Nostalgia en Comala

Nostalgia en Comala

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Escribo en este domingo caliente y lleno de recuerdos.

A ti, niña de ojos brillantes e inocente pestañas,

de cabello negro como el pelaje de un caballo pura sangre,

te escribo desde este pórtico viejo,

para recordarte.

Tu perfume natural me hipnotizaba,

mis neuronas caían, como avispas ahumadas por niños traviesos. 

 

Llegué a cargarte en mi espalda,

a besar tu frente,

a sentir tus labios apenas tocando mi rostro.

Nunca supiste de mi corazón,

ni de lo real de mi profundo amor.

Toda mi vida la pasé aquí,

viendo cómo el sol quemaba la tierra,

cómo el polvo se metía en mi puerta,

cómo el silencio se volvía más pesado con el paso del viento.

Te amé en secreto.

Nunca te lo dije del todo,

solo un “te quiero” que no pesaba.

Sabía que tu corazón no me amaría de la misma manera.

Te vi reír, te vi partir,

y me quedé con la palabra enterrada y las manos llenas de un amor no correspondido,

con los sueños volando lejos,

aquí en Comala. 

 

Ahora, desde la sombra,

mi alma me reclama,

me acusa, me castiga,

y me recuerda el vacío del polvo de tus recuerdos.

Mi alma me mira,

no con ojos, sino con ausencia.

me ignora,

como si no existiese.

Me reclama los sueños que enterré,

la promesa que abandoné,

el final que nunca quise enfrentar.

Me dice que si tuviera cuerpo,

uno ajeno al mío,

me mataría,

despedazando cada parte de mi cuerpo,

para que pueda sentir apenas

el uno por ciento

del daño que le he causado.

Me susurra que me cortaría los brazos y las piernas,

que me arrancaría los ojos hasta que lentamente me desangre en pos de ella,

hasta que los insectos se reproduzcan con mi cuerpo,

solo para que mi dolor

le devuelva algo.

Y yo,

sentado atrás de ella en la llanura de la montaña,

la miro desde lejos, la dejo hablar,

porque sé que tiene razón.

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