Desde el polvo

Desde el polvo

Aurelio

08/03/2026

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DESDE EL POLVO

Te envío estas palabras no escritas que salen de mi boca sedienta. Aquí se le reseca a una la lengua. Con pensamientos voy a tu encuentro por el camino del recuerdo. Me gusta recordar. Las palabras me dan vueltas por la cabeza. Me pesan encima y me hacen sufrir un poco.

Platicar contigo agobiada por el dolor de tu traición y tu ausencia. Con voz fatigada te digo que me da pena. Me es imposible decirte cuánto pienso en ti, cuánto te recuerdo. Ándale, fíjate los años que han pasado en todo este tiempo. Luego, de plano, vine para acá. Ya ves, desde entonces estoy aquí. Siempre me rondaste por la cabeza.

Te digo ahora, para dejarte en paz, que mi vida no te interesó. Amarrada me dejaste a tu recuerdo desde que me dejaron caer y me cubrieron de tierra. Mi alma entonces quedó enlutecida en medio de rezos y de súplicas. Nunca me protegieron los santos, ni modo.

Ahorita te vi como la primera vez allá al fondo de la barranca de Comala. Estabas llegando desde el derrumbadero donde están los árboles resecos. Subías por las calles de casas vacías. Retorcidas. Empinadas. Entre el polvo que asfixiaba. Te esperé todo el tiempo. Flotabas en el bochorno a través de una neblina que hacía vibrar todo a la distancia. Muy despacio. Aquel paisaje arenoso de calor parecía aplastarte la voluntad para seguir andando entre los murmullos de los muertos. El tiempo parecía haberse parado, como todo en Comala.

Cuando me lo hiciste la primera vez, me dolió. Apenas no más era una niñita. Pequé y el curita del pueblo me negó la absolución por haber perdido la virginidad tan chiquita. Me gustaba retozar contigo como una potranca, así nomás, sin pensar en nada más.

Si acaso estoy en el infierno, no veo lumbre, solo un lugar tenebroso deseosa de que estés pegadito a mí. Yo lo único que quería era tu cuerpo con el mismo deseo que no se apagó nunca. Soy un saco de huesos sin pellejos enterrada en esta tierra seca, rodeada de silencio. Dizque he rezado y suplicado para que Dios me reciba bien allá en el cielo donde está colgado el sol.

A mí me mató la pura tristeza. Al morir, me fui a llorar a otra parte. ¿Acaso creíste que no lo sabía? No paraste de dañarme hasta conseguir quitarme a nuestro bebito. Me perdí entre los llantos y los quejidos, maldiciendo tu alma podrida, pos qué otra cosa.

Dicen que todos los malos recuerdos acaban por olvidarse. Pero también te digo que hay cosas que quiero olvidarlas y no puedo ni aunque quiera, Pedro.

Desde el polvo. Estas palabras que te digo salen de mi boca llena de tierra, aunque sé que no las vas a oír porque ahorita ya los dos estamos muertos, como antes de nacer, ahí nomás, calladitos bajo la tierra.

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