Locura transitoria

Locura transitoria

Marta Sierra

19/03/2026

La taza resbaló, y Pablo vió como el café, que antes estaba entre sus manos temblorosas, caía encima del ordenador y se filtraba entre las teclas sin remedio. La experiencia fue de cámara lenta, pero esto tampoco le permitió reaccionar a tiempo, puesto que él también iba a cámara lenta, más lenta incluso, puesto que las horas sin dormir se acumulaban desde hacía días y no había suficiente café en el mundo para mantenerlo de pie por mucho más tiempo. Aún así la adrenalina lo despertó al ver la taza caer con todo su contenido humeante, y más aún cuando la pantalla del ordenador pasó de mostrar las fotos recién retocadas, que por supuesto aún no había subido a la nube, a fundido a negro, no sin antes hacer un sonido eléctrico que solo podía significar “algo importante se ha roto”.

Pablo dió la vuelta al portátil, para que al menos el líquido empezara a salir. Luego se sentó, con la mirada fija en el dispositivo que ahora parecía una extraña tienda de campaña sobre su escritorio. Al cabo del rato cogió aire, porque por lo visto hasta ese momento no había respirado. Se miró las manos, apoyadas sobre sus rodillas. Así apoyadas ya no temblaban. “Menudo gilipollas” se dijo. No conseguía pensar con claridad. Demasiado sueño. Miró la hora, eran las cuatro de la madrugada. Se tumbó en la cama, incluso cerró los ojos, pero nunca iba a conseguir dormirse. Demasiado café.

Se incorporó y, haciendo uso de toda la fuerza mental que podía quedar útil en su cerebro, pensó en sus opciones.

La más obvia era llamar a primera hora a la clienta y decirle que las fotos del día más feliz de su vida se habían perdido. Aunque no le habría dicho lo de “el día más feliz” porque tanto Pablo como cualquier persona que se haya casado o que haya asistido a unas cuantas bodas, sabe que ese día cuenta, con suerte, entre los quince más felices. En el caso de esta clienta ni eso. La tía había estado de morros todo el día, persiguiendo y mandando hasta en el detalle más absurdo a cada persona que participaba en su boda. Tampoco ayudó que Pablo tuvo un accidente, al caminar hacia atrás mientras hacía las fotos y sin darse cuenta pisar el mantel sobre el que estaba la tarta de la boda, y acabó en el suelo antes de haber sido cortada. Cierto que tenía motivos para enfadarse, pero la escena que montó fue excesiva. Hasta el DJ acabó interfiriendo cuando los insultos de la novia empezaron a ser demasiado ofensivos hasta para los demás. El marido por otro lado parecía totalmente ajeno a lo que su recién estrenada mujer hacía, se limitaba a los chascarrillos de cuñao y a comer jamón como si no hubiera visto una pata en su vida.

La otra opción a la que su cerebro consiguió pedalear fue llevar el ordenador a una tienda e intentar por todos los medios recuperar las fotos del disco duro sin hablar con la clienta hasta haberlo conseguido. ¿Que lo consigue? Perfecto, en ese caso llegará tarde a la entrega, pero habrá entrega. Además siempre puede decir que las había enviado pero había habido un error con el sistema. Eso nunca falla, es tan ambiguo que no se debate. ¿Que no lo consigue? Pues ya está, se va a otro país, se cambia el nombre, y se hace cirugía estética para ser irreconocible. Porque esa loca lo va a encontrar, y lo va a linchar cuando se entere.

Había una tercera opción, una que empezaba a cobrar forma y que Pablo veía, con esos ojos inyectados en sangre que suplicaban descanso, cada vez con más interés. La boda que tenía al día siguiente era en la misma iglesia pero en otro parque. Miró en el móvil la foto del perfil de la novia, y luego la del novio. Creo que puede funcionar…

Durmió tres horas, y como un zombie se levantó, se aseó y se fue a la iglesia donde se celebraba la boda. Después no recordaría nada de lo que pasó este día, pero por las pruebas recopiladas, consistentes en las fotos de la cámara, un billete de metro, y el ticket de un café que debió ser el que terminó de trastornarlo; esto es lo que cree que sucedió.

Pablo se fue a la boda y, haciendo alarde de una habilidad innata o tal vez muy trabajada durante los últimos diez años, sacó unas fotos que, sin ser su mejor trabajo, estaban a la altura de las expectativas de la pareja.

Las fotos del parque se hicieron con fondos ligeramente desenfocados, para que pudiera tratarse de cualquier parque de la ciudad. A los invitados les sacó muchas fotos de espalda, o bailando, o un poco más borrosos, para que se notara el ambiente pero no se diferenciaran caras concretas.

Tras terminar su trabajo en la boda, Pablo se fue a casa y editó las fotos en un ordenador antiguo que todavía medio funcionaba, según Pablo, si le hablabas mal y lo amenazabas con tirarlo por la ventana. Si esto es cierto, aquel día no fueron necesarias las amenazas, el ordenador debió ver en la cara de Pablo lo preparado que estaba para tirarse él mismo por la ventana abrazado al ordenador. Le dió a guardar cada treinta segundos, tanto en la nube como en un pen drive, por si las moscas. Una vez estuvieron listas las fotos de la boda de aquel día, empezó con su plan maestro. 

Escogió las fotos que más fácilmente podría cambiar, y buscó fotos de la novia loca y su marido por las redes sociales. Descargó un programa gratuito de inteligencia artificial para ayudarle con la transmutación. Cortó, pegó, fusionó, coloreó, mientras el ordenador se calentaba pero aguantaba el tirón porque sabía lo que se le vendría encima si no. Cuando quedó satisfecho se puso el pijama y se tumbó en el sofá del estudio.

Diez horas después Pablo despertó, había soñado con fotos que cobraban vida y le perseguían. El móvil no paraba de sonar, tenía unos veinte mensajes de la clienta loca y varias llamadas, tanto de ella como de algunos colegas fotógrafos, pero Pablo había dormido tan profundo que no lo habría despertado ni una alerta de fusión nuclear. Confundido, pero con una mala sensación en el cuerpo se levantó y le sorprendió ver un portátil boca abajo. Luego vio el antiguo portátil de él abierto y ató cabos. 

Los mensajes de la clienta daban miedo, por lo visto había dejado varias reseñas en las que no decía nada bonito, y decía algo de «una aberración». Pablo dejó el móvil y se acercó al ordenador antiguo. Al mirar la pantalla su gesto se transformó, abriendo excesivamente los ojos al intentar entender qué estaba viendo. Sintió la tentación de dar un paso atrás, alejarse de esa imagen grotesca de la pantalla que parecía hecha por un villano de peli mala que pone su cara sobre la foto de una familia ajena. Solo que en este caso todas las caras estaban cambiadas de una forma burda, y para colmo mostrando la marca de agua de algún programa gratuito de IA.

Una vez superado el primer susto, fue pasando de una foto a la siguiente descubriendo que no se salvaba ni una sola. Asumiendo que debió sufrir una locura transitoria, bajó con el ordenador a la tienda, por si podían rescatar las fotos. Si lo lograba, bien; podría intentar negociar con la clienta para que quite las reseñas. Y si no lo conseguía, tal vez debía seguir dejando al Pablo loco al mando, a ver qué se le ocurre.

Etiquetas: relato relato corto

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