En aquella época no me sobraba el dinero. Hasta que un día mi padre tuvo uno de sus “despertares” tan peculiares.

¿Eres Nacho?

Asentí.

—Mi mujer dice que salgas a buscar una Quiniela.

Su mujer, mi madre, había muerto hacía un mes —el sol deslumbró al conductor del Jeep y no vio cruzar a la menuda anciana—, pero él lo había olvidado. Sufría demencia y cualquier información nueva se le escurría como el agua entre los dedos. Así que Pepe pasaba las tardes en su butaca, frente al televisor, sin entender lo que veía.

Lo último que necesitaba era que me recordara a Mamá dando órdenes. Aunque a ella nunca le gustó el fútbol, ni mucho menos las apuestas. Fue una mujer obediente a su marido y estricta con su hijo. No la añoraba. De niño me zurraba a diario. En aquel tiempo no era extraño, así que tampoco la odié por eso. De adulto me echaba en cara tanto el fracaso del divorcio como que hubiera vuelto a su casa con mi niña.

Hacía veinte años que no jugaba la Quiniela. Y a mi padre no lo había visto nunca hacerlo. Imaginé que la idea surgió porque en la televisión, los tertulianos de La Sexta competían por ser ocurrentes sobre el bote que se había acumulado: siete millones. Los ignoré y continué doblando la ropa. La mayor parte de mis calcetines estaban agujereados y no me importaba, pero encontré roto uno de Frozen y cambié de idea. Le di a mi hija Violeta el teléfono de la abuela, por si acaso, y bajé al quiosco 1X2.

Volví con dos papeletas en la mano y, al entrar, el olor a viejo me golpeó. Lo lamenté por Violeta, porque el tiempo que pasaba conmigo estuviese en aquel piso de abuelos, con el suelo de terrazo y las paredes de gotelé.

Echamos dos quinielas. Una la hice con Violeta y le pareció divertidísimo imaginar el resultado de los partidos para ganar dinero. La otra la rellenó Pepe que, antes de marcar cada casilla, decía en voz alta “uno”, “equis” o “dos”.

Los siguientes días transcurrieron como siempre. Por las mañanas dejaba a mi padre con Marinela —la mujer que lo cuidaba— y me iba a la oficina. Después recogía a Violeta en el colegio y repasábamos las sumas y los ejercicios de lengua mientras mi ex, que era la que tenía la custodia aquella semana, jugaba al pádel. A las siete llevábamos al abuelo a tomar su carajillo, cenábamos en casa y mi ex recogía a la niña, que pasaría con ella ese fin de semana.

No podía imaginar la locura que se avecinaba.

Llegó el sábado y el primer partido de la quiniela fue a las cuatro de la tarde. Pepe había apostado por el Betis y nosotros por un empate. Estuvimos los dos solos, en el comedor, con la radio —aún no teníamos televisión de pago— en el reposabrazos de su butaca. Le coloqué el boleto sobre el regazo y me senté a leer en el sofá. Mi padre ni siquiera miró el papel. Entonces empezaron los comportamientos extraños que marcaron aquel día. Y es que el delantero centro del Betis se pasó medio partido sin salir del área del Girona, en fuera de juego, a pesar de los gritos desesperados de su entrenador. Además, los centrales cometieron dos penaltis incomprensibles. Antes de que terminara el encuentro, mi padre apagó la radio y el termómetro de Galileo —regalo de mi ex— salió despedido de la estantería y estalló contra el suelo.

Estudié el mueble y los trozos de cristal, buscando una explicación, sin éxito.

Volví a encender la radio. Ya solo aspirábamos a tener trece aciertos. En los otros cinco partidos vespertinos los locutores hablaban de entradas duras, expulsiones y fueras de juego infantiles. Al final de la jornada yo tenía tres aciertos y él ninguno. Pensé en Violeta. Se había ilusionado. Pepe miró el retrato de su madre, mi abuela. La fotografía voló metro y medio, marco de plata incluido, y cayó a sus pies.

¿Podría tener telequinesis?

¿La había tenido siempre y ya no sabía contenerla?

Parecía imposible, pero lo había visto. Me pregunté de qué sería capaz y pensé en Violeta. Tuve miedo.

Llamé a Marinela y solo fui capaz de preguntarle si lo notaba raro últimamente.

—No sé a qué se refiere —siempre me trató de usted—. Bueno, el otro día me dijo que no limpiara toda la casa con amoniaco —rió—. Es lo mismo que me decía su madre. Creo que, a su manera, la echa de menos.

El domingo los telediarios emitían las entrevistas a los jugadores que el día anterior cometieron errores grotescos. Y, los pocos que quisieron hablar, explicaron que había sido como si alguien se lo ordenara. Por la tarde volví a sintonizar el carrusel deportivo en la radio y a situar el papel de la quiniela en el regazo de mi padre. Dos veces, porque la primera cayó —voló— hasta el suelo.

Los partidos del domingo fueron normales y los periodistas parecían decepcionados. Observé a mi padre con atención. No reaccionó al fútbol. Nada. Intenté enfadarle con el televisor. Puse un documental de animales salvajes —siempre le gustaron— y quité el sonido. Esperé. Al principio solo se puso la mano en la oreja y entrecerró los ojos. Luego se mordió el labio.

—No oigo.

Fui a la cocina y cogí varias piezas de fruta. La repartí por el comedor: manzanas frente al televisor, plátanos en lo alto de la estantería y ciruelas esparcidas sobre el sofá.

Nada.

Pepe chasqueaba la lengua. Subí el volumen al máximo y se tapó los oídos. Me miró, furioso. Trataba de recordar mi nombre. Las cejas gruesas y negras apenas dejaban ver sus ojos. Entonces, intentó levantarse y cayó al suelo.

Apagué la tele y lo ayudé a incorporarse. Ya no estaba furioso. Estaba asustado. Supe que había cruzado la línea. Había sido un miserable. Le cambié la ropa y lo peiné, en silencio. Después apagué la radio y nos fuimos a tomar un carajillo.

Sí, Pepe, te lo merecías.

El lunes Violeta volvió a hablar de la quiniela. Había seguido los partidos todo el fin de semana. Sin embargo, le propuse jugar Euromillones. No quería otro fin de semana como el anterior.

—El premio es enorme —dije.

—Pero eso son solo números. Esto… esto es un juego, papá.

Y ya está. ¿Quién puede negar algo tan sencillo a su princesa? Ya estaba cerrando la puerta cuando mi padre gritó.

—¡Coge dos!

Esa semana no había bote. El premio rondaba el millón de euros. Dejé que Violeta marcara todos los resultados de nuestro boleto —el Barcelona tendría que perder en casa contra el Elche, entre otros disparates— con un bolígrafo mientras Pepe hacía lo propio y, una vez más, en voz alta.

Aquella noche oí a mi padre hablar solo en el comedor. Violeta estaba conmigo en la cocina. Le hice una señal, bajé la vitrocerámica y avanzamos por el pasillo en silencio.

Hablaba en valenciano.

—T’he dit que el fora de joc és quan el davanter està per davant dels defensors, i que dos grogues fan una vermella i vas al carrer.

—¿Con quién hablas, Papá?

Se volvió hacia mí. Por un instante vi al hombre que había sido. El audaz agente inmobiliario. No obstante, calló.

—Es lo mismo que me ha explicado antes —intervino Violeta—. Se lo he preguntado porque no entendía lo que pasó en esos partidos tan raros.

Supe que volvería a ocurrir algo. Violeta estaría en mi casa toda la semana y tuve una idea divertida. Y protectora. Recordé el libro de papiroflexia que había comprado de adolescente. En su día me decepcionó; esa semana, en cambio, nos regaló algo distinto. Hicimos pingüinos, aviones, mariposas y dragones. Incluso un burro con alforjas. Todo de colores. El sábado, antes del primer partido, lo colocamos por todo el salón. Parecía una guardería.

Cambié el marco de plata de la foto de la abuela por uno de madera y lo dejé a espaldas de mi padre.

Por si acaso.

A las cuatro de la tarde jugaban el Rayo Vallecano y el Oviedo. Violeta quería escuchar el fútbol junto al abuelo y jugar conmigo al parchís. Ella preparó el tablero y yo unas palomitas dulces. Violeta había marcado un “2”, victoria del Oviedo, y mi padre una “X”. Encendí la radio a la hora en punto.

Estaba pasando algo, pero todos los periodistas hablaban a la vez y no pude entenderlos. Busqué el móvil. Cuando lo leí, tuve que sentarme: ninguno de los dos equipos alineaba delanteros. En la emisora dejaron oír el histérico abucheo del público. Miré a mi padre. Dormitaba con el boleto en la mano.

Aquel partido acabó en empate.

—No me importa porque el abuelo ha acertado —dijo Violeta.

Luego se jugaron otros tres partidos de la Quiniela, entre Primera y Segunda División. Esta vez no hubo fueras de juego absurdos.

Hubo penaltis.

Diez.

Pepe terminó el sábado con los cuatro aciertos y no se rompió nada. Sabía que el abuelo influía de algún modo.

Pero, ¿cómo?

En las entrevistas, los deportistas que habían hecho los penaltis hablaban de sentirse “obligados” o “empujados”.

El domingo por la tarde Violeta y yo nos sentamos frente al abuelo. En el sofá.

En todos los partidos hubo expulsiones y penaltis sin sentido. Y el que se llevó la palma fue el portero del Albacete, que corrió a orinar detrás de la portería en pleno contraataque del rival.

Pepe acertó los catorce resultados. No obstante, ni siquiera miraba el papel. Se había sacado un caramelo de miel del bolsillo y se entretenía con el envoltorio. Violeta dejó el nuestro en la mesa, con cinco aciertos. Hacía rato que, como yo, solo seguía las apuestas del abuelo. Volví a consultar Internet y leí que el premio medio de una Quiniela de catorce era entre veinte y sesenta mil euros, según el número de acertantes. Nos vendrían muy bien, pero la diferencia con el pleno al quince era abismal.

A las nueve se jugaba el pleno al quince: Real Madrid—Valencia.

Necesitábamos que ganara el Valencia.

Saqué una lata de cerveza para mí y una Pepsi para Violeta. Cuando arrancó el partido di un trago largo, muy largo. Empezó bien. Un centrocampista del Valencia marcó a pase del portero del Madrid y luego el equipo anfitrión —líder de la Liga— anotó en propia puerta. Ya estaba pensando en qué haríamos con el dinero cuando, a falta de cinco minutos para el final, un delantero del Madrid, el mejor del mundo, marcó un golazo.

El retrato de mi boda saltó despedido de la estantería.

—Papá, ¿has sido tú?

Pepe permaneció inmóvil.

Un periodista anunció además la expulsión del portero del Valencia. Había derribado al delantero en su afán por detenerlo.

Y entonces la fotografía de la abuela —paterna— cruzó el comedor y chocó contra la pared, dejando una marca.

Lo entendí.

Claro.

No era él. Era ella.

—¿Es Mamá?. —Agarré la mano a mi padre— ¿Es tu mujer la que está haciendo la Quiniela?

—Sí.

Oí la risa contenida de Violeta.

—La abuelita nos ayuda, Papá. Es que no te enteras.

Apreté los puños sin darme cuenta. Tanto que me clavé las uñas. ¿Nunca me libraría de ella?

El Valencia consiguió aguantar el resultado hasta el noventa y el árbitro pitó el final sin tiempo añadido. Teníamos el pleno al quince. Unos segundos después todos los animales de cartulina volaron formando un remolino multicolor en mitad del salón. Violeta reía y saltaba y mi padre contemplaba la escena boquiabierto.

Entonces, antes de que pudiera ordenar mis pensamientos, volvió a hablar.

—Marisa dice que ese dinero arreglará nuestros problemas.

—No sé si quiero su ayuda —respondí entre dientes.

—Que pagas la casa de tu mujer. —Ahuecó una mano sobre la oreja.— Y que tu trabajo de secretario no es suficiente.

Me volví hacia Violeta.

—Soy administrativo, cariño. No hagas caso. Ganar el premio así es hacer trampas. Por eso aún soy administrativo, si fuera un tramposo me habrían ascendido. —Cogí el boleto, lo suejeté con ambas manos y respiré hondo.— Para conseguir este dinero tu abuela ha perjudicado a jugadores que no lo merecían. Así, no.

—Papá, ¡no lo rompas!

«¡Ignacio! ¡Ni se te ocurra!» La voz de mi madre tronó en mi cabeza. ¿Había hecho lo mismo con los futbolistas?

—Mamá —resoplé—, ¿qué haces aquí?.

Violeta bajó la vista. Claro, la abuelita para ella había sido una persona cariñosa y consentidora. ¡Qué diferente de mi madre!

«A tu padre le queda poco. Me he quedado para esperarle… Acepta mi ayuda. No ha sido fácil.»

Miré a mi niña.

—Está bien. Ya está hecho. Pero no lo repetiremos. No está bien.

Violeta sonrió. Dejé de lado la discusión con el espíritu de mi madre y le propuse celebrar el premio con la cena. Glovo nos trajo dos Happy Meal y a mi padre le hice unos huevos fritos. Aquella noche Violeta preparó la mesa sin que se lo pidiera. Para cuatro.

—Ahora que sabes nuestro secreto, la abuelita puede estar con los demás.

Al final, después de impuestos, ganamos casi un millón de euros. Supongo que si en la primera Quiniela mi madre, que no entendía las normas del fútbol, hubiera perjudicado a los equipos que tenían que perder, en vez de ayudar a los que tenían que ganar, nos habríamos llevado el bote. En cualquier caso, he de reconocer que supo cambiar de estrategia.

Vivimos en casa de mis padres hasta que él falleció, ese mismo año. Ella se despidió instantes antes de que Pepe se apagara. Y me dijo que era un buen padre.

Gracias, Mamá.

Después compré otro piso más moderno e invertí el resto. Con los años el dinero creció. Al final, mi madre me había ayudado. No hemos vuelto a tener contacto con ella ni con otros espíritus. No debe ser fácil. Tal vez haya que tener carácter para trascender a la muerte. Ahora que me acabo de jubilar, pienso mucho en esas cosas y bromeo con Violeta. Le digo que, cuando me muera, la iré a ver todas las noches.

A ella y a mis nietos.

Y lo haré sin romper nada.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS