pues era la misma en todos, y a pesar de ello, inaccesible. Coloqué una salida no en el plano físico, sino temporal. La puerta, pues era una, se abría esa misma mañana y ya jamás dispondría de otra oportunidad.

—Pero, ¿por qué? —gimió Lafayette, un guiñapo escupido en el suelo, centurias de sufrimiento aplastándolo, castigando el pecado de su afrenta. Noté ese peso invisible y lo celebré; yo lo había cincelado, era mi obra magna. El mérito que toda una vida dediqué a construir, a pulir. Traté de atravesar el aire con mi mano centedecenaria; imposible. Tal era el volumen y masa que ningún otro hombre podría percibirlo. Solo nosotros, en ese único instante de la eternidad.

—Ya no lo sé —respondí, encogiéndome de hombros —, lo he olvidado.

Votación a partir del 01/05

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS