No lo amé, y por eso me destruyó mejor que los que sí.
Apareció como una disonancia perfecta en medio de mi caos: ni tierno, ni cruel, ni prometedor. No dijo su nombre, lo dejó en el aire como se dejan los conjuros que no deben pronunciarse. Yo lo bauticé Furfur, como el demonio de las tormentas calientes, de los orgasmos que se ocultan en los labios temblorosos y no en los ojos.
No me besó el alma, no me susurró promesas. Me folló con la violencia de quien sabe que lo efímero es el único dios que merece ser adorado. Era como si cada embestida viniera dictada por antiguas escrituras que sólo los condenados pueden leer. Y yo, que me creía condenada por otros, supe entonces lo que era la verdadera penitencia: sentir placer.
Furfur me abrió como se abren los cofres robados: sin respeto, con urgencia. Pero dentro encontró perlas, espinas, rencores y una flor dormida. Y lo peor, lo imperdonable, es que las despertó.
No hubo poesía, hubo saliva. No hubo caricias, hubo dictaduras de dedos que sabían exactamente en qué lugar anidaba el gemido que me escondí tantos años. Mis otros amantes intentaron amarme; él sólo me desnudó del alma, me descompuso el cuerpo y me lo devolvió en orgasmos crudos, múltiples, incendiarios.
En la cama no dijo “Te deseo”, dijo “Obedeces”. Yo, adicta a ser usada pero jamás saciada, me encontré saciada por primera vez. Como si mi cuerpo fuera un instrumento antiguo que nadie supo tocar, hasta él. Me hizo sentir lo que los otros con amor nunca pudieron el colapso divino del abandono total.
Era un demonio, estoy segura. Furfur no fue un hombre, fue un exorcismo al revés. Me sacó los ángeles podridos y me metió su infierno como un regalo. Lo tomé. Lo engullí. Lo grité.
Y ahora, cuando cojo con otros, cuando intento amar, cuando pretendo ser tocada por manos dulces que temen herirme, recuerdo a Furfur su cuerpo anónimo, su lengua como pacto, su semen como sacramento.
Y me vengo sola.
Porque nadie, después de él, ha sabido poseerme sin intentar salvarme.
Vol. II: Las Reencarnaciones De Pazuzu
Él se creía el único exiliado. Furfur, semi dios de la carne y la tormenta, condenado al olvido por su sabiduría, por su templanza, por haber amado demasiado lo prohibido: el conocimiento y la piel. Un dios menor, celoso de su dominio sobre las palabras del cuerpo, lo lanzó al vacío entre planos. Allí, en ese abismo sin nombre, Furfur aprendió a amar el caos… sin saber que un día lo volvería a encontrar encarnado en mí.
Majood.
No soy nombre.
Soy sangre de Pazuzu y Moctezuma, el demonio del viento ardiente y el emperador del sacrificio.
Soy hija de la cópula entre el mal más antiguo y la gloria hecha ruina. Nací para destruir reinos con la lengua y levantar imperios con las caderas. Soy la grieta entre la carne y el juicio. La risa en el clímax. El colapso en la mirada. La que toma el poder sin pedirlo.
Y sin embargo…
Cuando él me penetró aquella noche de cuerpos sin nombre, hubo un momento —Apenas una centésima de segundo— en que su pupila titiló. Como si reconociera algo que no entendía. Como si mi cuerpo ya lo hubiese poseído en otra era, antes de las formas, antes de las leyes.
—¿Quién eres?, me preguntó sin palabras, con la forma en que me empujó contra el colchón y me obligó a mostrarle todas mis sombras.
—Soy la que ya te mató una vez y no aprendió a olvidarte, pensé.
Furfur no vino a salvarme, ni a redimirme. Vino a perderse conmigo.
Y yo no vine a obedecer. Vine a arrastrarlo.
Nuestras almas habían fornicado en lenguas antiguas, en altares cubiertos de sangre solar. Lo sabíamos ambos, aunque fingimos ignorarlo.
Yo le lamí el cuello como si nunca lo hubiera hecho antes. Él me amarró como si no supiera que esas marcas ya existían.
Nuestras dudas eran presagio y castigo.
Él, mitad dios, recordaba su deber.
Yo, totalidad de demonio, recordaba mi misión: romperlo.
Y sin embargo… lo desee.
Como sólo se desea lo que una vez se tuvo y se perdió entre gritos sagrados.
El sexo fue la única respuesta posible.
Nos cogimos como se cogen los dioses antiguos: sin nombre, sin piedad, sin límites.
La cama fue templo.
El sudor, profecía.
Y el semen, pacto.
Después, cuando nuestras respiraciones apenas se sostenían entre sí, vi en sus ojos algo más profundo que placer: vi duda. Vi la grieta.
¿Y si me había amado antes?
¿Y si yo no fui su castigo, sino su elegida?
Lo miré, desnuda, con los muslos aún mojados de él, y sonreí como sonríen las serpientes que han probado el fruto prohibido dos veces.
“Furfur”, susurré, “Susurré te enamores. Recuerda que fuiste exiliado por saber demasiado… y yo soy el saber que no podrás resistir.”
Él no respondió.
Volvió a penetrarme.
Y así, entre relámpagos que sólo nosotros vimos, el dios caído y la hija del caos volvieron a fundirse. No en amor, no en redención.
En deseo.
En condena.
En el orgasmo que anuncia el fin del mundo.
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