Recuerdo que se quedó a vivir con nosotros una temporada un hombre que era amigo de mi padre. Tenía el pelo gris y una extraña mirada aceitosa y perdida que no podía catalogar. Su nariz curva y unos labios en los que el superior se curvaba sobre el inferior, le daba un aspecto de tapir melancólico.
Recuerdo la imagen de él tumbado en un colchón viejo, pensando en nada. Mi padre decía que era un poeta, pero a mi me parecía un vago profesional.
En verano se paseaba desnudo con unos calzoncillos grises. Tendría unos cuarenta y muchos, y su mirada, su cuerpo, su manera de moverse, comunicaba una tibia y anhelante lascivia. Siempre se estaba tocando los testículos, como aferrándose a lo único tangible que le quedaba de una identidad borrada tras la caída de la URSS.
Iba a la piscina aparentemente sin ser consciente de nada, absorbido en su mundo. Se bañaba con sus permanentes calzoncillos grises, y los lavaba en lo hondo de la piscina. Se los quitaba, los frotaba, los escurría muy concentrado, mientras los vecinos hacían como que no veían nada.
Yo tenía la impresión de que todos los soviéticos que llegaban a España traían consigo algo descolorido y gris. Era su ropa, su piel, sus ojos, su pelo. Como si hubiera una fina capa de polvo incrustada en todos ellos. Podía haber matices, en algunas partes más oscuro, en otras más claro, a veces un casi blanco, sin llegar a brillar nunca.
Eran los vestigios de la derrota de una superpotencia, y él era uno más, entre otros muchos que llegué a conocer durante los años que siguieron.
La imagen de él, una sombra ida en ese mundo vivo y ajeno, bañándose en la piscina sin darse cuenta de nada, tocándose los testículos, desapareciendo poco a poco como un recuerdo que se diluye en el agua.
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