La culpa del profeta

La culpa del profeta

Marcos Ockam

29/11/2025

Capítulo I

Culpa

Era noche de desvelo para Ernesto, un escritor ordinario que frente a una hoja que parecía condenada al vacío buscaba la forma de expresarse.

Se sucedían los fracasos hasta que, inesperadamente, una cadena de sueños de noches anteriores se manifestó y fue concebida por el escritor como la urdimbre con la cual tejería la trama: la visita de un demonio, su muerte y el llanto de su madre al verlo partir convertido en aquello que lo visitó. Con eso pretendía jugar. Mis sueños serán el pretexto para plasmar lo que pienso, se dijo a sí mismo.

En ese manoseo de los sueños, no pudo sino pervertirlos. Arcillosos como son, con cada intento de manipularlos, sus elementos cambiaban de forma: del demonio, su cuerpo y voz, y lo que sintió al verlo; y de su madre, las palabras que le pronunció.

Todo era inestable; pero, a pesar de la confusión del escritor, algo permanecía inmutable y poco a poco se apoderaba de sus pensamientos: lo soñado le suscitaba un sentimiento de culpa.

Buscando un respiro de ese enredo que son los recuerdos, asomó su rostro por la única ventana del cuarto y vio una tormenta acercarse. Como si la culpa fuera deidad, parecía conspirar en su contra fundiendo el recuerdo del llanto materno con la lluvia de la tormenta, mientras el ruido del viento imitaba la voz gutural del maligno.

Tratando de encontrar respuestas, volcó la mirada sobre la hoja, pero seguía vacía; sus ganas de decir aquello que pensaba se desbarataban ante lo que sentía.

La tormenta arreciaba, y con ella los recuerdos del escritor. Intentó calmarse y analizar la situación. Pensó que la culpa radicaba en aquel ritual que había iniciado tiempo atrás, al postrarse ante su escritorio con el propósito de contar algo. Consideró que al manipular sus recuerdos había profanado algo sagrado, derivando en el castigo de algún Dios rencoroso.

Sobre el escritorio, la débil lumbre que delataba la escena del crimen se apagó al compás de un rayo. Se hizo de nuevo la luz y, como por inercia, el escritor miró sus manos, que seguían reposando sobre el mueble, pero ahora manchadas de una oscura sangre.

Horrorizado, huyó de la sala. Una vez fuera, el rumor de un tercero rompió la paridad de sus pasos. Sin atreverse a mirar atrás, empezó a correr; pero fue en vano, pues ya no solo eran pasos: hasta el rumor tribunal de las nubes parecía juzgarlo.

Colmado de aflicción, el escritor cayó de rodillas sobre el cemento y, como un niño, se cubrió como pudo, tratando de privar a sus sentidos de todo estímulo de realidad, mientras se lamentaba, buscando la compasión de algo más grande que él.

Desprovista de empatía, la realidad siguió mutando.

Delante de él, comenzó a desgarrarse el suelo, y de la brecha emergió una imponente escalera en espiral, de cuyos márgenes aparentes desbordaban los restos de la urbe, y cuyo final estaba oculto por las nubes. Los ruidos, cómplices de la tortura, se intensificaron superando su débil defensa y obligándolo a subir.

Escalón tras escalón, fue perdiendo la noción del tiempo. Sus pasos se convirtieron en la única medida para esa magnitud que parecía obedecer al cuerpo, mientras su tránsito se demoraba por la creciente debilidad del escritor.

Cayó nuevamente. Reminiscencias de lecturas pasadas lo invadieron; entre ellas, los evangelios. Recordó la imagen de Cristo, sus caídas y el trágico final: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?”.

Antes de que la cruz cargara con él, se preguntó entre lamentos sobre el porqué de su agonía. Una voz omnipresente, que creyó haber escuchado alguna vez, le devolvió por respuesta el eco de su pregunta.

Los elementos de su pesadilla se disiparon. La voz demoníaca, los pasos, el tribunal de las nubes… Todo tormento cesó.

Reanudando su camino, atravesó un haz de luz que lo obligó a dar un paso ciego, para encontrarse con la urbe que había dejado atrás antes de emerger el espiral de la tortura.

Regresó a su hogar y lo encontró tal como creía haberlo dejado. Solo una cosa había cambiado: el contenido de la hoja; el vacío se volvió sentencia. Una letra punzante, nerviosa, como escrita a oscuras, decía:

“El castigo es mi culpa, pues la culpa es consciente por la evasión. Cual harto depredador, el acecho es su fin, pues disfruta de ver al cobarde correr”.

Extenuado, el escritor se dirigió a su lecho, donde la vigilia se fundió con el sueño, conducida por una débil contemplación que no llegó a su fin. Recordó la escena trazada por las palabras anónimas del papel y, en su imaginación, la figura del predador y de la presa era la misma. ¿Por qué habría de escapar, si no?, pensó por última vez en el día.

Capítulo II

El depredador

Eran largas horas de la mañana y Ernesto seguía guarecido bajo las frazadas de su lecho, tratando de evitar todo atisbo de realidad, temiendo que mutara renovando su tormento.

Su actitud pueril le recordó los momentos previos a la emergencia del espiral. Sacudió violentamente la cabeza para borrar la humillante imagen, pero, lejos de conseguirlo, recordó el también inútil ritual de escritura que, según sospechaba, había iniciado su tribulación.

La escena del ritual hizo eco de las palabras escritas en la hoja, cuyo final parecía burlarse del escritor: cual harto depredador, el acecho es su fin, pues disfruta de ver al cobarde correr.

Al sentirse desafiado, recogió el guante. Salió de debajo de las sábanas, se levantó y, una vez en la sala, el resplandor que la invadía lo llevó a fijarse en aquella ventana desde la que había visto venir la tormenta. Pensó en su madre, en la voz del demonio y el tribunal de los cielos, aunque la claridad del día soleado atenuó su gravedad. La abrió para respirar un poco de aire puro, pero el frío viento lo hizo temblar, evocando la imagen del suelo desgarrándose.

Viendo que sería imposible evadir lo sucedido por la noche, Ernesto salió a investigar en busca de pruebas: brechas en el suelo, restos del espiral, huellas de su perseguidor. Pero, una vez fuera, se sintió inseguro, como si estuviera siendo acechado por el predador, ese del que hablaba la hoja.

Empezó a ver un sospechoso en cada rostro, pero su mirada hostil espantó a la mayoría. Solo uno, un linyera conocido en la zona como «el Rengo», le devolvió un insulto por su mala cara y se acercó con intenciones de golpearlo.

Al verlo venir, medio cojo —no por nada el alias—, con la pata de madera percutiendo contra el suelo, Ernesto recordó el tercer paso que resonaba detrás suyo en la noche de su tormento; ese golpe seco contra el suelo, similar al mazazo de un juez sobre el estrado. El número impar ahora tenía sentido.

Creyendo haber dado con el culpable, con el depredador que lo había perseguido en la madrugada, huyó. Sin embargo, en el frenesí de la fuga, el escritor recordó las palabras de la hoja. Si disfrutaba de ver al cobarde correr, lo mejor sería plantarle cara.

A lo lejos, el Rengo se acercaba lentamente. Creyendo en la hoja y en sí mismo, Ernesto abrió los brazos en un gesto de grandeza y cerró los ojos, confiando en que el depredador dejaría de verlo como un cobarde y pondría fin a la persecución.

De repente, se oyó un repiqueteo de madera sobre la vereda, seguido de un estruendo. Por curiosidad, Ernesto entreabrió los ojos y se encontró con el depredador desparramado por el suelo, luego de un largo trastabillar.

Convencido de que el plan estaba funcionando, permaneció en su posición. Al cabo de unos minutos, el Rengo, perseverante, alcanzó al indefenso escritor y le dio un coscorrón que a día de hoy debe seguir doliéndole.

Ernesto cayó aturdido por el golpe y con el Rengo encima, que, agarrándolo por el cuello de la camisa, lo sacudía e insultaba con vehemencia.

Creyendo que se trataba del final de su vida —exagerando como siempre—, atravesó un túnel de recuerdos que, motivados por el goteo salival del linyera sobre su rostro, lo trasladó al final de aquel día tormentoso. Se vio postrado sobre su cama, luego de culminar el espiral, pensando en la similitud del cazador y de la presa enunciados en la hoja maldita. ¿Por qué habría de escapar si no?, repitió.

De nuevo en el presente, el escritor, mirando fijamente al linyera, masculló:

Vos y yo somos lo mismo.

Así, el Rengo fue testigo de la locura de Ernesto; o mejor dicho, lo fue por segunda vez, pues durante la madrugada de los terroríficos acontecimientos sufridos por el mentado, el Rengo —mientras hurgaba en un basural de la zona— lo vio pasar a las disparadas por allí, como si alguien lo persiguiera. Lo curioso fue que nadie parecía seguirlo; de hecho, nadie más apareció tras el fugaz avistamiento del escritor.

Curtido en la ley de la calle, el Rengo aprovechó la oportunidad. Levantó al escritor de las prendas descosidas por él, le sacudió el polvo y le dio un abrazo. Luego, siguiéndole la corriente, lo miró con un dejo de ternura y le dijo:

—Hijos de Dios.

El Rengo, con su tan puntillosa y arriesgada afirmación, tocó la fibra sensible de Ernesto, haciéndole escuchar lo que en ese momento necesitaba escuchar y consolidando, de esa manera, una nueva relación —a la manera en que toda relación tóxica comienza—.

Mientras emprendía su regreso a casa —casi que tomado del brazo de su nuevo hermano, aquel que hace unos instantes lo zarandeaba e insultaba—, Ernesto dijo:

Creo que no hace falta aclararlo, pero mi casa es tu casa.

—Gracias, hermano —respondió el Rengo con una sonrisa pícara en el rostro, pues su jugada había salido mejor de lo esperado.

Capítulo III

La revelación

En el camino, Ernesto pensaba en voz alta sin darse cuenta. Aquellas palabras anónimas del papel, a las que llegó a acusar de malditas, ahora las creía divinas, puesto que le habían advertido del futuro y aconsejado.

Favorecido por las circunstancias, recordó la voz omnisciente imitando sus palabras, allí en el espiral. ¿Por qué? se preguntó. Dios habla a través de mí, sospechó.

El eco de aquella voz lo llevó de regreso al haz de luz que tuvo que atravesar luego de la revelación y, por asociación, también pensó en el rayo que apagó las luces de su habitación. La mano de Dios, asumió. Inmediatamente miró las suyas, pues las recordaba cubiertas de una oscura sangre; y así seguían. Aunque palidecido, el azul que manchaba sus manos le bastó para corroborar su linaje divino.

Todo iba cobrando sentido: el infierno de la noche anterior era una prueba de Dios; el demonio de sus sueños, el enemigo a combatir; su conversión en él, una advertencia; y los lamentos de su madre… no importaban. Así como había evadido la primera oración de la hoja, también escapó del juicio materno.

Con pruebas suficientes —según él—, se creyó y autoproclamó profeta. Iluminado por la supuesta revelación, Ernesto se postró en el suelo y, mirando hacia las nubes, se dirigió a Dios. Declaró estar dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de torcerle el brazo al maligno, para que el reino de los cielos en la tierra fuera una realidad. Esa sería su misión de ahora en adelante, y por ella daría la vida de ser necesario.

El Rengo, asombrado por los delirios del profeta, le dio una palmadita en la espalda y lo ayudó a levantarse con tal de acelerar el trámite, para así poder descansar en su nuevo hogar.

Una vez que llegaron:

—He aquí mi humilde morada —dijo Ernesto mientras abría la puerta.

—Ya veo, sí… — respondió el Rengo, decepcionado al ver el lugar humilde por demás. Sin embargo, al ver la mullida cama del escritor, que poco uso le daba, se relamió de placer con tan solo imaginarse regodeándose en ella.

Con su ilusión renovada, se acercó a la zona del escritorio, donde, entre papeles abollados, se encontraba la hoja escrita en el supuesto idioma de los dioses. Se inclinó sobre ella, leyó las palabras y comprendió, por la confesión de la primera sentencia, que el profeta era culpable de algo y que por eso escapaba aquella noche.

Como esa oración —“el castigo es mi culpa…”— ponía en duda la ilusión de Ernesto, de la cual dependía su hospedaje, el Rengo optó por recortarla de la hoja, aprovechando la distracción del profeta, que de seguro craneaba los planes de su misión.

Al regresar y ver al Rengo chusmeando su escritorio, Ernesto se acercó. Miró la hoja —la misma que había evadido durante la mañana y que ahora estaba cercenada— y advirtió del mensaje divino a su seguidor, quien, fingiendo sorpresa, se persignó después de leerlo.

Luego, le comentó de su siguiente paso:

—Es hora de mi bautismo. Nos dirigiremos a las afueras de la ciudad, por donde pasa el arroyo Pataruco, donde tendrá lugar la ceremonia.

Como había leído los Evangelios recientemente, Ernesto imaginaba un bautismo a lo Jesucristo; y viendo en las pintas descuidadas del Rengo una similitud con la imagen de Juan el Bautista, le pidió que fuera el encargado de la ceremonia, a lo cual accedió.

Antes de emprender viaje, el Rengo, recordando las vestimentas de las autoridades y santos del templo en cuyas afueras solía mendigar, le recomendó al profeta vestirse como tal.

Buscaron una túnica, pero como no la encontraron, acudieron a su confección. El Rengo observó atentamente su alrededor para abastecerse de materia prima y se topó con un mantel blanco en la mesa de la cocina. Procedió a hacerle tres agujeros y se la puso al profeta —la túnica—. Lo único que no le convencía al enviado de Dios eran los bordes con patrones de manzanas verdes y rojas. Para convencerlo, el Rengo dijo que representaban el pecado, sus múltiples caras, y que al estar al borde de la parte inferior, rozando contra los deformes pies del profeta, emulaban lo que sería su misión de exterminar los males.

Brillaban de alegría los ojos de Ernesto al escuchar tan conmovedoras palabras.

Por último, terminó de disfrazarse cuando se colgó la cruz en el cuello para olvidar la de su espalda.

Con todo listo, partieron de camino a la ceremonia.

Capítulo IV

El bautismo

Al salir, Ernesto se topó con uno de sus vecinos: un viejito con el que solía intercambiar unas breves palabras cada que salía de su casa —casi nunca—. Este, por la madrugada, al volver de juerga del centro de jubilados, a puro bingo y pañales, había sido testigo de las tribulaciones del profeta.

Ernesto, al ver su arrugado rostro, recordó a la persona más longeva de las Sagradas Escrituras.

—¡Matusalén! —lo saludó.

—¡¿Eh?! ¡¿Matusa qué?! ¿Estás bien, pibe? —le preguntó el viejo, mirándolo con sorpresa por las pintas que llevaba, pero sin juzgarlo, pues sospechó que se trataba de alguna nueva moda de los jóvenes de hoy.

—Mejor que nunca, Matusa —respondió Ernesto—, y así será siempre que Dios me guíe.

—Hmm…pibe, vos no le habrás abierto la puerta a los Testigos de Jehová, ¿no?

—¿A quién? —preguntó Ernesto, desconcertado.

— A los Testigos de Jehová. Justo ayer por la mañana pasaron. Si les das pelota, te chamuyan sobre Dios para que te conviertas a su religión.

— ¡Falsos profetas! —exclamó Ernesto.

— Buee… Tampoco es para gritar así; pero sí, parece que te toman de boludo. ¡Y si les das pelota! Pff… Te queman la cabeza. Por eso la mayoría se escapa cuando los ven —le comentó el viejo—. Che, y hablando de escapar… ¿Qué te pasó anoche? Digo, porque, cuando volvía de la joda, te vi pasar a las disparadas por el medio de la calle, pibe; como si te estuvieras escapando de alguien. ¡Un peligro! Por curiosidad intenté seguirte, y cuando doblé estabas tirado en el piso, enroscado como una serpiente. Después, empezaste a dar zancos y, entre gritos lastimeros, te preguntabas por qué sufrías. Al final, diste un último salto, como en cámara lenta, mientras hacías sonidos raros con la boca, como imitando lo que veías. ¡Parecías un nene, pibe!

Ernesto, rasgándose las vestiduras, dijo:

—¡Hereje! Seguro que así hubieran descrito la lucha de Jacob con Dios. El Señor me probó, al igual que al mentado Israel, para saber si estaba listo. Dejé de correr y superé el espiral cuando elevé el semblante y asumí el desafío. ¡Y esa pregunta no fue un lamento, sino una muestra de mi predisposición hacia las órdenes del señor!

—¡Dejá de gritar, pibe! ¡Pareces tarado! Aparte, ¿de qué señor hablás si estabas solo?

—¡Bienaventurados los que creen sin haber visto! —sermoneó el profeta, con un dejo de soberbia.

—Pero la puta madre… —resopló el viejo, palmeándose los muslos. Cansado de las locuras del vecino, se dispuso a irse—. Bueno, pibe, te dejo. ¡Que te mejores! Te hace falta —le dijo.

Ernesto, recordando la paciencia de Jesús para con los incrédulos, tomó al viejito por el hombro y le pidió disculpas.

—Yo estoy mejor que nunca, Matusa —le respondió—. Luego de las tribulaciones que presenciaste, todo cobró sentido. La escritura, los sueños, todo tiene un significado ahora… ¡Yo estoy aquí para salvarlos!

—¡Dejá de decirme Matusa, pibe! ¡Estás delirando! —gritó el viejo, mientras trataba de soltarse.

—Entiendo tu incomprensión, Matusa, pero si tienes oídos para oír, debes escuchar y entender —proclamó Ernesto, citando a Cristo—. Ahora, debes seguirme, pues debo irme. El bautismo se acerca.

Al otro lado del viejo, se sumó el Rengo, que lo tomó del brazo. Desconcertado e invadido por el miedo, no tuvo más opción que seguirlos.

Iban, entonces, los tres, a paso de hombre, dirigiéndose hacia las afueras de la ciudad para llevar a cabo la ceremonia del bautismo. Ya se veía asomar el arroyo, como si estuviera esperando al profeta. Antes de llegar, Ernesto se adelantó un poco, pues vio a unos pescadores.

—Pedro y Andrés, ¿verdad? —dijo Ernesto, confiado, esperando la sorpresa de los pescadores, mientras apoyaba las manos sobre sus espaldas—. No se asusten, arrojen las redes y vengan conmigo; yo los haré pescadores de hombres.

Lejos de seguirlo, los pescadores, enojados porque por la distracción habían perdido una de las cañas, agarraron al profeta, lo zarandearon un poco y, finalmente, lo arrojaron por la ladera. Cayó de cabeza al agua y vaya golpe se dio, pues el caudal era bajo; apenas le llegaría a las rodillas. Sin embargo, en su imaginación luchaba desesperado contra la corriente.

Cuando el Rengo y el viejo lograron acercarse a la ladera, vieron algo increíble. Entre gritos y chapoteos —y la risa de los pescadores—, Ernesto luchaba por su vida.

El profeta sentía que se desvanecía cuando, de repente, vio una gaviota sobrevolar el arroyo y la confundió con una paloma. Es un mensaje, un llamado a la paz. Si creo, nada podrá pasarme, pensó.

Con ese impulso y su fe renovada, se paró y comenzó a girar en círculos. Solemne, creyendo que caminaba sobre el agua, miró al viejito, que todavía dudaba de él, y lo invitó a seguir sus pasos, buscando que creyera para así consolidar su relación.

Matusa, conmovido por la escena, pues era creyente —un afamado católico no practicante—, se animó a dar el paso y terminó desapareciendo entre las aguas. El desgraciado fue a pisar justo en el único lugar donde había un pozo lleno de fango. Por suerte, la fuerza de flotación lo hizo despegar del fondo hasta que su figura asomó sobre la superficie. ¡Marrón estaba el pobre! Tanto que parecía un truño.

Ernesto, al ver el fracaso que supuso la prueba, le dijo:

—Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

—¡La concha de tu madre! —le respondió el viejo mientras escupía el fango como si fuera la boquilla de una fuente.

—¡Maldito blasfemo! —dijo el indignado profeta— ¡Cómo te atreves a hablar así de una Virgen!

—¡Virgen la que te cuelga! —soltó el vejete que, arrodillado sobre el fondo del arroyo, sacudía manotazos por debajo del agua tratando de encontrar sus lentes—. ¡Ayudame a buscar, ¿querés?! —exigió.

Ernesto, conteniendo su furia ante los agravios, le dijo:

—¡¿Acaso no lo ves?! buscaste creer y ahora deberás hacerlo por necesidad. Encontraste lo que buscabas cuando decidiste dar el salto de fe. ¡Benditos sean los designios del señor!

Se maldecía el viejo, pues, aunque Ernesto hablaba en serio, en ese momento le pareció una broma de mal gusto.

El Rengo, mientras tanto, se había alejado un poco de la escena, para carcajearse a gusto mientras los otros dos discutían. Una vez saciado, retomó su papel y se acercó a la escena.

El viejo seguía maldiciendo, mientras Ernesto, entre oraciones, lo salpicaba con el agua del arroyo, creyéndola bendita.

—¡Rengo! Guarda distancia —le advirtió el profeta al verlo—. Matusa está enceguecido por el odio. Su lengua bífida no hace más que blasfemar. Parece el mismísimo ángel caído. De seguro, estas aguas estaban habitadas por un demonio posesivo; si no, no me explico lo de los pescadores y, ahora, esto.

El viejo, repetía con furia: —¡¿enceguecido?!, ¡¿ángel caído?! —. Todo le parecía una burla vil. Rabioso, se levantó y se lanzó contra Ernesto, pero como casi no veía, el que cayó en la volteada fue el Rengo, que, desprevenido, fue a parar al agua.

—Ves lo que haces cuando te dejas llevar por el mal —predicaba el profeta, mientras seguía salpicando al endemoniado—. Terminas hiriendo al inocente.

Esas palabras calaron hondo en la conciencia del viejo que, arrepentido por golpear a un discapacitado, pidió perdón y ayudó al Rengo a levantarse.

—Tropezaste, pero como dijo el Señor a Lázaro: ¡levántate y anda! Todos nos merecemos otra oportunidad. ¡Si hasta los primogénitos de Dios se dejaron engatusar por el maligno! —sentenció Ernesto—. Ahora ya sabes de su peligro. Cuando sientas la tentación del pecado, no dudes en acudir a mi —continuó, con el pecho inflado de orgullo, pues había completado exitosamente su primer exorcismo.

El viejo, conmovido, más afligido que iluminado, asintió y se puso a disposición de Ernesto. Lo mismo hizo el Rengo como pudo, aquejado por el dolor del golpe.

Mientras tanto, los pescadores seguían en lo alto de la ladera. Susceptibles por ignorancia, pasaron de la risa a la conmoción al ver como el profeta apaciguó al viejo endemoniado. Juntaron sus cosas a toda prisa y se dispusieron a irse, casi que escapando, ya que tenían miedo de que tomara represalias por haberse burlado de él.

—¡Quieran o no, hablarán de mis prodigios! —les gritó Ernesto desde el arroyo.

—Tienes razón, mi señor —dijo el Rengo para contentarlo—. Ahora, prosigamos con el ritual. Podemos hacerlo aquí mismo.

Ernesto asintió.

—Arrodíllate —le ordenó el Bautista—. Ahora, cierra los ojos y piensa en tus pecados.

A modo de venganza, porque por su culpa el viejo lo había volteado, cargó un sopapo y se lo dio en la nuca.

—¡Esa es la mano de Dios restaurando el equilibrio! —exclamó, complaciéndose, mientras el profeta caía seco sobre el agua. Lo dejó burbujeando un rato y, luego, lo arrastró hacia la orilla.

Mientras tanto, el viejo se había quedado “mirando” hacia otro lado, por lo que se perdió el bautismo del profeta.

—¡Matusa! Es tu turno —lo llamó el Bautista.

¡Si tan solo hubiera visto lo que pasó con Ernesto! Manso fue el viejo a recibir el cachetazo. Repitiendo el ritual, el Rengo cargó el golpe con la fuerza de la venganza y se lo descargó en la calva mientras pronunciaba las palabras rituales. Seco, como hoja de otoño, cayó él también; burbujeó un rato y despertó en la orilla del río.

El ritual había finalizado.

Capítulo V

El sueño profético

En ese tiempo de inconsciencia, Ernesto tuvo, cual Abraham, un sueño revelador para su misión. Él sabía que tenía que predicar la palabra y combatir el mal, pero ¿por dónde empezar?

En el sueño, el profeta daba un paseo por la Basílica del Fuego Fatuo, una de las iglesias más importantes del país, ubicada en la ciudad de Penalma, al norte de la provincia de Buenos Aires.

Permitiéndome una breve digresión, el templo debe su nombre a un extraño fenómeno que fue recurrente en los tiempos de su fundación: la aparición nocturna de una luz errante —especialmente en las tierras pantanosas de las afueras de la ciudad— que, al ser vista, podía desvanecerse o incluso atacar al observador. Los lugareños la llamaron “luz mala” y dedujeron que se trataba del alma de los difuntos que no hallaron la paz después de muertos. Las autoridades del templo, para asegurar su prosperidad, aprovecharon el revuelo generado por tal suceso paranormal. Primero, decidieron darle otro nombre, más solemne: Fuego fatuo. Luego, aceptaron la explicación de los lugareños, pero argumentando que, en realidad, el fenómeno ocurría porque los fallecidos no habían recibido sepultura cristiana. Valiéndose de tal argucia, ofrecían al pueblo todo tipo de servicios relacionados con este misterio. En cada ceremonia, por ejemplo, realizaban colectas para financiar la sepultura simbólica de aquellas almas errantes que atemorizaban al pueblo. Además, aprovechando el carácter azaroso de la vida, ofrecían algo así como un “seguro de sepultura”, garantizando la paz del alma de todo fiel dispuesto a pagar, ante la improbable pero siempre latente posibilidad de morir en circunstancias que dificultaran su entierro. De ahí que fuera consagrada con ese nombre.

Volviendo a la historia del sueño, en la entrada del templo, una mujer avejentada, junto con un crío, pedía limosnas para la comida. Los devotos que ingresaban al templo pensaban que usaba a la criatura para dar lástima, por lo que no podían empatizar con ella. En cambio, sin rechistar, su dinero iba a parar a la caja de donaciones de ese pobre templo plagado de metales preciosos.

Dentro, el reflejo del sol sobre el oro de los candelabros encegueció a Ernesto que, cerrando los ojos, forzó el recuerdo del templo primigenio de los judios: el tabernáculo, una tienda móvil hecha principalmente de lino y madera. Como Salomón, adornan su fe para no olvidarla, dijo indignado el nuevo profeta.

Siguiendo su recorrido, se adentró por uno de los pasillos del templo y se encontró con una santería. En ella, entre otras cosas, te vendían la medallita de tu equipo de fútbol preferido bañada en agua bendita. Básicamente vendían los favores de Dios. Y pensar que Jesús los echó a patadas, pensó el profeta. En ese momento, resonó por todo el templo una máxima que decía: “No se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo”.

Ernesto, iluminado, despertó. Aunque un poco aturdido, trató de levantarse, pero, así como se levantó, cayó; así tres veces. La primera, efecto del mareo; las otras dos, para imitar a su faro, el Cristo.

Cuando salió del bucle, se dirigió hacia donde estaba el Rengo, quien, luego de la catarsis, reposaba plácido sobre una roca en las orillas del arroyo. Le contó sobre la revelación del sueño y sus deseos de presentar batalla allí, en el templo, contra los seres corruptos que habían infestado la casa del Padre.

—¿No crees que tienes cosas por hacer aquí, en tu tierra, señor? —le preguntó el Bautista, viendo peligrar su ilusión de hospedarse en la casa de Ernesto y vivir de sus provisiones.

Aunque era verdad, ya que había desfavorecidos y miserables a los que atender allí, Ernesto, decidido, contestó:

—Nadie es profeta en su tierra.

El Rengo, resignado, cedió. De todas formas, mejor sería estar de aventura con estos dos seres inofensivos, a quienes podría manipular cuando quisiera e incluso sacarles algo de provecho, que vagar sin rumbo ni compañía por las peligrosas calles de la ciudad.

—Yo me encargaré de convencer a Matusa—dijo el Bautista—. Vos andá planeando la ruta de viaje.

Acto seguido, el Rengo fue adonde el viejo, que todavía estaba desorientado por el golpe, y le contó sobre el próximo destino. Le habló de un cabarute, de mujeres en la intimidad y demás placeres, a los cuales el viejito goloso no pudo resistirse.

Una vez reunidos, partieron hacia su destino.

El profeta aspiraba llegar al regio templo peregrinando desde su pueblo, Pataruco, costeando la carretera principal y, si acaso, atajándose por algún que otro camino rural de la pampa bonaerense.

Capítulo VI

Pateando

En el camino, Ernesto se acercó a Matusa y, lleno de nostalgia, le dijo:

—¡Ah! Pareciera que fue ayer cuando decidiste seguirme.

—De hecho, fue hoy y yo no decidí nada; me forzaron.

—Querido discípulo, todos nos vemos forzados por nuestro destino —respondió, recordando sus primeros pasos como profeta—. Si no es por un sueño, es por una circunstancia de parecer azaroso o por influencia de un otro.

—A pesar de todo, creo que me va a gustar el lugar a donde vamos —dijo Matusa, engañado por el Rengo—.

—Haces bien en creer Matusa, pues fue una revelación que tuve mientras soñaba, luego del bautismo.

—¡Ja! Un sueño húmedo desde luego —dijo, con una sonrisa picarona en su arrugado rostro.

—Lágrimas no faltaron, claro —respondió inocentemente el profeta—. Dios me dio la señal y yo, como un fiel servidor, sigo sus órdenes, así como Abraham cuando el mismísimo lo llamó a poblar la Tierra prometida, esa de la que mana leche y miel.

—¡A borbotones manará cuando lleguemos nosotros! —arengó el viejo.

—¡Borraremos la corrupción del templo, y traeremos el cielo a la tierra! —exclamó Ernesto, lleno de ilusión.

Pasó un rato y Ernesto se dirigió nuevamente al vejete, cuya precoz excitación se había serenado. Retomando el tópico del destino, comentó:

—Todo está relacionado. ¿Recuerdas que yo te dije que luego de la persecución de la que fuiste testigo todo cobró sentido para mí? Bueno, lo dije porque días atrás tuve una ensoñación que no pude comprender en su momento pero que luego de mi encuentro con el Rengo resultó reveladora. Es hora de que lo sepas.

El profeta llamó también al Rengo y se puso a contar su historia, que decía algo así como lo que se narra a continuación.

El reflejo del niño

Era otra noche de escritura para Ernesto. Entre movimientos nerviosos que delataban su esfuerzo, trataba de expresarse. La hoja, como de costumbre, estaba pobremente poblada con ideas sobre el sentido de la vida; el sinsentido, según él.

Buscando un estímulo externo, investigó los objetos de su cuarto. Entre ellos, uno llamó su atención: el retrato de un niño sonriente que parecía ser él.

Conmovido y, en cierto modo, desconcertado ante la felicidad de aquel, comenzó a observarlo detenidamente, percibiendo el movimiento en el rostro pueril de su pasado, que mutó dando lugar al enojo. Lo que empezó como un gesto terminó colmando la sala, casi como si la presencia del niño y lo que este sentía pudiera cambiarlo todo: el ambiente se volvió denso y todo alrededor del escritor pareció desvanecerse.

El crío, enfurecido al ver reflejado su futuro en el semblante triste del adulto, cuya cobardía había oscurecido la vida que él amaba con cada aventura, con cada juego que le daba, decidió castigarlo. Pensó que, para los adultos como él, propensos al drama, limitar sus lágrimas al hacerlo viajar por el futuro para ver lo que sería de su vida, habría de ser el mejor de los castigos.

Desprovisto de autonomía, el escritor fue arrastrado por un camino de cuyos lados surgían escenas que revelaban un futuro.

El tránsito hacia la primera imagen fue colmado de lamentos iniciáticos que solo sirvieron para malgastar sus lágrimas.

Como jugando con el adulto, antes de ahogarlo en secuencias funestas del futuro, el niño evocó recuerdos del pasado: los cuentos que su madre le leía antes de dormir; el juego de la lucha con su padre; los torneos de fútbol en el patio del colegio; los paseos por el monte con su primo; los domingos en familia en casa de sus abuelos; entre tantos otros momentos de alegría. A modo de venganza, puso una sonrisa en boca del escritor para luego arrancársela.

La calidez que rodeaba al camino mutó de repente, y de la oscuridad emergieron imágenes funestas. El adulto se vio, para su sorpresa, no mucho más viejo, pero completamente derrotado. Su escritorio estaba abarrotado de hojas a medio escribir, unas, y hechas un bollo, otras. Sobre ese desastre, su persona escribía lo que parecía ser una carta de despedida, pero sin remitentes. A medio abrir, asomaba por el cajón un revólver y una caja de cartuchos. La escena parecía revelar las vísperas de un suicidio.

Sin tiempo para asimilar lo presenciado, Ernesto fue arrastrado hacia la próxima escena. En ella, asistió a un llamado que, cual azote de verdugo, arrancó el lamento desgarrador de sus padres al enterarse de su muerte. “¿Qué hicimos mal?” era la pregunta que resonaba entre sollozos. Se creían culpables de su pérdida, y su pena recordaba el tiempo que pasaron sin verlo. Hacía mucho que este no los visitaba, y más aún que no les daba muestras de afecto de ningún tipo; ni siquiera una sonrisa, que es quizás el más grato recuerdo que atesora un padre.

El desesperado escritor, cuyas lágrimas se habían agotado de manera egoísta al comenzar su paso por el futuro, solo atinaba a gritar palabras de amor a sus padres que, como era de esperarse, no lo escuchaban. Finalmente, sus figuras se desvanecieron con el recordatorio eterno de un profundo suspiro de resignación. Esa desaparición representaba la muerte, y él lo sabía. En este punto, el castigo llegó a su culmen.

Arrancado del parricidio, el niño lo llevó nuevamente hacia el pasado que ambos compartían. Como queriendo enseñarle con actos, rememoró un viaje de paseo con sus padres a Tandil; específicamente, la peregrinación por aquella simulación del Gólgota de Judea.

Con esa tendencia natural de los niños a imitar aquello que les conmueve, así imitó el calvario de Cristo, y aunque olvidando por momentos, entre saltos y risas, el papel que interpretaba, superó la adversidad. Una vez en la cima, imitando la silueta del crucificado, miró a sus padres y dijo: “yo los salvé”.

Esas palabras quedaron grabadas en la memoria del adulto que, cayendo por el abismo que anunciaba el final del camino, dio de bruces contra el piso de su habitación.

De vuelta en el presente, la confusión le dominaba. No sabía si esas palabras del final las había dicho él, o si habían sido pronunciadas por el niño que lo castigaba. Luego, pensó que era absurdo ese desdoblamiento, pues eran la misma persona —¿o no? —. Se preguntaba, a su vez, si esas escenas que presenció eran reales o fruto de su imaginación; ya que, de ser así, el sentido de la vida estaría predeterminado, dedujo.

Inmediatamente, sus ideas sobre el destino le hicieron volver su mirada hacia la hoja del origen, y solo ahí pudo comprender lo acontecido. Su contenido anunciaba el porvenir, pues con esas débiles reflexiones iniciaba su carta de despedida.

Capítulo VII

Metafísica y humillación


Habiendo terminado el relato, se dirigió a sus seguidores:

—Ahora saben un poco más de mí

—¡Con razón! Ese ha de ser el día que, volviendo a mi casa, me salió al cruce tu vecina, la chismosa, preocupada, diciéndome que había escuchado un golpe impresionante proveniente de tu casa. Yo fui para ver como estabas, pero no atendiste al llamado. Traté de husmear por la ventana, pero no pude ver nada —comentó Matusa.

—El sonido debió ser cuando caí del abismo; he aquí la evidencia —le dijo Ernesto, sonriendo mientras señalaba su dentadura vandalizada—. Por eso quería contártelo. Nuestros caminos estaban condenados a cruzarse. Lo mismo me pasó con el rengo. Sin buscarlos, terminé encontrándolos.

El viejo, atolondrado por el cansancio, los golpes y la falta de sus medicamentos, se sorprendió al ver la dentadura.

—¡Válgame Dios! —exclamó—. Cómo pude dudar de vos, pibe… digo eeeh…

—Puedes decirme maestro. Y no hay por qué arrepentirse, Matusa. Debería haberlo contado antes, pero el tiempo apremiaba y las circunstancias exigían mi bautismo.

—Che, y por curiosidad, ¿qué decía la hoja? —interrumpió el Rengo cascarrabias, buscando incordiar al profeta por haber frustrado sus planes.

—Eso es lo de menos, dis-cí-pu-lo —dijo el profeta remarcando la formalidad—. Lo importante es el mensaje de Dios: la personificación infantil de mi propio yo guiándome por el calvario para, finalmente, imitar a la figura de Cristo. Es evidente que yo estoy aquí para salvarlos —agregó, desbordante de solemnidad.

El viejo, al escuchar esas palabras, se persignó.

—Mmm… ¿Vos estás seguro? —preguntó el Rengo, malintencionadamente.

—¿De qué?

—De lo que nos contás.

—Claro. Mis palabras sólo se remiten a los hechos.

—¿Y qué hay de tus padres? aquellos a los que parecía dirigirse el niño cuando imitó la figura del crucificado.

—¡No! En realidad… ehh… el niño miró más allá de sus padres; ¡me miró a mi! —dijo el profeta, inventando sobre la marcha—. Lo que significa que debo poner los ojos en mi misión, dejando de lado cualquier otra cosa, incluso a aquellos a los que amo. Porque, como dijo Cristo: “El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí”. Y cumplir con su mensaje es mi misión.

—Ahh, y en el camino perdés a tus padres. ¡Curioso!

—Es un sacrificio necesario para que se cumplan los designios de Dios —respondió el profeta.

—Ay, “los designios” …—dijo el Rengo burlando al profeta.

—¡Mi destino!

—¿Y qué te hace pensar que ese sueño que tuviste fue una revelación de Dios sobre tu futuro?

—Dios habla a través de los sueños. Así pasa en la Biblia, por ejemplo con Abraham.

—Si yo te contara lo que sueño dudarías de lo que decís.

—Pero, discípulo, usted no es el elegido.

—Igual… vos mucho hablar de que sos el elegido de Dios, de sus designios y bla, bla, bla, pero en la historia que contaste se te ve dudando… “Que la vida no tiene sentido”, que esto, que lo otro… —replicó el Rengo.

Ernesto se detuvo un segundo a pensar y luego se remitió a las sagradas escrituras.

—¿Sabes que el pueblo predilecto de Dios se llama Israel? ¿qué crees que significa esa palabra?

—Ilumíname, maestro —dijo el Rengo, imitando el tono solemne del profeta.

—Se llama así en honor a Jacob, el padre de las doce tribus, quien, luego de haber luchado a muerte con Dios, fue bendecido él y renombrado Israel, que significa “el que lucha con Dios”.

—¿Y eso que tiene que ver con tus dudas?

—Quiero decir que los elegidos por el Padre son aquellos que luchan por encontrarlo; la duda forma parte de esa lucha y siempre será así, porque la fe… ¡la fe es una búsqueda que supone creer a pesar de la realidad! —sermoneó el profeta, con los aires de grandeza de aquel que cree repartir sabiduría.

—A pesar de la realidad… —repitió el Rengo, maliciosamente.

—Tu incredulidad es incomprensión. Pero no te preocupes; es solo cuestión de tiempo. Si a mí, que soy el elegido, me costó, ¿qué le queda a los demás?

—Y, pib… digo, maestro, ¿cómo fue esa lucha? —preguntó el viejito curioso, interrumpiendo la disputa.

—¡Ah! discípulo, ESE es el tipo de curiosidad que te llevará lejos. Déjame decirte que fue algo épico —dijo el profeta, como si la hubiera visto—. Era de noche. Jacob había desmontado el campamento y estaba por cruzar un arroyo junto con su familia y sus pertenencias para llegar a Canaán. Ya habían cruzado los suyos, cuando, de repente, apareció un hombre misterioso dispuesto a pelear. Estuvieron enredados en combate hasta que rayó el alba. El desconocido, al ver que no podría vencer a Jacob, metió su mano entre los muslos de éste y le descoyuntó la cadera. Pero Jacob resistía y a las súplicas del rival, respondía: “no te soltaré a menos que me des tu bendición”. Al final, el hombre accedió y le dijo: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y has vencido”.

—¿Pero estaban luchando o haciendo el amor? —se mofó el rengo.

—Sigues sin entender. Luchar con Dios supone amarlo —contestó el viejo, mirando seguidamente al profeta, como buscando su aprobación.

—¡Los últimos serán los primeros! —exclamó Ernesto, orgulloso, al ver la entrega de su seguidor más reticente—. Y Matusa es un claro ejemplo. Él dudó, blasfemó y agredió, pero ahora está entregándose a los brazos del Señor.

—¡Así es! —exclamó el ejemplar discípulo.

El profeta, fortalecido por el apoyo de Matusa, volvió al tema:

—Y yo dudaba por el sufrimiento, pero luego entendí que estaba equivocado. No se trata de preguntarse si la vida vale la pena, sino de afirmar que la vida vale por la pena.

—¿¡Qué la vida vale por la pena, decís!? ¿Qué clase de disparate es ese?! —cuestionó el Rengo.

El profeta, casi que extasiado, dijo:

—¿Por qué crees que Jesús, siendo inocente, tuvo que pasar por el peor de los castigos para ascender a los Cielos? ¡El sufrimiento es un boleto hacia el paraíso! ¡Es un obstáculo que el Señor pone en nuestro camino para dar vida al libre albedrío! ¡Del sufrimiento pende la vara del mérito con la que seremos juzgados el día del Juicio Final!… Si sorteamos el obstáculo, siguiendo los planes de Dios para nuestra vida, nos encontraremos con Él en el paraíso; si no, nos quemaremos en el infierno.

—Y, mientras tanto, las almas de todos los muertos hasta ahora tienen que esperar indefinidamente… Se ve que también hay burocracia en el otro plano. ¡Parece el destino de un reo procesado por la justicia, a la espera de un fallo! O el destino de un paciente con una enfermedad crónica, esperando por el trasplante de un órgano… ¡O del trabajador esperando la jubilación! ¡O del desempleado esperando una pensión! O el del jubilado esperando un aumento… ¡En fin, vaya final nos espera! No muy distinto al de aquel que en silencio sufre en esta tierra.

—¡¿Cómo te atreves a cuestionar la obra de Dios?! Además, ¿por qué crees que cruzaste conmigo? —respondió Ernesto, viendo tambalear la fe del seguidor.

—Vos lo dijiste: la duda forma parte de la lucha —dijo el Rengo, apropiándose de la lógica del profeta—. Y la primera vez que me crucé con vos fue cuando intentabas escapar de no sé qué… Dicho sea de paso, ¡vaya forma de luchar la tuya!

Al recordar la humillante persecución, el ánimo y la seguridad del profeta cayeron por los suelos.

Con lágrimas en sus ojos, dijo:

—Así se burlaban los verdugos de aquel que decía ser rey de los judíos: le pusieron una corona de espinas para humillarlo. Así también te burlas de mi lucha, al recordarme mi huida.

Matusa, empatizando con el profeta, se sumió en un profundo llanto mientras tendía sus brazos en pos de abrazar al humillado. Mirando al Rengo, e imitando la solemnidad del profeta, le dijo:

—No dejes que la mala fe nuble tu juicio, pues las vivezas se convierten en arrepentimiento luego; y yo lo sé por experiencia.

—Tampoco es para tanto; ya lo superará. Solo tiene que aceptar la realidad —dijo el Rengo, tratando de calmar la situación.

—No dé consejo si nadie lo pidió; recuerde que en la desgracia el que llora es anfitrión. —sentenció Matusa, apretando el rostro del pobre Ernesto contra su pecho. El profeta, asfixiado por la presión, aguantaba a duras penas.

El Rengo, resignado ante lo absurdo de la discusión y lo ridículo de la escena, agachó la cabeza y continuó caminando. ¿Qué podía hacer, siendo sus dos rivales fanáticos? Cualquier argumento sería inútil, pues a ellos les bastaba con una palmadita en la espalda para creerse en lo cierto; y para eso, se tenían el uno al otro.

Entre discusiones, se había hecho de noche. El Rengo, cual baqueano, alzó la vista para orientarse y comentó:

—Estamos cerca de Trápala, pero dudo que lleguemos. Después de pasar por el cruce de allá adelante, debemos buscar refugio y prender una fogata para mantenernos seguros… Yo me encargo —dijo, adelantándose para tomar un respiro del par de delirantes.

Capítulo VIII

La muchacha del cruce


Cuando Ernesto pudo despegar su rostro de entre las tetas del viejo —cuya remera parecía el santo sudario—, asomó la vista al cruce mencionado por el Rengo. Allí, en una de las esquinas, bajo la luz de un faro, se veía una figura fornida, apretujada dentro de un vestido rojo de látex, que bailaba sensualmente en el intento infructuoso de seducir a los conductores que pasaban por la carretera.

Pero el profeta no solo vio eso, sino una oportunidad de redimirse de la humillación. Recordando los rumores sobre la vida de Maria Magdalena, se acercó con intenciones de convertirla.

Jugando con el factor sorpresa, rodeó esa esquina y fue acortando distancia hasta sus anchas espaldas. Cuando la tuvo a un paso, la sorpresa se la llevó él. La muchacha, al escuchar ruido detrás suyo, se dio la vuelta revoleando los pelos por el aire… literalmente, pues se le voló la peluca.

El calvo, mirando al profeta y malinterpretando su cara de sorpresa, le dijo:

—Ya sé lo que estás pensando manzanita —dijo, haciendo alusión a su túnica— es mucho para procesar… Mucha carne—repuso sensualmente, mientras se acomodaba la peluca.

El profeta, que no volvía de su asombro, no supo qué decir.

—No hace falta que digas nada —le dijo la… ¿la muchacha? —. Solo importa lo que hagas. Mirá tranquilo que todo lo que ves puede ser tuyo— insinuó, mientras deslizaba las manos por el contorno forzado de su cuerpo.

Ernesto interpretó esas palabras como una señal y, saliendo de su asombro, trató de arreglar la situación.

—Ehh… Con que de una mujer moderna se trata, ¿no? No hay problema. Aquí, todos tienen su lugar —dijo señalándose el corazón—.

—¡¿Cómo que mujer moderna?! ¡Mujer y punto! —vociferó indignada la muchacha, con una voz más grave que el mismísimo demonio de su sueño.

De la nada, el profeta comenzó a pregonar:

—Hoy en día puedes autopercibirte mujer, pero en otros tiempos habrías sido injuriada por ello. Si lo que eres depende de un juicio arraigado al tiempo que habitas, vivirás engañada. Pero yo te respeto, y por eso te reconozco como tal; me adecúo a mis tiempos y a tu necesidad imperiosa de ser lo que no eres.

Al instante, reconoció su error. A saber si por arrepentimiento o por miedo a una golpiza, pidió disculpas y, sabiendo como tratar con personas así, le preguntó su pronombre.

—¿Mi qué? —preguntó la muchacha, que pasó de la indignación a la sorpresa, al ver el cambio de actitud en su cliente.

—Tu pronombre. Es una palabra que se usa para referirse a alguien sin nombrarlo.

—¿Una palabra? Ay, a ver, dejame pensar. Emm…

El profeta, con la paciencia agotada, la interrumpió:

—No es tan difícil. Eres él o ella. Aunque también, en la actualidad, algunos dicen ser “elles”.

—¿“Elles”? O sea, como que no son ni lo uno ni lo otro, ¿no? —dijo, con un seseo insoportable—. Pero no, yo soy ella. ¡¿Acaso no me ves?! —afirmó y desplegó sus dotes para probarlo; no del todo, claro, o se habría contradicho.

—Bueno, “ella”, un gusto. —dijo el cortés profeta—. Claro. Los “elles” serían, según dice el ala progresista de nuestras universidades humanísticas, seres superiores que prescinden de lo que son físicamente para no sentirse aprisionados. Por eso usan la “e” en vez de las rudimentarias “a” y “o”, aferradas a lo material. ¡Ah! Tendrías que escuchar a esos “sabios” hablando en esa misteriosa lengua que, según dicen, nos hará más libres.

Y sin que nadie le preguntara, continuó dando la chapa:

—Al escucharlos, en mis tiempos como estudiante, no sabía si lo que anotaba era un resumen de la materia o una oración para invocar al demonio.

Una risa espasmódica, y muy poco femenina, hizo sacudir las carnes sudorosas de la muchacha del cruce. En ese momento, las pulsaciones de Ernesto se aceleraron, lo mismo que sus dudas; era la tentación llamando a la puerta.

La muchacha, siempre atenta a las miradas del profeta, lo tomó por la cintura y le dijo:

—Mmm… Sos divino manzanita.

—En efecto, lo soy —afirmó el profeta, malinterpretando sus palabras.

—¿Qué te parece si vamos atrás de los árboles y me contás un poco más de tu vida?

El profeta, falto de atención, humillado, y un poco excitado también, se dejó llevar.

Allá a lo lejos, los seguidores de Ernesto seguían atentos sus pasos.

—¡Uy, se lo lleva para lo oscuro; se lo va a comer crudo al pibe! —dijo el Rengo.

—¿¡Qué pasó!? —preguntó Matusa, mirando para el otro lado.

—“Una prostituta” —dijo, haciendo unas comillas que el viejo no pudo ver— agarró a Ernesto de la cintura y se lo llevó atrás de los árboles.

—¡Confía! —exclamó el viejo—. Él sabe lo que hace —afirmó, confiando plenamente en su maestro—. Quiere convertirla; eso me dijo antes de emprender su misión.

—El que se va a convertir es él si lo dejamos —contestó el Rengo, que fue “corriendo” a salvar al profeta.

—Su espíritu es inquebrantable, Rengo —dijo el viejo, hablando a solas—. No tropezará de nuevo con la roca del pecado; ni siquiera en este caso, aunque la mujer esté dotada de esa bella figura —aseguró Matusa, exponiendo su ceguera.

El Rengo, escabulléndose entre los arbustos, pudo avistar al profeta enredado entre los fornidos brazos del exótico ejemplar femenino.

—¡Ernesto! —Exclamó el discípulo.

—¡Rengo! —respondió Ernesto, desprendiéndose de la boca de la muchacha, que sonó como el ruido de una sopapa al despegarse.

Fingiendo indignación, el apasionado profeta arremetió contra la serpiente:

—¡Ah! ¡Maldita embustera! Abusaste de mi… ¡de mi bondad! —repuso, medio atolondrado—. No quiero verte nunca más.

—Ahora ya es tarde para arrepentirse —dijo la muchacha—. No te hagas el que no te gustó porque te pescaron conmigo. Si querés lo podemos sumar también —propuso, mirando al rengo—.

—¡Aléjate, maldito demonio! —bramó el profeta, mientras cerraba los ojos en busca de paz.

—¡Ahora, ya es tarde! —repitió la muchacha, con sus resonantes graves—. ¡Tienen que pagar!

El Rengo, en un acto heroico, se colgó de la espalda del ejemplar, que cayó con todo su peso sobre él. Ernesto, que por fin pudo librarse de sus brazos, se sintió vacío y quiso incorporarse a la escena, fingiendo ayudar al Rengo.

—¡Corré, pelotudo! —dijo el discípulo, exaltado, mientras luchaba por sostener a la bestia.

Comprendiendo el sacrificio de su seguidor, un acto que recordaría por siempre, el profeta se largó de inmediato hacia donde estaba el viejo, que seguía hablando solo.

Estuvieron como media hora aguardando la llegada del Rengo, hasta que, a lo lejos, se vio asomar su figura. Al llegar al encuentro, circunspecto y con la mirada de las mil yardas en sus ojos, dijo:

—Es hora de continuar.

La peluca amarilla sobre su cabeza y los rastros de unos besos en el rostro revelaban su sacrificio. Ernesto, en el fondo, no sabía si sentir admiración o envidia. Fingiendo nuevamente, dijo:

—Yo seré el elegido, pero tú me salvaste esta noche.

El Rengo lo miró con cara de ojete y siguió caminando. La noche le daría la oportunidad de vengarse.

Capítulo IX

Las lecturas del Rengo


Ya era de madrugada. El Rengo había montado el campamento. Aprovechando el hábito del hombre de transformar cada espacio verde en un basural, se valió de unos pedazos de cartón y madera que habían tirado los paisanos de por ahí, y con ello construyó un reparo. Luego, valiéndose de los pajonales y bolsas abundantes a las orillas del camino, armó un colchón lo suficientemente grande como para los tres.

El viejo, entre el sueño y su discapacidad, debió creer que habían arribado a un hostal. Ni bien llegó al campamento, se tiró al colchón como si fuera de agua… ¡Pobre viejo!, enterrada entre la paja le quedó la cabeza; parecía un arbolito recién plantado. Igual, ni se inmutó; al rato nomás empezó a roncar.

En cambio, Ernesto, seguía atormentado tanto por el recuerdo de la persecución como por el deseo experimentado en el cruce. Aunque él sabía que había engañado a sus seguidores simulando un abuso, no podía ocultarse a sí mismo lo que había sentido.

El Rengo, al verlo, supo que el profeta batallaba contra sus demonios, por lo que estuvo atento a cada uno de sus movimientos. Por suerte no tuvo mucho trabajo puesto que, al llegar, se clavó frente a la fogata y así se mantuvo, absorto durante horas, rumiando la furia de una mancha que su orgullo no podía soportar.

Al principio, el Rengo hacía como que dormía y, de vez en cuando, ojeaba al profeta. Pero al ver que no se movía de ahí, y puesto que él todavía no tenía sueño, sacó unas hojas del bolsillo y se puso a leerlas. Se trataba de algunos manuscritos que rescató del escritorio de Ernesto antes de partir, con el objetivo de conocerlo un poco más. Entre ellas, había fragmentos de la biblia, reflexiones y demás.

El libro de Job

Primero, se topó con un breve resumen de la historia de un tal Job, un buen hombre que fue motivo de apuesta entre Dios y el diablo para ver si, sometido a todo tipo de castigos ideados por el maligno (tales como la enfermedad, la muerte de sus seres queridos, el hambre y demás), caía en la tentación de maldecir a Dios.

El rengo, mientras leía semejante injusticia, pensó: Y se supone que a este debo rezarle, que en vez de recompensar al bondadoso, lo pone a prueba para ver si sigue creyendo en él. ¡Ja! Si Dios creó el mundo estamos en su ombligo y él es muy egocéntrico.

A pesar de todo, Job no maldijo a Dios, aunque sí cuestionó su sufrimiento y exigió una explicación al Creador. Este, en lugar de responderle, se manifestó haciendo gala de sus dotes y le habló desde una tempestad, recordándole su poder y sabiduría infinitos.

Job, humillado ante la majestad de Dios, se arrepintió de haber cuestionado sus designios y, finalmente, fue recompensado con el doble de lo que tenía.

“Como si se pudiera superar el dolor de perder un hijo por tener el doble. Se ve que el Señor prefería cantidad sobre calidad”, había escrito el profeta debajo, como con resentimiento.

Las tentaciones de Jesús

Luego, leyó sobre una historia en la que Jesús, tras ser bautizado por Juan, fue llevado por el Espíritu Santo al desierto. Después de haber ayunado por cuarenta días, sintió hambre. En ese momento, aprovechando su debilidad, apareció el Diablo para tentarlo.

Primero, le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en panes para comer”. A lo que Jesús respondió: “Escrito está: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”

Luego, el diablo lo transportó a la santa ciudad de Jerusalén, y lo puso sobre el pináculo del Templo y le dijo: “si eres el Hijo de Dios, lánzate de aquí abajo, pues está escrito que Dios te ha encomendado a sus Ángeles, los cuales tomarán tus manos para que tu pie no tropiece contra alguna piedra. Pero Jesús, inquebrantable, citando también las escrituras, replicó: “También está escrito: No pongas a prueba al Señor tu Dios«.

Por último, el diablo lo subió a una montaña muy encumbrada y desde ahí le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos. Y luego le dijo: “Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo”. Entonces Jesús le respondió: “Apártate de ahí Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a él sólo servirás”.

Con esa declaración de Fe, respaldada no solo con palabras sino con actos, el diablo se retiró derrotado.

El Sermón de la montaña

Aquella noche, también leyó sobre el Sermón de la montaña. En él, Jesús, rodeado por sus discípulos, proclama la felicidad en el Reino de los Cielos de los pobres de espíritu, de los que lloran, los mansos, las víctimas de la injusticia, los pacifistas, los de limpio corazón, los mártires del cristianismo. Llama a alegrarse a pesar de la adversidad, prometiendo recompensas en el reino de los cielos.

Debajo del sermón, había una descripción alternativa de los bienaventurados y sus recompensas, de autoría propia de Ernesto. En ella decía: “malaventurados los miserables, los llorones, los pasivos, los sumisos, los débiles, los cobardes, los idiotas”. Y, luego, había una reversión del versículo 12: “Entristeceos y resignaos porque vuestro consuelo de los cielos no es más que una ilusión para soportar en silencio el sufrimiento en la tierra. De la misma manera fue para aquellos que los precedieron”.

Si bien la hoja estaba abollada, manifestando arrepentimiento, se sorprendió el Rengo al ver como el profeta profanaba las palabras del Hijo de Dios, a quien parecía imitar ese mismo día con sus prodigios. Una vez más corroboró la farsa.

Continuando con el sermón, Jesús retoma los antiguos mandamientos, pero avanzando sobre ellos, con el objetivo de cortar el mal de raíz. Con respecto al “No matarás”, por ejemplo, lo lleva al punto de considerar pecado el mero insulto, incluso el dirigido al enemigo. Esto porque ve la causa del pecado, que es el odio.

Luego, habla del mandamiento “no cometerás adulterio”, al punto de considerar adúltero a todo aquel que mire con deseo a una mujer, incitando a arrancarse los ojos y cortarse las manos si son ocasión para pecar, pues es mejor que se pierda una parte de ti a que se queme todo en el infierno.

Por debajo de la explicación, aparecía una mordaz observación de Ernesto: “Sus verdaderos fieles serían todos ciegos y mancos, pero por suerte existe la hipocresía”.

Por último, alcanzó a leer la enseñanza sobre el mandamiento “no jurarás en vano”, cuya conclusión era que si uno no puede jurar ni por su propia cabeza —puesto que ni tiene poder para cambiar el color de su cabello—, mucho menos debería hacerlo en nombre de Dios.

Como buen somnífero, la lectura le había inducido el sueño, dejándolo —casualmente— a las puertas de las enseñanzas sobre la venganza y el amor verdadero.

Capítulo X

Entre Dios y el Diablo


Las horas pasaban, la noche avanzaba, y Ernesto continuaba mirando el fuego. Como de costumbre, recurrió a las historias de la Biblia y recordó que el demonio acechaba en el desierto, a la espera de algún inocente.

Hastiado del sufrimiento, el profeta se lanzó con arrojo a lo profundo del desierto pampeano para desafiarlo; una vez que estuvo lo suficientemente adentro como para considerarse perdido, lo llamó impetuosamente.

Los gritos despertaron al Rengo. Alarmado, recordó su misión: vigilar a Ernesto. De inmediato, se puso en marcha y siguió el rastro de los alaridos hasta encontrar a Ernesto.

Y allí estaba: el profeta había irrumpido en la propiedad privada de un estanciero y, desde lo alto de un árbol de acacias —abundantes en nuestras tierras—, lanzaba invectivas contra el maligno:

—¡Aunque lo intentes, nunca podrás bajarme de lo alto, pues yo sirvo al Señor de los Cielos! ¡Podrás cortar mi carne con tus afiladas garras —dijo, aunque, en realidad, eran las espinas de la planta—, pero la sirvo en ofrenda si de su sacrificio depende mi ascenso!

Al verlo, el Rengo, escondido detrás de un arbusto, no pudo contenerse. Saciando sus deseos de venganza, hizo de vocero del Diablo. Avisado de la escena por los escritos que había leído en el campamento, impostó la voz y arremetió contra el profeta:

—Rindes culto al Rey de los Cielos, pero es a mí a quien vienes a buscar.

—Vine para demostrarte que no te temo y derrotarte —replicó el profeta.

—No es a mí a quien deberías temer, sino a tu padre. Pero al enfrentarme, le diste la espalda.

—No sabes de lo que hablas. ¡Claro que le temo! Si de ahí parte la sabiduría.

—Se ve que no has sido lo suficientemente sabio, pues, leyendo de los restos del fruto prohibido, me encontré con el rastro de tus fauces en él. Dime la verdad, profeta, todavía te relames con el jugo del placer, pero te da miedo admitirlo, ¿no es así?

—…

—¡Júralo por Dios!

—Eh…eh… ¡Lo juro!

El Rengo, iluminado por la luna llena, tomó sus apuntes y citó:

—“Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No jurarás falsamente, sino que cumplirás tus juramentos al Señor’. Pero yo os digo: no juréis de ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey. Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni un solo cabello”.

Ernesto, al reconocer esas palabras, miró al cielo, trémulo por sus lágrimas, y a gritos exigió misericordia.

—De nada sirve lamentarse, si te sirves del pecado como si fuera el pan de cada día. Dios perdona al que confiesa y no al que se lamenta luego de ser descubierto. Ahora sigamos; y será la palabra del Señor aquella que te condene.

Y, acomodando de nuevo su machete, dijo:

—¿Recuerdas estas palabras?: “Habéis oído que se dijo ‘No cometerás adulterio’. Pero yo os digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón. Y si tu ojo derecho te es ocasión de pecar, arráncalo y échalo de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno.

El profeta, derrotado, cayó en la trampa.

—¡Pero… si ni siquiera era mujer! —exclamó, recordando su encuentro en el cruce.

El Rengo, aguantándose la risa ante la confesión de Ernesto, respiró hondo y dijo:

—Yo no hablaba de nada en específico, solo quería que tú confesaras. Así que no solo eres pecador por adúltero, sino también por hipócrita, porque sé que luego simulaste rechazo ante tus seguidores.

Humillado nuevamente, el profeta se sumió en un silencio de derrota.

En una última embestida, sin fuerza, esgrimió:

—Pero todos fallan; hasta los Santos, que no son más que pecadores arrepentidos…

—Deja de engañarte.

—¡Está bien! —dijo con un grito desgarrador, que fue sucedido por un leve susurro entre lágrimas—. No logré resistir; lo intenté, pero no pude…

—¡Porque el hambre mueve más que la fe! ¡Porque la fe no llena la panza!

—¡Y la comida tampoco el espíritu! — replicó el profeta, que seguía intentando a pesar de saberse derrotado.

—Pero, ¿cuál te mantiene con vida? ¿Y qué sería de la fe sin un cerebro que alimente sus creencias, pervirtiendo lo que los sentidos te permiten percibir? Todo lo rige la carne. Además, ese espíritu del que hablas, para ser algo tan superior, parece muy pendiente cuando atacan el hambre, el frío, el sueño… ¡La pasión! Y tú sabes de eso. ¡Vamos! Que todo se vuelve hipocresía cuando antepones la idea.

Y aprovechando el silencio del profeta, continuó:

—Si a Cristo solo le bastó con ignorarme para vencer, ¿por qué tú vienes a enfrentarme? Ay, Ernesto… ¿No lo entiendes? Mientras él aceptó en silencio la humillación, todo por amor, tú viniste en son de venganza, incentivado por el odio. Siempre perteneciste a este bando; sé que empatizas con las palabras anteriores y sé que crees por temor, no por amor. Temes el castigo de Dios luego de haber probado el fruto prohibido, que dejó un gusto inolvidable en tu boca y, como no tienes el valor de afrontarlo, finges tu fe.

Ernesto quedó conmocionado ante las palabras del maligno, que calaron en lo más profundo de su ser. Dudó de todo; de sí mismo y de Dios. Él conoce todo de mí —refiriéndose al maligno— y yo ni siquiera tengo certezas sobre el Señor, pensó.

—Sé como yo —dijo finalmente el Diablo, con aires de grandeza—, y acepta el castigo para poder entregarte a la libert…

Una tos de ahogado interrumpió su discurso, provocada por la carraspera prolongada y la sorpresa por una luz errante que iluminó el prado de repente, hasta enfocarse en la figura del profeta. Este estaba a punto de saltar del árbol para entregarse al pecado, como un ángel caído. Encandilado por la luz, retrocedió, tambaleó y cayó de la rama que lo sostenía.

El Rengo, mientras tanto, apuraba la tos a la par que su nerviosismo, pues la luz provenía de la linterna del estanciero, quien avanzaba lentamente por los pastizales, acompañado por su ejército de peones.

—¡Ah! Te cansas de impostar la voz, farsante. No puedes aguantar tus mentiras por mucho tiempo, y menos aun cuando aparece el Señor, aquel que te hizo descender al mismísimo infierno al que volverás de inmediato —exclamó el profeta con renovada fe, mientras colgaba del árbol con los brazos abiertos, formando, sin darse cuenta, una cruz invertida.

El Rengo, que no esperaba respuesta del profeta, a quien creía vencido, se dispuso a rescatarlo, ya que el estanciero se acercaba cada vez más.

Falseando su voz nuevamente, aprovechó la luz para imitar al Altísimo.

—Has obrado bien hoy, pero no dejes que el orgullo te ciegue —dijo al profeta, que, porfiado, miraba de frente la luz que le quemaba los ojos en el intento de descubrir a Dios—. Una victoria no es ganancia si la ven ojos ambiciosos; y si venciste fue porque sentiste el peso de mi mirada sobre ti, como Job, cuando apostamos con el Diablo para ver si caería en la tentación de maldecirme. A pesar de todo lo sufrido, nunca lo hiciste. Ahora, déjame enviarte a uno de tus seguidores para que te rescate.

Así, salió el Rengo de detrás del arbusto y se dispuso a destrabar el pie del que colgaba el profeta.

—¡Querido Rengo! Enviado por Dios para salvarme. ¡Ven aquí y dame un abrazo! —dijo Ernesto, que, olvidándose de que estaba del revés, le cabeceó de lleno la bragueta.

Una vez se soltó, quedó unos segundos tendido en el suelo, al borde del desmayo por la presión que la sangre había ejercido sobre su cabeza.

—Debemos seguir la luz —dijo, una vez se repuso, y encaró confiado sin saber adónde, puesto que esa misma luz lo había cegado.

—¡No! —chilló el Rengo, aún aquejado por el golpe bajo—. Debemos volver al campamento; ni una de las ovejas del rebaño debe quedar atrás —agregó, aludiendo al viejo, mientras tironeaba de la túnica del profeta.

“No dejes que el orgullo te ciegue”, “la victoria no es ganancia si la ven ojos ambiciosos”, resonaban en la mente de Ernesto, que entró en razón y siguió al Rengo de vuelta al campamento.

Una vez allí, se dispusieron a dormir en lo que quedaba de la noche, para retomar su camino en cuanto diera el alba.

Por su parte, el estanciero y sus peones, al alcanzar la escena, no encontraron nada que los hiciera sospechar del profeta; solo trozos de un mantel entre las espinas de la acacia. Con respecto a los alaridos, acudieron a la hipótesis de los animales silvestres. Al final, resolvieron volver a dormir.

Capítulo XI

Dios hecho a imagen y semejanza


Mientras intentaba conciliar el sueño, el profeta pensaba en lo acontecido. No era para menos; Dios y el Diablo se habían disputado su vida.

Le sorprendió que, a pesar de ser derrotado argumentalmente por el demonio e incluso haber estado a punto de saltar, Dios lo hubiera elogiado por su fortaleza.

Él debe saber que fui derrotado; él debe saber de mis labios besando la tentación… Entonces, ¿por qué me defendió con su luz abrasadora? ¿Sabrá algo que yo no? Quiero decir, ¿verá en el fondo de mi ser algo que le haga confiar? ¿O solo se quedará con lo aparente? o más aún, ¿será que no es omnisciente? Pero, de ser así, no sería Todopoderoso…

El profeta, aunque temeroso, se vio en la tentación de seguir elucubrando sobre Dios, pues creía estar adentrándose en lo más profundo de su ser.

Eso explicaría su timidez. Su pompa a la hora de manifestarse ante mí y al resto de profetas, sea en forma de tormenta, torbellino o columna de fuego, tendría por razón su ocultamiento. Como esa luz de anoche con la que parecía iluminar; en el fondo sólo buscaba ocultar su verdadera figura.

Al ver debilidad en su timidez, se atrevió a desafiarlo, considerando la tolerancia divina una concesión por dependencia.

¿Será que, en el fondo, me necesitas para consolidar tu reino? Quizás te cuesta admitirlo y por eso lo pides de estas maneras. Pienso más allá de la luz abrasadora y recuerdo el espiral de la tortura y el castigo del niño. Todo ese sufrimiento, ¿para qué? ¿Para que yo corriera y me postrara ante ti? ¿Para que pudieras aprovechar ese momento y darme tus órdenes, como esa voz al final del espiral o como la carta de despedida?

Del temor pasó al rencor que dio lugar al reproche. Revolviendo en su pasado, el profeta dijo:

¡Siempre quisiste verme dudar! ¡¿Acaso no recuerdas esto?!: «Si está enfermo, que se cure; si no se cura, que no sufra; y si sufre, que muera lo antes posible». ¡Claro que lo recuerdas! Era parte de la oración que, a mis catorce años, musitaba de rodillas sobre el suelo, todas las noches, desde que sospeché de la enfermedad de mi abuelo, con la esperanza de que respondieras a mis plegarias. Pero fueron vanas ilusiones. Por ese entonces, pensé que quizá no habías entendido mi idioma, o que, al rezar, imaginé al Dios equivocado, desfigurada tu imagen por la religión que me hicieron creer desde la infancia.

Volviendo, mi abuelo no sólo enfermó, sino que no se curó y, además, sufrió prolongadamente. El maldito cáncer hacía estragos en él. Su salud se deterioraba, pero, aun así, yo seguía creyendo. En un momento, pensé en agregar a la oración: “Y si muere, revívelo como a Lázaro”, pero me pareció demasiado. Ni siquiera quería nombrar a la muerte en mis oraciones. Por ella…por esa ramera, acompañada de su imponente pareja, el sufrimiento, dudé profundamente de ti, llegando a declararme ateo. El hecho de que permitieras tal agonía me hizo negar tu existencia.

Más aún, saber que esa misma muerte se llevaría a mis padres, que son la piedra angular para la virtud de cualquier hijo que se precie de tenerlos, me hizo concebir como perecederos aquellos valores que moldeaban el bien y el mal; y en tanto transitorios, relativos. Pasé a concebir como real sólo aquello que sentía: el deseo de placer, de saciar aquello que mantenía bajo llave el guardia de la moral que, desde ese momento, fue vencido por el sueño.

Al final, esgrimió contra su Dios:

Pero, ahora que lo pienso, es evidente que todo esto fue parte de tu plan. Dejé de creer en ti y, por culpa de eso, empecé a pecar; el pecado me hizo sentir culpable, y la culpa me arrastró de nuevo hacia ti en busca de perdón. ¿¡Y todo eso para qué!? De nuevo, ¿¡para aprovechar mi debilidad y decirme que hacer!?

Pero, a pesar de todo, el profeta, creyéndose a la altura, si no por encima de Dios, tuvo clemencia a la hora de juzgarlo:

Aunque me hayas hecho todo eso, yo te perdo…

Cuando el profeta estaba por perdonar al Mismísimo Dios, le llegó un segundo bautismo por sorpresa. El Rengo, hastiado de Ernesto, cuyos delirios habían arrancado en forma de murmullo para terminar a los gritos, se acercó a él cautelosamente y, cargando la mano de Dios, lo acostó de un cachetazo.

Nuevamente desvelado, el Rengo acudió a la lectura para poder dormirse. En este caso, la hoja hablaba sobre la historia de dos hermanos: Caín y Abel.

Capítulo XII

La lucha con Dios


Amanecía y el insoportable profeta ya estaba despierto. El sol asomaba sus pelos, recordándole la inquieta cabellera de su bella dama. Primero se acordó del pecado y luego pidió perdón. Por la súplica, recordó el golpe al final de su discusión con Dios. Con la necesidad de contar lo sucedido, se dirigió al Rengo, que iba despertando de a poco.

—Rengo…

—¿Qué pasa?

—¿Escuchaste algo de lo pasó por la madrugada?

—¿Tu lucha con el demonio? —dijo el Rengo, haciéndose el sota.

—No, no… Sucedió algo más. Igual, de eso… ¿qué escuchaste? —preguntó el profeta, preocupado de que su apóstol lo hubiera escuchado confesar sus pecados.

—Ehh… Nada, nada —dijo el Rengo, tratando de recordar sus mentiras—. Solo sentí un llamado de Dios que me guió hacia ti.

El profeta, al oír eso, no pudo evitar emocionarse. El Dios al que se había atrevido a cuestionar, era el mismo que lo había salvado anteriormente.

—Ayer…— trataba de hablar el profeta, ahogado entre sollozos— ayer, me atreví a dudar de Dios nuevamente…

—Maestro, ¡tú lo dijiste! —dijo el rengo, imitando las formas del profeta— La duda forma parte de la lucha.

—Si tan solo fuera eso… Pero no solo dudé, sino que… ¡me atreví a desafiarlo! —confesó el profeta, arrepentido—. Y luego de hacerlo enojar… luché con él —concluyó avergonzado, con la mirada enterrada en el suelo.

—¡Oh, maestro! ¡Eres como el patriarca Jacob! —exclamó el Rengo, buscando inflarle el ego, para que se inventara una escena sobre la lucha.

—Gracias por acordarte y recordarme mis palabras en tiempos de debilidad —dijo el profeta, recuperando su entereza.

—Esa es mi misión, maestro —respondió el Rengo—. Ahora, dime, ¿cómo fue esa lucha?

Como el humillado que hace del golpe recibido el relato de una lucha épica, así el profeta comenzó a narrar y hacer mímica de una batalla inexistente:

—La noche era de insomnio, luego del largo día que tuve. No podía olvidar a la serpiente que me hipnotizó con su danza, para luego estrangularme con sus fornidos brazos con el fin de engullirme por completo. Tampoco podía olvidar la esgrima verbal que tuve con el demonio mientras me balanceaba sobre la rama de una acacia, cuyos pinchos dejaron marcas permanentes en mi piel. No entendía por qué tal sufrimiento; por qué a mí. Eso y más, me llevó a cuestionar al Padre; a preguntarle el porqué de tales adversidades…

—A medida que mis increpaciones subían de tono, la fogata del campamento empezó a arder con mayor intensidad; el contorno de la llama trepidaba de forma descontrolada, como el cuerpo de un animal al acercarse una batalla. El crepitar de las ramas se volvía más intenso, y resonaba cual tambores de guerra. Las chispas se lanzaban intrépidas sobre mí, como una lluvia de lanzas. El humo se volvió denso, sumiéndome en una pesada oscuridad; solo veía el fuego.

—Entonces comprendí lo que estaba sucediendo; acepté el desafío y, cerrando los ojos, arremetí contra el rojo fuego como un toro embravecido. La bestia, mi espíritu, atravesó al enemigo convertida en fuego, para luego consumirse lentamente al alejarse por el horizonte, dejando el rastro de sus pasos en un sendero de cenizas, que de seguro fue borrado por el viento.

(En ese momento, el Rengo miró los pastizales y no se movían un ápice)

—Mi cuerpo, en cambio, quedó paralizado al quedar enfrentado a la llama. Me vi reflejado en ella; y de la boca de mi imitación salió un profundo susurro que me dijo: “Yo soy”. A la confesión siguió un soplido cuyo calor me hizo salir del asombro. Volví sobre mis pasos y trastabillé con lo que parecía ser un cuerpo que emitió un leve gemido. ¡Parecían tierras infernales aquellas, conformadas por restos de infieles apisonados! Por último, sentí un azote caliente sobre mi nuca, el cual me sumió en un profundo sueño.

El Rengo, casi que no pudo contener la risa al ver la huella de las sandalias chamuscadas en la espalda del viejito. Sintiendo curiosidad de ver los efectos del castigo divino, le preguntó si le había quedado marca.

—Aún siento el ardor del golpe. Puedes fijarte, si gustas —respondió el profeta frotándose la zona.

—¡Es la marca del Señor! —proclamó el Rengo, haciendo pasar la risa jocosa por un sollozo de emoción al ver su mano tatuada en el profeta.

—¿Será la marca que Dios da a los elegidos? ¿o será como el estigma que el Mismísimo puso en la frente de Caín? —se preguntaba Ernesto, preocupado.

—O puede que Caín haya sido uno de los elegidos… —dejó caer el Rengo, que por la madrugada había leído algo sobre la leyenda.

—¿Cómo dices? —preguntó el profeta, intrigado.

—Lo que oíste. Fíjate en sus formas de obrar: Dios, la piedra de la que pende la moral, te atacó por la espalda, a traición, podría decirse. Así también lo hizo Caín con Abel, y por eso fue marcado con el mismo estigma que a ti te acompleja. Pero, lejos de ser un castigo, fue una bendición, porque, de no ser por él, Caín habría sido apedreado hasta la muerte por infame.

—Es más, recuerda las palabras de Dios antes de herrar a la supuesta oveja negra: “Ciertamente, cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado”. Gracias a esas palabras llegó a tierras desconocidas pero fértiles, donde plantó la semilla que le dio esposa e hijos.

—El primogénito de Adán y Eva obró de manera semejante a Dios y por eso fue recompensado.

El profeta quedó atónito ante lo que había escuchado. Solo cuando pudo salir de su asombro, repuso:

—¿Cómo no lo vi antes? Con el sufrimiento padecido pretendía enseñarme… ¡Claro! Me hizo sufrir para que pidiera por él y, con ello, demostrarme que el fin justifica los medios. Más aún, ¡Él predica con el ejemplo! ¡Sí! Lo mismo hizo con Caín. Fue cruel y le hizo sentir el rechazo de sus ofrendas para que, motivado por la envidia, fuera capaz de matar, incluso, a su hermano. Todo con el fin de cumplir con su cometido de ser el predilecto.

—Todo este tiempo estuve equivocado. La pregunta sobre mi sufrimiento no era “por qué”, sino “por qué no”. ¡Gracias Dios por iluminarme! ¡y Gracias rengo! que, de no ser por tu ayuda, no hubiera descubierto la verdad.

—Alabado seas maestro. Aquí estoy para servirte —dijo el Rengo.

Motivado por esta nueva revelación, el profeta se dispuso a dejar todo en orden para partir.

Capítulo XIII

Los prodigios


Comenzaron a desmontar el precario campamento, empezando por el viejo, que todavía seguía durmiendo; ya no sabían si despertarlo o regarlo. Con la cabeza enterrada entre los pastizales, tanto el Rengo como Ernesto se preguntaban cómo hacía para respirar. Al final, esgrimieron la hipótesis de que, como las tortugas, respiraba por la cloaca, lo que explicaría los extraños ronquidos que emitía; olorosos, además —una advertencia de lo que vendría más adelante—.

El Rengo, entre risas, al ver al vejete, se dispuso a despertarlo. Primero se quejó del dolor, fruto de la quiropraxia de Ernesto; luego, con los ojos que un poco más y le declaraban independencia, trató infructuosamente de mirar al Rengo. No sabía ni dónde estaba, el pobre. Tuvieron que recordarle brevemente lo transcurrido hasta el momento para que cobrara conciencia.

—¿Te acordás a dónde vamos? —preguntó el Rengo, viendo si haría falta repetirle esa falsa ilusión del cabaret.

—Ehhh… algo me habías dicho, sí. — contestó el viejo mientras se revolcaba por el colchón tratando de encontrar sus lentes.

—Los lentes los perdiste ayer cuando te caíste al agua ¿No recuerdas, Matusa? —dijo Ernesto.

El rengo soltó una carcajada al acordarse del infortunio del viejo.

—¿De qué te reís? ¡Rengo de mierda! —rabió el viejo—. ¡Y sí, me acuerdo; si me caí por tu culpa!

—Caíste por tu falta de fe, pero luego te recuperaste. De igual manera, los lentes no te harán falta pues aquí estoy yo, que seré el guía de tus pasos —respondió el profeta, tratando de calmarlo—. Ahora, ponte presto, que es hora de irnos —ordenó.

Con todo listo, estaban a punto de partir, cuando sintieron un bullicio allá, a lo lejos, que aumentaba su volumen progresivamente. Ante la sorpresa, puesto que por esos parajes solo se escuchaba el ruido del ganado y de algún que otro vehículo, decidieron esperar unos minutos. Pasaba el tiempo y a las voces se sumó la percusión de unos pasos acelerados.

—¡Ah! La marcha hipnótica del rebaño. ¡Los pescadores hicieron su trabajo! —dijo Ernesto, exultante.

—¿Los pescadores? —preguntó el viejo, rumiando una brizna de paja

—Aquellos que presenciaron mi prodigio, tu exorcismo.

—Tenés razón —dijo Matusa, que iba amueblando su memoria lentamente.

Los fieles comenzaron a aparecer, expectantes, para observar por sí mismos los prodigios del profeta. De a poco se iban acercando al salvador, entre pedidos, elogios y ofrendas, hasta que lo tuvieron rodeado.

El Rengo, al ver el desorden, obró como operador de logística y armó algo así como un cajón de ofrendas, sostenido durante todo el evento por el viejo. Una vez que los creyentes realizaban el pago, podían dirigirse al profeta que, engrandecido por el reconocimiento hacia su persona, los esperaba con un porte majestuoso —o, al menos, así lo imaginaba él—.

Uno de los primeros fieles en acercarse al profeta fue un ciego que le pidió que le devolviera la vista.

—Yo no te la he quitado —respondió indignado. Pero luego, al percibir la decepción en los ojos del creyente, se arrepintió y lo llamó de nuevo. Recordando la técnica de Jesús, agarró un puñado de tierra seca y lo frotó sobre los ojos del ciego que a los gritos le pedía que parase.

—Ten fe, mi seguidor. Solo así podrás curarte. Ahora, ve al estanque de Siloé y lávate allí. Cuando estés limpio, habrás recuperado la visión —dijo el profeta que, después, pensó que debería de haber dicho otro lugar, en vez de copiar la frase tal y como la había leído de los Evangelios, pues ese estanque quedaba por las tierras de Canaán. Sin embargo, el ciego, emocionado ante la esperanza de recuperar la visión, salió confiado a saber dónde. Debe ser a día de hoy que sigue buscando la fuente.

Luego, apareció un joven en silla ortopédica, acudiendo a los poderes del sanador para recuperar la fuerza de sus piernas. Ernesto, viendo que sería difícil conseguirlo, y más convencer al público en esta ocasión, acudió a la argucia de curar de palabra:

—El anterior era ciego, pero parece que tú tampoco puedes ver. Aunque no lo sepas, cada vez que la silla permanece inmóvil, estás parado. En vez de pedir, agradece, porque todo en tu vida marcha sobre ruedas —dijo, mientras el Rengo, cómplice, incentivaba los aplausos y aprovechaba la distracción para alejar al lisiado de la ronda, que no parecía muy contento con la sanación.

La muchedumbre estaba conmovida ante la sabiduría del profeta, que se crecía ante los elogios y aplausos.

Mientras tanto, el viejo, que ya no soportaba el peso del cajón sobre sus brazos, comenzó a temblar exageradamente. El profeta, al verlo, recordó el exorcismo y sospechó que el espíritu maligno seguía en él.

—¡Ah! Miren nomás al endemoniado; sus brazos no soportan el peso del amor que me tienen —dijo Ernesto, apuntando al pobre Matusa.

La gente, no salía de su asombro ante lo que veían. Persignándose y encomendándose a Dios, trataban de mantenerse a salvo.

En realidad, nada de eso pasaba, sino que el viejo estaba luchando para no cagarse, pero como tenía sobre sí la responsabilidad de las ofrendas, no podía ir a saciar su necesidad, ya que si las tiraba al piso enojaría a los fieles. Podría haberle pedido al Rengo —el primero en notar el esfuerzo del viejo, por el aroma de sus flatulencias— que le sostuviera las cosas, ya que estaba a su lado, pero como seguía enojado con él por haberse reído de sus desgracias, decidió aguantar orgullosamente.

El viejo mutaba poco a poco: estaba rojo como un tomate, con los ojos desorbitados y las venas del cuello a punto de explotar, mientras se iba encorvando lentamente y su temblor empeoraba.

El profeta, apartando a sus seguidores, se dirigió a Matusa y le puso las manos sobre la cabeza; le dio un beso en la frente y le susurró al oído:

—Sal para siempre de mi seguidor.

La orden se fundió con el grito desgarrador del viejo, que cayó con las patitas vencidas luego de expulsar al enemigo que guardaba en su interior. La gente, aunque asombrada, se alejó de la escena tapándose las narices unos, y vomitando los otros.

—¡El demonio ya se ha man… marchado! —aseguró—. He aquí la prueba —añadió, mostrando su dedo embadurnado en la sustancia que chorreaba de la parte trasera del viejo, que era arrastrado por el Rengo lejos de la gente—. Y ese olor que los horroriza es del azufre, el perfume típico de estas criaturas —concluyó, confiado, luego de olisquear detenidamente la sustancia.

—¡El demonio se le cagó al profeta! —gritó uno de los fieles, acompañado por los débiles aplausos del resto del público, conmocionado todavía por la memorable escena.

Ernesto, entre reverencias, se regodeaba de alegría.

Obviamente, todo era falso, al menos para cualquiera en sus cabales, pero en este caso, la farsa tenía por cómplice a la esperanza.

Una vez hubo alejado al exorcizado, el Rengo se acercó al profeta y le recomendó emprender viaje, pues se hacía tarde y, para poder soportar al viejo deberían darle un baño. Ernesto asintió y se dirigió a sus seguidores:

—Estimados fieles, es hora de marchar. Dejen de pedir y, en cambio, agradezcan los prodigios de los que han sido partícipes; espero les hayan servido de señal para renovar su fe y engrandecerla.

El profeta, seguido del Rengo, que llevaba al viejo a la rastra, se abría paso entre sus fieles, quienes se postraban ante él. Estaba a punto de salir cuando, repentinamente, una mujer se interpuso en su camino.

Abrazándolo, le confesó al oído su condición de adúltera y le suplicó que le devolviera la castidad, pues estaba a punto de ser cortejada y no quería que su marido se llevara una sorpresa, ni ella una golpiza.

El profeta, lleno de indignación por la interrupción de tan ceremoniosa escena, la empujó para quitarla del paso. Pero, al ver su rostro desconsolado, no pudo evitar sentirse reflejado en ella, recordando la noche anterior, en la que el Diablo lo injurió por su episodio con la muchacha del cruce.

Trató de imaginar qué haría Jesús en su situación, evocando la escena de la mujer adúltera en el Monte de los Olivos. Sin embargo, sintiendo la culpa apoderarse de sí, tergiversó las palabras del Señor y arrojó la primera piedra contra la mujer para librarse del pecado.

Enseguida, le siguieron los piedrazos del resto de la plebe imitando a su líder. La pobre mujer, que sirvió como chivo expiatorio, no tuvo más remedio que adentrarse entre los pastizales para escapar del linchamiento.

El profeta, sintiéndose libre de culpas al recordar su charla con el Rengo —aquella sobre el estigma, Caín y la moral— y al ver a la multitud siguiendo su ejemplo, retomó felizmente su camino. Finalmente, asomaron a la carretera y, aprovechando la distracción de los fieles —que perseguían a la adúltera—, continuaron con el viaje.

Capítulo XIV

El profeta, perseguido


Una vez que llegaron a Trápala se toparon, para su suerte, con una estación de servicio donde aprovecharon para bañar al viejo. Este, entre el bullicio de la “gran urbe”, fue despertando de a poco; había quedado agotado luego de su lucha.

—¡Matusa! —dijo con ternura el profeta, acariciándole el pelo que no tenía—. Me alegra que hayas despertado. El demonio parece estar obsesionado contigo.

Como la noche iba tendiendo su manto, el viejito, vuelto amable, dijo:

—Así es. Como todo ser maligno, quiere la piel del inocente para abrigar sus penas.

—¡Así se habla! —celebró el profeta, enorgullecido, mientras le seguía frotándole enérgicamente la calva, ahora colorada—. A pesar de todo, fuiste parte del prodigio que consolidó nuestra relación con los fieles.

—¡Alabado seas! —proclamó el viejo, que por esas horas se volvía adicto a la aprobación de Ernesto.

—Lo soy —aseveró el profeta, que casi se desnuca al elevar su mentón en un gesto de grandeza—. Ahora —continuó—, es momento de que te limpies… y el Rengo se encargará de ayudarte, porque yo debo…ehm… debo planear los próximos pasos de la misión —concluyó, intentando zafarse de la situación, mientras evitaba la mirada punzante de su discípulo, que lo puteaba por lo bajo.

—Ah, sí… Pasa que el demonio se escapó como pudo, y como por allá abajo no hay mucha resistencia… bueno…

—No hace falta entrar en detalles —atajó el profeta, tratando de evitar la vergüenza del viejo.

—¡Rengo! —repuso Ernesto— Acaso no tienes unas monedas para un café. Lo necesito para inspirarme porque hace días que no duermo bien.

El Rengo, que había fallado en su plan de hospedarse en casa del profeta y que se había sacrificado por él la noche anterior, ahora también debía pagar. Pero como andaba chaludo por las ofrendas y un vuelto que manoteó del bolsillo trasero de la muchacha del cruce, le dio una parte.

—Siempre estás para servirme —dijo el profeta, mientras le besaba las manos en señal de agradecimiento.

Entonces, el profeta se dirigió a la cafetería de la estación. Pidió su café y se acomodó en una de las mesas vacías.

Tramaba el porvenir de la misión cuando, desde la televisión, escuchó una noticia de último momento: una patrulla rural había detenido a un grupo de fieles que perseguían a una mujer en las inmediaciones de Trápala.

Cuando la reportera se acercó a preguntar sobre lo sucedido, los detenidos comenzaron a gritar, unos sobre otros:

—¡Podrán con nosotros, pero no con el Salvador!
—¡Fuimos testigos de sus dones!
—¡Él nos mostró el camino!
—¡Deteniéndonos, impiden que se cumpla su mandamiento!
—“¡Arroje la piedra para librarse del pecado!”

Ernesto no pudo evitar su indignación al ver el maltrato de sus fieles. Golpeó la mesa con su mano raquítica y, tras soltar un agudo gemido de dolor, vociferó:

—¡Mujer adúltera! —refiriéndose a la víctima que, inconsciente, había sido trasladada al hospital.

Ernesto se levantó de la silla tirando todo a su paso y, apuntando al televisor, comenzó a imprecar contra el imperio. Hablaba de mártires, infieles, saduceos, fariseos, del Sanedrín, del César, etc. Al ver el alboroto que estaba armando, la seguridad, con la ayuda de los allí presentes, lo redujeron y sacaron del lugar.

Ese incidente marcó el siguiente paso: las autoridades ya sabían del profeta y habían dejado claro su rechazo. A partir de ahora, sería perseguido y, posiblemente, asesinado; o, al menos, eso pensaba Ernesto mientras era arrastrado por sus represores.

Dispuesto a vencer en esta lucha, ni bien lo soltaron, el profeta se dirigió a sus discípulos para advertirles sobre la situación y contarles su próximo movimiento. Allí estaban, a las afueras del baño: el Rengo, renegado por haber hecho el trabajo sucio, y Matusa, empapado pero inmaculado. Estaban comiendo las sobras que les habían dejado unos viajeros que los creyeron indigentes por sus pintas.

—El imperio nos pisa los talones —les comentó Ernesto—. Han reprendido a nuestros fieles y, ahora mismo, deben estar interrogándolos para que nos delaten. A partir de ahora debemos acelerar nuestro paso, por lo que tomaremos un bus hacia Penalma.

—Pero, ¡¿por qué no hicimos esto desde un principio?! ¡Nos hubiéramos ahorrado la caminata! —exclamó el Rengo, agotado de los delirios del profeta.

—No hay fe sin sufrimiento —replicó Ernesto—. El peregrinaje fue necesario, así como para los judíos los cuarenta años en el desierto del Sinaí para llegar a Israel. ¡Cuarenta años para llegar a su destino, y tú te quejas por tres días!

El Rengo, resignado, pero con la ilusión de encontrar allí nuevos fieles que llenaran sus bolsillos, cedió.

Se dirigieron a la estación y esperaron en un banco de allí, hasta que se hiciera de día. Una vez amanecidos, compraron los boletos y se dispusieron a partir.

Capítulo XV

Trilema y contradicciones


En el viaje no ocurrió nada muy interesante: solo otra de las tantas humillaciones que el Rengo prodigaba al profeta y una escena surrealista con el viejo Matusa como protagonista. Le cuento.

El Rengo leía, de a ratos, alguno que otro de los borradores de Ernesto, con la sospecha de que alguno de ellos pudiera serle útil en un futuro cercano. Sin embargo, su búsqueda era constantemente interrumpida por el viejo dormilón de Matusa que, moviéndose como un péndulo, se ladeaba cada que el colectivo esquivaba un pozo o giraba, obligando al Rengo a esquivar los cabezazos cual Nicolino.

En el asiento de adelante, mientras sus discípulos se disputaban el confort, el profeta, miraba desde la ventana el vasto paisaje de nuestra llanura pampeana, ese que da protagonismo al cielo y sus matices. No paraba de pensar en todo lo que le había sucedido en tan poco tiempo: Había luchado con Dios y con el demonio, había sido objeto de burla y, luego, por el poder de su palabra, temido y perseguido.

Miraba la bóveda celeste y pensaba en Dios, en la misión que este le había encomendado, pero algo dentro de sí lo hacía dudar.

¿Qué es todo esto? —se preguntaba—. ¿El castigo de la retribución divina (una trampa), un invento del ego o una verdad revelada? ¿El castigo que me conduce a padecer en carne propia el pecado cometido? ¿Un invento del ego, que se rehúsa a aceptar su intrascendencia? ¿O una pista hacia la felicidad anhelada?

Siendo consciente de las posibilidades, ¿qué me impide avanzar? ¿Vale la pena sacrificar la tercera de las opciones por miedo a las dos primeras? ¿Vale la pena condenarse a la infelicidad por temor?

Si la vida tiene que impartir justicia lo hará de una u otra manera, por lo que tarde o temprano seré sentenciado. Pero la sentencia puede venir en manos de la misericordia, que se apiada de uno cuando, al indagar en el culpable, descubre el arrepentimiento.

De esa forma, a modo de redención, el pecado es expiado por la culpa que, en todo caso, si su mano lo dispone, puede devenir en transitoria, para no ser mortal en el individuo arrepentido.

Quizá sea así y el llamado un signo de su benevolencia; o puede que, sin inmutarse ante las lágrimas del arrepentido, el peso del suplicio guillotine sus esperanzas mortecinas.

También puede que, en consonancia con la segunda opción, el dialogo con la divinidad solo sea un delirio del ego que, en un intento desesperado por darse valor, somete a su portador al engaño mediante un ardid que niega la evidencia empírica y temporal de su intrascendencia.

De lo dicho —un pobre entramado de ideas que, sin embargo, son mi único sostén—, solo queda atender al llamado.

De ser una invención, no se pierde nada al intentarlo. Incluso en el fracaso se descubre una verdad. Más aún, grandezas de todo tipo han surgido del sueño de una persona, llegando a convertirse, incluso, en el sueño de otras. Sueños han sido los que tiñeron de esperanza la vida.

En todos los que hicieron historia, hay una cuota de Fe; y, aunque se desconozca la fuente de la que mana, su contenido es fuente de vida.

Si, siendo fiel a la religión que me vio crecer, fuimos creados a imagen y semejanza de la divinidad, y su reflejo terrenal lo encontramos en Jesucristo, aquel que murió por lo que creía, quizá se trata de crear aquello en lo que creo; de materializar el ideal, como el mismo Dios, que hacia sus manos deslizo el ideal, para que las mismas construyeran aquello que creyó necesario y que por eso fue necesario.

En las cercanías de Penalma, las turbias aguas del pantano reflejando el pasar de las nubes, sembraron más dudas en el escritor.

¿Y Por qué Dios lo creyó necesario? Esa respuesta sería la fuente de la que mana la Fe. ¿La Fe es fuente de vida para el humano porque a su través supera el temor a la muerte? ¿Y Por qué el hombre puede dar su vida por un ideal, por aquello en lo que cree? ¿Pensará en la trascendencia? ¿Acaso al muerto le importan los halagos? ¿O es que hay algo más allá del cuerpo? ¿Muere el cuerpo, pero trasciende el alma? ¿Es esta la que pide a gritos vivir y morir, de ser necesario, por aquello en lo que uno cree?

Mientras el profeta divagaba, el Rengo esquivaba las arremetidas del calvo cabezón de Matusa. En una de esas, se cansó y respondió: dispuso su callosa mano sobre la sien del viejo, para luego, aprovechando el movimiento pendular, empujarlo con todas sus fuerzas. El vejete quedó sostenido únicamente por el apoyabrazos de su asiento, pero reposando su despojada cabeza contra el piso del bus, haciendo alarde de una elasticidad insospechada. Para mayor sorpresa, todo esto mientras seguía dormido.

Ahora sin interrupciones, el Rengo pasó un par de hojas al azar, hasta dar con una cuya escritura decía tal que así:

“¿Por qué Dios enreda con malicia los hilos del destino?

¿Por qué su indiferencia ante el lamento de tantos?

¿Por qué la culpa y su origen desconocido?

¿Por qué la tentación pervirtiendo al inocente?

¿Por qué las falsas señales asesinando la esperanza?

La pregunta sin respuesta es la razón”.

Qué respuesta tan extraña en boca de un hombre de fe, pensó. Puede que, al final, su creencia no sea más que un disfraz para que la realidad no le duela ¡Qué práctico resultó ser el idealista!

Así que “la pregunta sin respuesta es la razón”, repitió el Rengo, estirando cada palabra mientras asentía con la cabeza y dejaba escapar una sonrisa burlona. Sin quererlo, esa afirmación llegó como una respuesta inesperada a los oídos del pensativo profeta.

Ante tal osadía de su discípulo, Ernesto montó en cólera y procedió a regañarlo:

—¿¡Cómo te atreves a decir eso!?

—¿qué cosa? —preguntó el Rengo, desconcertado, sin darse cuenta de que había hablado aquella afirmación.

—¡Eso que dijiste!

—¿Qué dije? —dijo el discípulo, ahora consciente de su error, pero no arrepentido.

—¡“La pregunta sin respuesta es la razón”! ¡Blasfemo!

—Es palabra santa —retrucó el Rengo.

—¿¡Cómo te arrogas la facultad de hablar en nombre de la Divinidad!?

—Son palabras que salieron de la boca del profeta Ernesto.

—¡Pero porque tú me hiciste repetirlas! ¡No te atrevas a jugar conmigo, discípulo! ¡Y menos aún te atrevas a negar la existencia de Dios! —dijo el profeta que, sin embargo, buscaba en su memoria si había dicho y pensado algo así, porque tales palabras le resultaron familiares.

El Rengo, jugando con la frágil cabeza del profeta, lo trató de Maestro para endulzarlo un poquito y con un tono de súplica recitó los interrogantes de la hoja.

Las preguntas resonaron en lo más profundo de la memoria de Ernesto que, haciendo gala del pragmatismo del que sospechaba el Rengo, optó por la indignación.

Acostumbrado a lidiar con ella, el profeta se volteó sobre su asiento, como buscando ignorar a su discípulo rebelde y se dejó llevar por el sueño.

El Rengo dándose por satisfecho luego de humillar nuevamente al profeta, retomó sus lecturas.

El viejo, por su parte, dormía plácido mientras su cuerpo trazaba una parábola sobre el eje del apoyabrazos. De tanto en tanto, soltaba un gemido cuando algún pasajero despistado le encajaba un puntinazo al pasar.

Capítulo XVI

La última cena


Llegaron a la estación de Penalma. Apenas bajó del bus, el profeta, con un porte majestuoso y la vista clavada en el horizonte, dijo:

—He aquí donde guarecen los enemigos de mi Padre; que, al ser de mi padre, son míos también; y al ser míos, de mis fieles; y al ser de mis fieles… —y así hubiera seguido de no ser por los insultos de la gente, atestada dentro del vehículo por su culpa.

Fue en ese momento cuando recordó la humillación de Jesús en el cadalso, mientras era insultado por una parte del pueblo y golpeado por las autoridades.

Dejando paso a la muchedumbre, algunos de los cuales lo cachetearon a la pasada, se dirigió a sus discípulos:

—¡Vean como humillan al enviado de Dios! Aun así, esto es necesario para consolidar el reino de los cielos en la Tierra, puesto que solo del arrepentimiento nace la sincera bondad. El golpe que me dan será para siempre el ardor en su espíritu, recordándoles cuando obren de mala manera.

Con la imagen de Cristo en el final de sus días como referencia, dijo:

—Es evidente que mi final está cerca. Por eso me encomiendo a ustedes a fin de que busquen una casa que nos preste su salón para degustar lo que posiblemente sea mi última cena.

Y siguiendo la versión del evangelio de Lucas sobre la última cena, ordenó:

—Al entrar en la zona céntrica, les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo hasta la casa en que entre y díganle al dueño de la casa: “El Maestro pregunta ¿dónde está la sala en la que voy a comer con mis discípulos?”. Él les mostrará en la planta alta una sala amplia y amueblada. Preparen allí la comida; y que no falten el pan ni el vino, por favor.

—Yo, mientras tanto, me acercaré al templo para advertir a aquellos que aún estén dispuestos a salvarse de mi furiosa arremetida contra la lacra que lo habita —agregó.

Los discípulos partieron en silencio para cumplir con su cometido. Caminaron un rato y, al doblar sobre la avenida principal, se toparon con el hombre del cántaro, tal como había dicho su maestro. En realidad era un sodero que estaba despachando su mercancía en el bar de la zona.

El viejito, fiel a su amo, tomó la delantera y se adentró confiado en el lugar. Una vez allí, de cara al mostrador, se quedó en blanco cuando el mozo le preguntó qué necesitaba. Quiso responder, repasar mentalmente las instrucciones que había recibido, pero no pudo: las palabras se le habían esfumado.

Después de un rato de incomodidad, en el que le ofrecieron asiento al pobre Matusa —pues creían que estaba por darle un ictus—, entró el Rengo y pidió, para la noche, una de las mesas del segundo piso, repleta de buenos vinos y panes. Desembolsó todo lo que tenía, juntando lo de las ofrendas y el dinero del amor platónico del profeta, y pagó una parte del total; lo suficiente para que aceptaran la reserva. Una vez preparado todo, rumbearon hacia el templo para dar aviso a su maestro.

Mientras tanto, el profeta había llegado a la plaza que servía de atrio para el templo. Desde allí, miraba asombrado los altísimos pináculos de la basílica de Fuego Fatuo, que parecían penetrar en las nubes del paraíso. Se ven sorprendentes desde aquí, pero del otro lado de la nube deben parecer clavos en la alfombra de Dios; espero que no ande descalzo, pensó. Al ver a los turistas sacándose fotos con el templo de fondo, concluyó que todo eso era exceso e idolatría.

De a poco, fue acercándose hasta avistar un enrejado, y más acá, una cantidad exagerada de manteros que vendían cadenas, rosarios, estampitas, medallas; todo con aparente motivo religioso. Más allá de las rejas, divisó aquello que había soñado, la “santería”. De ella salían los visitantes del templo, con bolsas de regalos bendecidos para sus seres queridos.

Al ver a toda esa gente lucrando con Dios, no pudo soportarlo y pensó lo peor. Son poco más que gusanos, se dijo. En ese momento, tuvo una revelación, cuya manifestación en forma de palabra proclamó repetidamente durante un buen rato, allí, entre los manteros, con el objetivo de salvar a cuanto pecaminoso pudiera:

—¡Sean como el gusano de la seda y renuncien al oro por sus alas! —vociferaba Ernesto.

Pasaba el tiempo y, al ver que ninguno de los vendedores atendía al llamado, comenzó a patear disimuladamente las sagradas mercancías. Así, consiguió que los mercaderes fueran acumulándose detrás suyo, casi que haciendo fila para golpearlo, pero el profeta siguió a paso firme sin prestarles atención.

La golpiza fue evitada por el Rengo que, junto con Matusa, había llegado al templo. Este les ofreció a los mercaderes una plaza en la última cena, una oferta que aceptaron sin rodeos, sobre todo porque el líder de los manteros era un viejo conocido suyo. También, les advirtió de la locura del profeta; les recomendó que se hicieran pasar por sus discípulos; y, una vez en el salón, que avisaran al dueño que todo corría por cuenta de Ernesto.

El profeta, ajeno a la mediación de su discípulo, siguió su camino y se adentró en el templo. Una vez allí, vio a la gente haciendo fila para sacarse una foto sonriente con el Cristo crucificado de fondo. ¿Qué clase de locura es esta?, pensó. Sin dudarlo, arremetió contra ellos y se dispuso a arruinar sus fotos, cruzándose justo en el momento del disparo. Algunos respondieron con insultos, cuyos ecos resonaron por los pasillos santos del templo.

Finalizado el escrache, asumió el fracaso de resolver por vías pacíficas la corrupción del templo. Solo le quedaba la violencia, pero, para no romper con la cronología de los hechos, decidió volver al día siguiente y así poder gozar de su última cena.

Con la cabeza a gachas y la resignación por delante, salió del templo.

Afuera lo esperaban sus discípulos, quienes le informaron sobre los preparativos de la cena. El Rengo también le habló de los nuevos fieles: los manteros. Le dijo que sus palabras habían calado hondo en ellos y que asistirían a la cena para recibir el perdón de los pecados y convertirse a la religión.

El profeta se emocionó al ver que su sacrificio daba frutos, por pequeños que fueran. Miró al cielo buscando la aprobación del Señor y sintió el reflejo del Sol como la caricia del Padre.

Renovada su fe, emprendieron el camino hacia el salón.

Al doblar por la calle que costeaba la basílica, se encontró, tal como en su sueño, con una mujer harapienta que, con su niño en brazos, mendigaba unas monedas.

El profeta había ignorado su presencia cuando entró al templo. No podía creerlo. En el fervor de su lucha se había olvidado de los más vulnerables.

Enmendando su error, se dirigió a ella y la invitó a la cena. La mujer, llena de júbilo, aceptó la invitación, pero no sin preguntar el porqué de su hospitalidad. El profeta, refiriéndose al amor, le dijo:

—Te ofrezco mi hospitalidad por la misma razón que tú amamantas a tu hijo.

—Porque si no me pesaría la teta —respondió la mujer.

—Exact… ¡Espera!, eso no es a lo que me refería. Lo hago por amor —dijo el profeta, reculando—. Igual, no te aflijas por tu incomprensión. El acto de amor es mio y no tuyo, que aceptas por hambre y no por devoción; así como tu hijo se prende de tí no por amor, sino por necesidad. Te espero esta noche, en lo que será mi última cena.

—¿Por qué será la última?

—Porque mi final se avecina.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que oyes, mujer de los pesados senos —dijo Ernesto, mirándole los pechos—. Estoy a punto de entregar mi vida para salvarlos a ustedes, los que habitan esta tierra. Yo pagaré por sus pecados y sacrificaré mi vida en una lucha fatal contra los malvados que habitan el templo.

—Esos hombres sí que son malos —dijo la mujer, tapándose el pecho luego de la descripción del profeta—. Hablan de amor al prójimo, pero ellos y sus fieles hacen oídos sordos a mis súplicas.

—Eso es porque, cual fariseos, procuran cumplir con la tradición de venir al templo pero se olvidan de obrar como aquel al que adoran en él. A día de hoy, ni siquiera adoran al Cristo por su sacrificio, sino que adoran su imagen, su figura engrandecida por lo ominoso del templo en que reside junto con la de sus santos. Es hora de volver al origen, y tú serás testigo de ello; una de las tantas personas que presenciaron mis actos. Ahora, mujer de la voluptuosa figura, déjame partir con mis discípulos. Te veré por la noche.

—Gracias, señor— dijo ella, despidiéndose.

El profeta imagino esa palabra de cortesía con mayúscula: “Señor”, tal y como se nombra a la deidad en las Sagradas Escrituras. Creyó, en ese momento, que su persona irradiaba algo divino, como si él también fuera la encarnación de Dios en la tierra ¡Ya me gané mi lugar junto a Dios, mi Padre! exclamó.

Toda esa emotiva escena fue presenciada por los manteros que anteriormente habían querido apedrearlo. Fingiendo admiración, prodigaban toda clase de elogios hacia el profeta que, orgulloso, señaló a sus discípulos lo conseguido.

De a poco, casi por inercia de la muchedumbre, fue sumándose más gente. Algunos habían escuchado en las noticias los testimonios de un grupo de fieles que hablaban de los prodigios de un nuevo salvador. Pensaron que se trataba del allí presente. El rumor se fue divulgando entre el gentío, y muchos decidieron creer.

Entre ellos se fue abriendo paso Ernesto, que se imaginaba como el Cristo en su entrada triunfal a Jerusalén.

El paso lento, entorpecido por la multitud, fue consumiendo las horas a tal punto que, al llegar a la sala de la ceremonia, ya era de noche.

Al entrar, Ernesto se sorprendió al ver el orden de las cosas: las mesas con sus respectivos manteles, los cuadros decorando las paredes, la música adornando el silencio, la barra rebosante de bebidas, y el mozo —para él, un fiel servidor—, que lo guió hasta su mesa.

Cuando este estaba por retirarse, el profeta lo tomó de las manos y las besó, agradeciendo por darle lugar en sala. Luego, se dirigió a Dios y a sus discípulos para dar gracias por tan lujosa cena; y, por último, al resto de los fieles, que habían abarrotado el lugar, bajo la supuesta invitación de Ernesto.

El mozo volvió con unos vinos, copas y una canasta con panes. Ernesto, luego de besar nuevamente las manos del servidor, se levantó de su silla y repartió los panes. Después, descorchó la botella. El vino, de añejo que era, solo con su olor empedó al profeta. Aun así, se dirigió con torpeza a sus fieles:

—Toman y repártenla entre ustedes —ordenó, no sin esfuerzo, mientras deslizaba la botella hacia las manos del Rengo, que se encargó de servir a los comensales.

Se dispuso a dar un sorbo y prosiguió con el discurso:

—“Oniv etse agep omoc” —dijo el profeta, con las consonantes resbalosas y las vocales estiradísimas, y siguió durante un tiempo con el balbuceo extasiado de un idioma desconocido.

Los fieles miraban desconcertados. El Rengo, para salir del apuro, se paró al lado del profeta y, hablando encima suyo, a modo de traductor, dijo que se trataba del idioma de los dioses. Dirigió su mirada al líder de los manteros, en busca de aprobación, y solo basto con sus aplausos para que el resto del rebaño los imitara. Entre ellos, estaban el viejo y la mujer embarazada, que acompañaban los aplausos con un llanto.

—¿Y qué nos dice? —preguntó el líder de los manteros, fingiendo interés, mientras guiñaba el ojo al Rengo.

En ese momento, el discípulo se preparó para dar el discurso que consolidaría la moral de la nueva religión, cuya forma se manifestó por primera vez cuando Ernesto apedreó a la mujer adúltera.

Capítulo XVII

La nueva moral


A la pregunta, sobrevino un grave silencio, del cual se valió el emisario para cavilar sobre la nueva moral que instauraría con su discurso. Quizá por ser la razón de la última cena, la muerte fue su piedra angular.

Mirando a su alrededor, buscando estímulos que moldearan a su discurso, se apercibió del contraste entre las risas de los farsantes y el llanto de los ingenuos; recordó las contradicciones del profeta, encarnadas en las emociones de sus fieles; y, por último, acudió a sus propias experiencias de vida. Armado de valor, y simulando traducir al profeta, dijo:

—Al llegar la muerte, vi a las moscas merodear sobre la serpiente lo mismo que sobre los restos del inocente. Y esto es así, queridos fieles, porque el Dios inapelable sentencia con ese final al acusado universal, cuyos cargos desoye.

—De ese juicio sólo quedará el rumor de voces anónimas que elogiarán o criticarán al condenado, pero no serán de importancia pues la tierra le tapará los oídos.

—La inocencia, por tanto, no es más que un tributo que pagan los condenados que ambicionan una vida más allá por temor a la muerte… ¡Oh, la muerte! Tan seductora es ella, que roba con el precio y, aun así, le regalan el vuelto… Pero nosotros… ¡No! Nosotros, los pícaros, culpables de nuestra astucia, anteponemos el amor a la vida y aceptamos humildemente el lugar que se nos da. Aceptamos ese lugar donde el amor se hace carne en el corazón sangriento de cada uno, que late llamando a satisfacer el instinto, la señal que ordena desde lo más profundo de nuestro ser. ¡Esa es la única verdad!, y a ella nos entregamos completamente, haciendo uso de nuestras cualidades sin importar cómo. Porque nuestro ingenio no existe para obedecer culposamente mandamientos que limitan la libertad; así como tampoco las garras del león para acariciar a la presa, ni sus colmillos para masticar hojas.

Luego de esas palabras, el vítor y los aplausos de los allí presentes invadió la sala. Los únicos que no festejaban eran el viejo y la mujer mendiga, que desconfiaban de lo que habían escuchado.

El Rengo, al verlos, enfureció creyendo que su escepticismo haría desconfiar al resto de los fieles que, como toda masa, obraba por efecto contagio. En un sutil ardid, le dio un puntinazo en la pantorrilla al enajenado profeta, que alzó los brazos a la vez que lanzó un insulto indescifrable. Aprovechando ese movimiento, manipuló el brazo del salvador y lo apuntó hacia los herejes, haciendo parecer que era a ellos a quienes insultaba. Una vez plantada la escena, el Rengo sentenció:

—Queridos fieles, sírvanse sin culpa del pecado, que es la piedra que lanzar al inocente; ese que por cobardía y ambición convirtió este bello prado en un valle de lágrimas.

Y predicando con el ejemplo, tomó el florero que había en la mesa y lo arrojó contra los inocentes. La muchedumbre lo imitó. Volaban, entonces, cubiertos, platos, vasos, panes, escupitajos, todo aquello que pudiera ser arrojado contra las pobres figuras del viejo y la mujer.

Entre todo ese caos, el Rengo se empinó la botella y dijo:

—¡Salu…digo… ¡Amén!

Los mozos, al ver el linchamiento, llamaron a las autoridades del imperio que acudieron de inmediato para la redada. El único problema fue que, siguiendo a rajatabla la ley, estuvieron algo así como un minuto con la sirena encendida frente a uno de los semáforos cercanos al bar, a la espera de que trocara en verde. Esto, como era de esperarse, alertó a los fieles, que tuvieron el tiempo suficiente para escapar del lugar.

Sólo quedaron en la sala, además de los trabajadores, los cuerpos inconscientes del viejo y la mujer mendiga, sobre los cuales lloraba tendido el profeta, vuelto a la realidad luego de que, durante el linchamiento, uno de los objetos voladores le diera de lleno en la frente.

Ernesto no tenía claro lo que había sucedido. En su memoria fragmentada recordaba a la muchedumbre inquieta entre la lluvia de objetos, el golpe en su frente, y la huida de los fieles, entre los cuales se encontraba el Rengo. Al acordarse de él, un pinchazo le recorrió la pantorrilla. El dolor evocó la secuencia del puntinazo. ¿Por qué lo hizo?, pensó en voz alta. Luego del golpe…luego del golpe tomó mi brazo… y, acto seguido, pronunció unas palabras. Pero… ¿qué hacía él hablando? Si era mi momento; él sólo debía guardar silencio. Y si era mi momento…por qué no recuerdo nada de lo que dije…

Buscando respuestas a su alrededor, dio con la botella de vino sobre su mesa. El último trago...

De repente, como si Matusa estuviera poseído por el espíritu de la verdad, irguió su torso tieso y, mirando —“mirando”— a la nada misma, dijo:

—¡El último trago fue del Rengo! ¡Él nos hizo esto! “Sírvanse sin culpa del pecado” dijo, y arrojó su lluvia de violencia contra nosotros —declaró, para desplomarse nuevamente.

¡¿Cómo pudo hacerme esto?!, se preguntó el profeta. Sin embargo, luego de la precoz indignación, reconoció en esa sentencia su propia autoría. Y no se equivocaba, ya que, durante el viaje en colectivo, el Rengo la había encontrado entre las hojas que había robado del escritorio de Ernesto.

Así, se vio reflejado en la figura del impío que lo había traicionado; y, peor aún, en las palabras que incitaron el sacrificio de sus más inocentes fieles.

Acometido por la culpa, rememoró cada momento en que el arrepentimiento había tenido su lugar: la reivindicación de Caín, la piedra arrojada a la mujer adúltera, su derrota ante Satanás, su encuentro con la muchacha del cruce…

La incomprensión del hecho, el escuchar sus palabras en boca de su discípulo, lo retrajo a su primer encuentro: ‘Vos y yo somos lo mismo’, ‘hijos de Dios’. Más aún, aquella paridad evocó la ensoñación de la noche en la que todo comenzó: el rostro del depredador y de la presa eran idénticos. Finalmente, los recuerdos se disiparon en un espiral ascendente, semejante al cuerpo de una serpiente acorralada.

Recordando su tortura, Ernesto se incorporó de un salto, pero cayó al instante, vencido por el dolor en su pierna herida.

Las autoridades allí presentes, espectadores de la dramática escena, arremetieron contra el profeta al asociar su cojera con la acusación del viejo. Con el mínimo esfuerzo lo redujeron y aporrearon hasta dejarlo inconsciente.

En sus últimos momentos de conciencia, como queriendo continuar con la farsa a pesar de saberse descubierto, gritó:

—¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!

Capítulo XVIII

Resurrección


Ernesto, atolondrado y adolorido, despertó en la oscuridad de un calabozo solitario. Más allá de los barrotes, pudo divisar la figura de un guardia que lo miraba atentamente.

—¡Mirá quién despertó! ¡El Salvador! —dijo socarronamente el guardia.

—¿Qué día es hoy? —preguntó Ernesto, confundido.

—Hoy es domingo; tardaste tres días en despertar.

La profecía sigue su curso, pensó; y, en voz alta, dijo:

—Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y resucitar al tercer día.

El guardia se rió en su cara.

—Admito que por el poder de la porra nos pasamos un poquito, pero no llegamos al punto de quitarte la vida; solo estuviste inconsciente durante un tiempo. Incluso te levantaste un par de veces por las noches, medio sonámbulo al parecer; rondabas la celda dando zancos, como queriendo subir peldaños, y le pedías disculpas a no sé quién.

—Me preparaba para mi ascenso a los cielos. Ahora ha llegado el momento; así que no me retengas, pues todavía no he subido al Padre.

—¡Qué limado estás! Ni los golpes sirvieron para acomodarte las ideas —dijo el guardia—. Vas a tener que hacerte de paciencia antes de “ascender a los cielos” porque tu situación está bastante jodida —le advirtió, mientras emprendía su retirada sin atender a las súplicas del profeta.

Las esperanzas del profeta se consumían en el silencio corrupto de su calabozo, viciado por los alaridos de sus vecinos.

Cuando todo parecía perdido, vió asomarse por el pasillo a un hombre de traje blanco. Creyendo que se trataba de un ángel enviado con buenas nuevas por Dios, le dijo:

— Acércate, ángel de Dios, y dime qué buscas.

— Buen día. Soy el DOCTOR Pedro Santos —dijo, acentuando su título—. Estoy aquí para…

— ¡Santo Pedro! ¿eres tú? — exclamó el profeta, con un atisbo de fe.

— Sí, ¿acaso usted no escucha? Le acabo de decir mi nombre. Soy Pedro Santos y estoy aquí para asesorarlo en materia penal. Así que si quiere, podemos ir dando…

—¡Ah, Santo Pedro! el guardián de las Alturas —interrumpió nuevamente el profeta—. ¿Qué quiere de mí el tribunal de los Cielos? ¿Acaso no bastó con mi sacrificio?

El ángel, hastiado por las interrupciones, se dejó llevar por la inclemencia:

—Bueeno… más que suyo, el sacrificio fue de sus fieles. Pero vayamos al grano: usted fue detenido el jueves por la noche, por alteración del orden público y desacato a la autoridad. Luego, su situación se agravó al cabo de unos días, al ser acusado de secuestro de persona en la denuncia presentada por la familia de Carlos, el anciano que terminó inconsciente aquella noche. También, el área de Servicio Social del hospital público donde fue atendida la mujer mendiga, presentó una denuncia contra usted por incitación al odio y por trata de personas, pues su hijo desapareció aquella noche, y sospechan que usted tuvo que ver.

Mientras la silueta del supuesto santo se desvanecía por el pasillo de las ilusiones, luego de las buenas nuevas, el desencantado Ernesto agachó la cabeza, dejó caer un par de lágrimas y se aunó con el silencio corrupto del calabozo. Al cabo de un rato, intentó alzar su rostro, pero solo sirvió para ver las paredes rayadas con el sufrimiento de los otros prisioneros, agravando la pena. Todo era impuro allí; él incluso.

Hastiado de su situación, la cual creyó irremediable al ver que ni siquiera podía escapar de su pasado, de sus palabras, determinó su porvenir. Al menos sería capaz de darse muerte.

Consumidas las largas horas que lo separaban de la noche, esperó a que el guardia se durmiera y prosiguió con su cometido. Se quitó el cíngulo que usaba para ceñirse la túnica, lo colgó de una tubería que pasaba por el techo y, con el otro extremo, se amarró el cuello. Luego, resuelto, pero lleno de miedo, se subió a una banqueta que había colocado debajo de la soga y, tras un largo suspiro, se encomendó a Dios y dio el salto de su vida.

El silencio fúnebre del calabozo fue interrumpido por un fuerte estrépito a coro con un alarido desgarrador. Ernesto, jadeante y con la soga de bufanda, yacía estampado contra el piso.

Como siempre, la emotiva escena había sido más que un intento fallido porque, para consumar el acto, debería haber dispuesto la soga desde la banqueta, para que, efectivamente, esta se tensara al saltar.

Puede que la contusión cerebral, fruto del golpe, haya renovado su ilusión, pues las gotas de humedad que caían del techo sobre su problemática cabeza fueron concebidas como la manifestación de una nueva señal: la tristeza de Dios al verlo sufrir. El intento de quitarse la vida falló por intervención divina.

Renovado el ciclo, renovada su fe, con la redención como objetivo y el Rengo como enemigo, se dispuso a partir. Su primer paso sería escapar del calabozo.

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