Cuando Mario Rosales adoptó al cachorro, que como todos esos canes callejeros era una mezcla no planificada entre algo parecido a un pastor alemán con algún perro de menor tamaño, resultado que frustraba cualquier posibilidad de mantener algo del glamour propio de perros de barrios acomodados, lo hizo pensando en conseguir por fin esa compañía que tanto necesitaba un hombre de la calle. Lo había encontrado vagando por el lado que daba a orillas del río Mapocho, vagar una conducta sobre la cual un hombre como él conocía bien. Estaba casi con las costillas a la vista, con la mirada resignada, y, lo más importante a diferencia de los seres humanos con los cuales Mario se cruzaba cotidianamente, no se cambió de acera al verlo venir. A su manera, ese ser si era la mejor posibilidad de llegar a tener algo parecido a un amigo, que otra cosa podía significar eso del mejor amigo del hombre, sentido común que finalmente primo. Alimentarlo no sería problema, ya que los locales de comida rápida que poblaban el barrio eran una fuente interminable de recursos ya fuera en la condición de solidaridad espontanea de sus dueños o impersonales sobras recolectadas al finalizar la jornada.
De allí en adelante compartirían el espacio en la acera de la avenida Perú en un ruko pegado al terraplén de adoquines que limitaba el cerro San Cristóbal. Lo único que resulto un tanto molesto fue que desde un comienzo para dormir el cachorro necesitaba el abrazo de su nuevo dueño del cual solo se desprendía exclusivamente para orinar en algún muro cercano. Esta nueva presencia, sin embargo, no modifico mayormente la rutina diaria de la hasta entonces singular comunidad, solo se dobló el número de participantes. Horas caminando en busca de algo que fuera útil para sobrevivir, periodo de tiempo durante el cual él hablaba poco y Jack, nombre inglés con el cual lo había bautizado, aún menos. La ruta era entre el cerro y el río, desde la entrada del zoológico hasta la facultad de la Universidad por la calle con el nombre de un pontífice absolutamente irreconocible para la mayoría de los peatones que la recorrían diariamente, Pio Nono. Esperando que con un poco de suerte llegara a sus manos una hamburguesa entregada a la rápida por mozos preocupados por mantener a la clientela cómoda. De noche, sin embargo, era otra cosa. Se turnaban para vigilar, así uno montaba la guardia del sueño del otro. Los dos dormían con sus pies desnudos el cachorro porque así la naturaleza lo había ordenado y Mario porque si los dejaba a la vista podía despertar sin zapatos, especialmente cuando el sueño profundo atacaba motivado por un agua ardiente barato pero poderoso que cada atardecer corría a raudales al interior de la improvisada habitación.
Todo estaba claro entre ellos, hombre y animal: si había pan se dividía; compartían las rasgadas frazadas y si llovía el que estaba más seco se acercaba. Un ejercicio práctico del lema de cada cual, según sus capacidades, a cada cual, según sus necesidades, que Marx hubiera aplaudido. Para ellos era tan solo un contrato no escrito de acompañamiento era su pequeño orden que obviamente a ojos de muchos interrumpía el orden de la civilización urbana.
Pero un día llegó Mirta.
A ella la conoció junto al Café Literario, ese que queda en la platabanda del Paseo Bustamante. Se paseaba con un bolso rasgado, un ojo amoratado y una historia sobre su vida llena de malos días y no mejores noches. Se instaló en el trozo de vereda de Mario sin ninguna conversación ni contrato previo, él obviamente no puso problemas. Para un hombre de la calle hacerse de compañía femenina no era algo fácil y él no iba a dejar pasar esa oportunidad que le regalaba la suerte, porque decir que lo hacía la vida era en realidad más un exceso propio de algún gurú motivacional que de una evaluación seria de su condición económica o su inexistente atractivo físico. Por ello mismo quizás, ella se instaló con absoluta naturalidad y sin solicitar ningún permiso, como si fuera un día más y ya estuviera acostumbrada a cambiar vereda o acompañante, o ambos casos, como de inmediato lo sospecho Mario. Sintiendo por primera vez en mucho tiempo algo parecido a celos. Al segundo día ella ya hablaba de un nosotros, en el cual no incluía a Jack, al que se refería como ese bicho.
Tienes que ponerle límites a ese animal le dijo a los pocos días. Se nos sube al colchón como si fuera suyo y cada vez que nos descuidamos se come algo.
El colchón, conviene aclarar, era un pedazo de espuma que habían rescatado de algún sitio baldío, con manchas que nadie se atrevería a interpretar y que para ser justos Jack lo había ocupado primero. Lo llamaban en broma la cama matrimonial. Después ya no reían tanto, especialmente cuando comenzaron los reclamos de algunos vecinos que suponían o imaginaban la ocurrencia de todo tipo de actos alejados de la moral y las buenas costumbres en ese improvisado hogar, como los inspectores del municipio que los visitaban a diario se lo hicieron saber bajo amenaza de expulsión. A ellos no les importaba, ya que, si la situación se ponía grave, bastaba con mover la improvisada habitación unos metros a la acera del frente y la comuna de Recoleta los recibiría sin problemas. Mario había entendido desde mucho tiempo que conocer algo de la legislación era una garantía de sobrevivencia, y esta decía que los inspectores de Providencia no tenían jurisdicción sobre las veredas de Recoleta. Además, cada vez que explicaba con seguridad esto Mirta lo miraba con un poco más de amor.
Ella de noche organizaba algo parecido a cenas románticas con lo recolectado en el local de comida rápida más cercano y una vela retirada de una animita que se ubicaba a unos metros casi llegando al Club Palestino. Se esforzaba por mostrar cierta estética de hogar: doblaba una bolsa plástica como si fuera un mantel y hablaba de intimidad, aunque cenaban a metros de una de las entradas al Parque Metropolitano, territorio poblado de turistas y familias los días que el sol brillaba. En una de esas cenas comenzó a llamarlo mi amor frase que motivaba una mirada llena de sorpresa de los peatones que circulaban por esas calles.
Sin embargo, el amor se terminaba cuando Jack se acercaba, y ella lo demostraba frunciendo el ceño y algunas veces con un disimulado golpe. No me gusta que nos mire mientras comemos, decía, me corta el apetito. Ella también tenía derecho a los celos y la causa de ellos el tiempo que Mario le dedicaba al cachorro que cada día se convertía en un animal más grande. A veces murmuraba que el animal tenía una energía rara, demoníaca y que no soportaba cómo la observaba. El perro, por su parte, se mantenía impasible, con la serenidad de quien no entiende que es ser demoníaco, y solo en ocasiones suspiraba como quien se resigna al desprecio. Sin embargo, instintivamente comenzó de vez en vez a alejarse unos metros, esas noches dormía solo sobre el pavimento, con el aire digno de quien no está dispuesto a mendigar afecto.
Razón tenía Mirta, ya que Mario habían construido un lazo más que evidente con el animal basado en la filosofía de compartir lo esencial de esa vida callejera: recolectar alimentos y los largos ratos de silencios tirados ambos sobre el piso duro. Pero con ella era distinto y molesto. Hablaba del espacio personal de cada uno que debía cuidarse, aunque el hogar fuera un toldo de feria que apenas resistía el peso del smog. Aunque ella se desgastara tratando de mostrar que era un hogar común, realizando acciones de limpieza y orden como si vivieran en uno de esos departamentos minúsculos que poblaban el centro de la ciudad. Cuando discutían, porque no todo era color de rosa, no lo es entre ninguna pareja que se precie de ello, ella lloraba con una mezcla de rabia, pudor y algo de sobreactuación. A veces él no sabía si abrazarla o simplemente dejarla sola.
Ella le pedía más ternura. Él le acariciaba el pelo. Pero al perro también y eso la enfurecía, como podía querer que un animal fuera parte de esto que ella veía como su relación. Él la miraba y solo repetía una sentencia, porque es más leal que muchos que he conocido en las calles. Así nunca podría saber cuál era verdadero cariño.
Un día, ella amenazó con irse si el perro no dormía en su sitio, lo que significaba trazar una frontera imaginaria sobre un cartón viejo entre dos pilares. En otra ocasión, le reprochó que durante una pelea con otro indigente él se había preocupado antes por el perro que por ella. Él no estaba seguro de haberse comportado así, pero tampoco le resultaba una acusación gratuita, si podían vivir juntos pero la calle es la calle y allí cada cual se defiende solo.
Pero una mañana, al despertar, ya no estaban. Ni el perro ni ella. Sobre un envoltorio grasoso de hamburguesa fría, había una nota escrita con apuro y a la cual Mario no le dio mayor importancia: No puedo seguir compitiendo con él.
Para Mario la calle era ya muy dura y perderla a ella no empeoraba realmente mucho las cosas, pero Jack era distinto, a los amigos no se les puede perder. No por ello dejo de dormir lo mejor que se podía, incluso un poco mejor ya nadie le discute por un pedazo de colchón, nadie le reclama el pan. Aunque Jack no volvió, a veces creía oírlo ladrar en sueños, como si desde algún rincón del recuerdo le susurrara: te lo advertí estábamos mejor solos.
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