Lengua de adobe

Lengua de adobe

Lila Pinto Vaz

18/03/2026

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Comala, bajo el peso de un cielo de azufre.

Juana:

  Te escribo con la lengua hecha lodo y la boca llena de tierra; aquí ya no queda aire que no huela a podrido. Dicen que las cartas son para despedirse, pero en Comala nadie se despide; nos quedamos atrapados, pegados a las paredes de adobe como la humedad, esperando un perdón que nunca llegará.

  ¿Recuerdas cuando decíamos que saldríamos de este pueblo? Cuando soñábamos con una casa lejos del polvo, donde las ventanas dieran al mar y no al llano seco. Guardo ese recuerdo, pero se siente ajeno, como si le hubiera pertenecido a otra persona. La verdad, Juana, es que nunca tuvimos oportunidad. Nacimos en esta tierra condenada donde hasta la esperanza se seca antes de tocar el suelo.

  ¿Te acuerdas de lo que nos prometió aquel hombre? “Toda la tierra será suya”, decía Pedro Páramo, con esa voz que era un látigo disfrazado de promesa. Y tuvo razón, Juana, porque ahora la tierra nos pertenece: nos está tragando vivos. Se murió él y con él todo lo demás. Aquí nada se sostiene. Ni siquiera las piedras, cansadas de cargar tanto olvido. Pero su sombra sigue aquí, enredada en mis pasos como un grillete, como un veneno que se filtra entre las grietas.

  Dicen que Pedro se fue detrás de la tal Susana San Juan, persiguiendo un fantasma que nunca lo quiso. Pero a nosotras nos dejó plantadas en este llano blanco de salitre, donde ni las raíces se atreven a salir por miedo a quemarse. Me da rabia, Juana. Un coraje seco, como espinas que me raspan por dentro.

  Anoche lo vi. Era un bulto negro, apenas más denso que el aire, cruzando el callejón de las saponarias. No era un hombre; era un olor a incienso quemado, a cera derretida y a pecado. Sentí un vacío. Quise gritarle, escupirle las verdades que me ahogan, recordarle que mis hijos se hicieron polvo antes de ser hombres por culpa de sus guerras y su hambre de quererlo todo. Pero las palabras no salieron; se me hicieron piedras en la boca.

  ¿Tú crees que Dios se acuerda de este lugar? Yo no. Pienso que cuando Pedro Páramo cerró los ojos, se llevó las llaves del cielo y nos dejó condenados. Por eso te fuiste tú, ¿verdad? Porque sabías que aquí la esperanza es un animal muerto que nadie se molesta en enterrar.

  No me busques en la casa. Ya no tiene techo y las estrellas la miran con indiferencia. Si el viento te trae de vuelta, búscame en las grietas del camino, en los murmullos de las sombras. Allí estaré, donde el rencor aún tiene fuerzas para maldecir. Estaré esperando a que la tierra termine de cobrarme lo que él nunca nos pagó.

  Sigo aquí, Juana, deshaciéndome como la piedra bajo la lluvia.

Elena

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