La madrugada se asentó sobre el barrio Yungay en el momento en que Javier Rojas salió de su casa, cerca de las cuatro de la mañana, diciendo que iba a comprar algo que lo elevara, una operación bastante cotidiana en su caso, pero que esa vez no era más que una coartada. Lo que lo empujaba a la calle era otra cosa: la certeza de que había sido reemplazado y, peor aún, despojado de algo que consideraba suyo. No se había enterado esa noche, sino días antes, cuando Camila empezó a ausentarse sin explicaciones.

Javier era peruano. En la plaza Yungay y sus alrededores eso nunca fue irrelevante, por lo que, habiendo llegado como tantos otros, sin nombre ni capital alguno, y por lo tanto su destino sería el mismo de miles, desde un comienzo decidió que él sería diferente. Así a punta de fuerza y violencia, llegó a convertirse en jefe de una de las tantas bandas que, según la prensa, se disputaban esas calles. En ese empeño ganó dinero, controló esquinas e impuso miedo. Lo que nunca consideró fue que había otros que no estaban dispuestos a renunciar a su propia esquina. Sin embargo, fue su relación con la Cami la que terminaría cambiándolo todo.

La Camila no era fea ni especialmente callada. Y para Javier nunca fue algo parecido a un gran amor, nada que se pareciera a una ilusión. Fue la copa de la victoria. La prueba de su ascenso, ahora la chica del cuerpo admirado por todos y todas se paseaba los sábados por la noche al lado del extranjero, que ahora mandaba. Tenerla era demostrar que podía conquistar un lugar que, según muchos, no le correspondía. Nunca le preguntó qué quería. Nunca le interesó proponerle un futuro; para eso tenía a su esposa. Para él, ella era la mejor prueba de su poder.

Para El Toro en cambio, la Cam fue una oportunidad. Quitársela a Javier era algo más que quedarse con una mujer; era recordarle cuál era su lugar real en las calles del barrio. Así ella se convirtió en parte del territorio ocupado o controlado por el crimen, como vociferarían los programas matinales de la televisión.

Y Camila entendía el juego. No la deseaban por quien era, sino como parte de una competencia. Aceptó ese papel porque en ese mundo era una forma eficaz de mantenerse a salvo y ganar dinero, al menos mientras siguiera siendo útil como trofeo. Ya había aprendido que la exclusividad no era productiva. Bastaba con moverse un poco, no había que cambiar de calles, para que todo se pusiera a su favor. Por lo demás, esa competencia en el barrio no era muy distinta de lo que ocurría con los hombres que entraban al prostíbulo disfrazado de café de la calle Bandera, donde trabajaba de noche. Allí bastaba cambiarse de esquina de la barra para obtener al más poderoso y abandonar al que lo quería todo sin dar nada.

Por eso Javier no soportó la pérdida. No porque la amara, lo cual era evidente que no, sino porque no pudo tolerar la humillación de ser desplazado. Cada vez que la veía junto al otro, su poder se diluía un poco más y la calle también lo sabía. Ya no era el jefe audaz ni el peruano respetado por la fuerza. Era el reemplazable. No eran celos: era rabia.

Esa noche no salió a comprar nada; salió para demostrar que a él nadie lo reemplazaba.

En el cruce de Santo Domingo con García Reyes fue interceptado, y en ese momento supo que se le habían adelantado. El ataque fue metódico. El arma blanca buscó en la pierna una zona que no mata de inmediato, pero que vacía el cuerpo con lentitud. La intención no era una muerte rápida, sino una caída prolongada, humillante y ejemplar.

Cayó sobre el pavimento mientras la sangre se extendía en silencio. El dolor y la confusión fueron la confirmación de que todo había terminado: el territorio, el respeto y la certeza sí, la certeza de que ella había decidido que ya no le hacía falta.

Fue trasladado al Hospital San Juan de Dios, donde murió horas después. La herida no parecía letal, pero había sido calculada con precisión, recalcó una y otra vez el reportero mirando a la cámara, mientras intentaba interceptar a algún peatón que, a esa hora, se dirigía raudo hacia el paradero de buses de la esquina.

Al amanecer, la Brigada de Homicidios acordonó el lugar. Peritajes, cámaras y vecinos que, por supuesto, no vieron nada. El patrón era claro para periodistas y policías: no se trataba de un crimen casual, sino de una disputa por el barrio y por el mercado de la pasta base, y quizás cuántas otras drogas. Un mensaje interno, destinado a ser entendido tanto por los que mandan como por los soldados de la banda rival. Así se comportaba el crimen organizado, dirían los expertos en el programa matinal del día.

Camila, esa misma mañana, fue vista saliendo del departamento de El Toro. No había duelo ni sorpresa en su expresión. Sabía que la muerte de Javier no había sido un accidente ni una tragedia romántica. Tampoco una orden. Había sido, más bien, la consecuencia de un movimiento previo, mínimo, casi invisible, que otros se habían encargado de ejecutar.

Caminó mirando a los transeúntes rumbo al centro de la capital. Antes del atardecer debía llegar al café. Allí estarían quienes la tendrían solo por minutos. Eso, ella lo sabía hacer bien.

Etiquetas: crimen pasión policial

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