Habrase visto, Juan, tanta ilusión y para qué, puesta en la tierra. Si de las brevas que saqué el último año (el que me alcanzó, por fin, su padre, o mejor dicho, el disparo de su padre) ni huella. Ni una, vea, ni algunita. Todas resecas. Tanto pegarle al yunque y qué sacamos.
Ni mi mujer, floja de entendederas, ni el muchacho, que me salió pegado al pico, me lloraron. Menos su padre, Juan, mi matador, mi hermano.
Sabido es que las pendencias entre hermanos son bien fieras. Pero odiador como su padre, Juan, ojalá no vuelva a pisar la Tierra. De chicos fue la puja por la higuera; de muchachos la coyunda de una hembra; de hombres ya, la del final: los cuatro pesos miserables y dos puercos que le robé, por hambre.
No mía el hambre, yo me aguantaba. Hambre del hijo que mamaba, de la mujer que no hacía mucho había parido, y por la de ellos yo hubiera hecho lo que fuera (si está visto que a esta tierra ni dios ni diablo hay, que la pretenda)
Le juré que la cría de la chancha sería suya. Si nada le faltaba por parir y, como venía, la prole sería, a lo menos, de seis, de siete. Pobre chancha generosa que al final, no digo maíz (que no había de hacía cuánto) ni deshechos encontrábamos para darle.
Ciego estaba. Loco. Por mi hijo le pedí, por su madre, que es la mía, por el Dios en que ni él ni yo creían.
Ya está hecho.
No lo juzgo. Para qué, si en esta tierra no hay balanza. Ni sentencia. Viento y polvo y a la inversa. Suerte que me mató, suerte que me morí, para no ver qué destino les cayó, después de mí, al muchacho y la mujer. Como venía la cosa, colija usted qué fiero.
Hizo bien su madre, Juan, en marcharse después de aquello. De aquello y de otras cosas que pasaron que ni los muertos soportamos el recuerdo.
Haga lo propio usted. Y no vuelva. La higuera no ha podido huir de aquí pero usted aún tiene tiempo. Llegue a viejo. Por la sangre que nos liga se lo pido, deje todo lo de acá, déjenos nomás cumplir la ley a los muertos: déjenos seguir muriendo (qué otra ley respeta un muerto) Váyase, de seguro habrá un lugar donde no haya que cuidarse de la gente y de los lobos.
Lo de morir en paz se lo debo. Hasta eso nos quitaron. Y el silencio (o es que no escucha los gritos del viento)
Por el canto de esta uña no nos cruzamos. Yo hubiera sido su padrino, Juan, y de los buenos. Al nacer le habría obsequiado el pan de chía que a su madre le gustaba. Si no hubiera sido aquello.
Ramón, su tío, que agusanado y muerto y sin haberlo conocido, igual lo quiere.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS