Querida Mariana:
Desde que te fuiste de Comala no tengo con quién hablar, y los días se me vuelven un puro trabajo; todo es calor, polvo y discusiones con mi madre. Menos mal que tengo a Pedrito, que cada día está más grande y precioso, y se deshace en risas cada vez que lo abrazo y lo cubro de besos.
«Una boca más que alimentar», eso dijo ella cuando notó que estaba embarazada. «Y sin ningún hombre que se responsabilice. Ya puedes suponer la vida que te espera, estúpida». Y me arrastró hasta donde Fulgor Sedano. Yo conseguí decir, entre lloros, que aquello no era culpa mía, que el patrón me había forzado. Entonces él nos dio un poco de dinero y dijo que nos contentáramos con eso.
Pedrito es tan bueno que me obedece como si ya fuera un chico mayor, sabes, como si entendiera. Pero a su abuela no, y ella entonces lo castiga. A mí me gustaría sacarlo de este infierno. Quitarlo de jugar entre terrones, de reventar renacuajos y de cortar la cola de las lagartijas. Me gustaría que se educara.
Por eso quería pedirte un favor: mira a ver si en Contla hay alguna familia que pueda necesitarme como muchacha y dímelo a vuelta de correo.
A cambio, voy a contarte un secreto que nunca he confesado: cuando tú y yo íbamos juntas a la feria, yo me arreglaba solo para que el patrón me viera bonita.
Una de aquella noches, nada más acostarme, oí golpes en mi ventana. Me acerqué a ella, temblando, pegada a la pared, y oí su voz, que me decía: «Inés, no te asustes, soy Pedro Páramo». Así que abrí la ventana. Él me dijo que estaba muy guapa, me besó y me pidió permiso para dormir conmigo. «Yo nunca he dormido con un hombre, patrón», dije, y él respondió, sonriendo, mirándome muy fijo: «tendré cuidado, entonces». Y cumplió su palabra, pues casi no me dolió.
Volvió muchas otras veces.
Yo sé que dicen que es un hombre malvado, pero conmigo no fue así. O será quizás que yo lo quería, pues no me importaba que me llamara Susana ni que después se durmiera abrazándome tan fuerte que casi no me dejaba respirar.
Si ella no hubiese vuelto a Comala, yo habría podido cuidar de él y no habría terminado como está ahora, tal como dicen, hecho un fantasma. Y no tendría que escaparme a la senda hacia la que mira desde su equipal para ver si me reconoce, y notar cómo me atraviesa su mirada. Como si no me viera. Como si yo fuera una piedra, o polvo del camino.
Y Pedrito ha sacado esos mismos ojos que me traspasan, pero él sí me mira.
Inés.
Cartas desde el polvo
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