«Los que se quedan»

«Los que se quedan»

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Querida prima Soledad,

Te escribo con la tarde encima, desde el corredor donde el calor se asienta como si también él hubiera decidido quedarse a vivir aquí para siempre. En Comala el tiempo no pasa —se pudre, despacio, con dignidad. Los días se parecen tanto entre sí que uno termina por no contarlos, y ya no importa si es martes o si es el fin del mundo.

Esta mañana fui al pozo y escuché a doña Refugio canturreando del otro lado de la barda. No me extrañó. Doña Refugio lleva dos inviernos enterrada en el camposanto, pero hay mañanas en que se le olvida. Aquí los muertos no se van del todo, Soledad —se quedan rondando los patios, sentados en las sillas que fueron suyas, respirando el mismo aire polvoriento que nosotros. A veces uno no sabe bien de qué lado está parado.

Las calles siguen vacías como siempre. El viento arrastra hojas secas de árboles que ya nadie recuerda haber plantado. La iglesia tiene una grieta nueva en la pared del norte, o quizás siempre estuvo ahí y yo apenas la veo. El padre Rentería bajó el jueves a oficiar misa y éramos tan pocos que los muertos nos superaban en número, aunque ellos al menos guardan silencio durante el evangelio.

La milpa dio bien. Los chivos siguen necios. Yo sigo aquí.

Me preguntas en tu carta si no me da miedo vivir entre tanto silencio. No, prima. El silencio en Comala no está vacío —está lleno de voces que aprendieron a hablar bajito. Uno se acostumbra. Uno hasta los extraña cuando viaja y ya no los escucha.

No vengas en agosto. El calor de agosto aquí tiene nombre propio y mal carácter. Mejor en noviembre, cuando el aire huele a tierra abierta y los muertos andan de mejor humor.

Con cariño desde este pueblo que respira solo cuando nadie lo mira,

Edilberto Flores

Comala, en un día como todos: quieto, caliente y lleno de a

usencias.

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