Expulsado hacia la claridad, Arquímedes experimentó una súbita presión sobre su pecho. Los rayos de sol atravesaron la tenue cortina de agua que lo separaba de la realidad y lo distanciaba del sonido de las gaviotas.
Algo resultó sospechoso. Lentamente el océano lo sustraía de su naturaleza y lo arrojaba despojado e incomprendido a la fosa. Primero encontró cetáceos, impresionantes e imponentes, dándole la impresión de ser él cada vez más insignificante. Posteriormente se sorprendió por los colores brillantes y las algas infinitas que, de vez en cuando, lo sostuvieron deteniendo la fuerza sobre su cuerpo.
Oscuridad, turbulencia, frío. Sintió una punzada entre las costillas y pensó en todo su recorrido previo a sumergirse. Tocar fondo permite impulsarse dirían en su pueblo, pero aquella profundidad quizá no tuviera finitud. Hundirse al infinito le permitió observar desde la humildad del descenso continuo. No es posible bañarse dos veces en el mismo río porque éste es eterno y nada fuera del agua es comprensible para los humanos, como Arquímedes.
Comprendió la necesidad de buscar la superficie y movió los brazos desesperadamente para salir de la penumbra. Nadó hábilmente contra toda acción sobre su cuerpo. Tocó el aire y tuvo miedo. El Sol era hostil sobre sus dedos e incomprensible ante sus ojos.
Se sostuvo en el límite, aquella división imaginaria entre el abismo y la luz, olvidando sus extremos, con la permanencia del cambio.
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