A la edad de dieciséis años decidí ampliar horizontes y abandoné la calidez del hogar familiar. Partí un día de otoño cuando los tibios rayos de sol teñían de ocres el paisaje castellano. Al alejarme volví la vista atrás y vi a mi madre enjugarse las lágrimas, en el rostro hierático de mi padre me pareció ver un atisbo de tristeza, entonces sentí un nudo en la garganta pero me apresuré y no retrocedí hasta llegar a orillas del Tajo. Desde entonces han pasado más de treinta años, nunca he vuelto a mis raíces ni he sabido de mi familia pues una azarosa vida me ha llevado a lugares tan lejanos que me han hecho olvidar los aromas y colores de mi tierra.

Nunca me movió el afán del oro, las sedas o las especias, tan sólo fue la necesidad de explorar lo desconocido lo que me llevó por mares y tierras indómitas. He surcado las costas mediterráneas en veleros de cabotaje, me he bañado en las cálidas aguas del mar rojo y caminado por las resecas tierras de Arabia; he atravesado el Nilo en falucas cuyo tamaño no superaba el de los cocodrilos que pueblan sus aguas, he pisado las arenas de desiertos amarillos donde el sol danzaba entre las dunas. Allí amé a mujeres de ojos oscuros que imaginaba hermosas tras los velos que cubrían su rostro y me perdí a veces entre los muslos de ébano de las mujeres africanas. Me he adentrado en selvas donde el calor y las ciénagas hacían morir a los hombres entre vómitos y espasmos. Pero ninguno de estos peligros o placeres me bastó para detenerme. Así, estando de paso en Simirnak, la ciudad de las mil palmeras, llegó a mis oídos por boca de un mendigo que más allá de los reinos del islam hay ciudades en cuyos templos se venera el erotismo y elefantes que los príncipes montan y engalanan. Dijo también que al Norte, a varias jornadas de la selva, se levantan moles rocosas tan altas que el hielo de sus cumbres alcanza las estrellas.

Cuando estas maravillas me describió pensé que eran fantasías, pero comprobé que grandes debían de ser las delicias de oriente pues muchos eran los hombres que arriesgaban sus vidas para llegar hasta ellas. Eran mercaderes en busca de las codiciadas especias, que atravesaban el desierto con sus caravanas y exponían sus vidas al peligro de los bandidos.

Ya he referido que nunca ambicioné riquezas pero se despertó en mí un vehemente deseo de viajar hasta las indias, y quiso la fortuna que hallándome embarcado en una galera por el Mediterráneo, conocí a un portugués que me habló de una expedición que el rey lusitano proyectaba para llegar al reino cristiano del Preste Juan, conocido descendiente de los tres reyes magos de oriente. Nunca supe con certeza dónde se hallaba tal reíno pero intuí que no había de estar muy lejos de los templos y elefantes de las índias. Decidí formar parte de la expedición y una vez arribados al puerto de Sevilla, directo me dirigí a Lisboa con la esperanza de que las naves no hubieran zarpado aún. Llegué al estuario del Tajo bien entrado el verano y en menos de un mes ya me encontraba a bordo de la segunda carabela de la flota que recorrería el litoral africano situado al sur de la Costa del Oro. Pronto supe que nuestro propósito era explorar una ruta hacia las indias bordeando África a fin de evitar el imperio otomano. Allí comenzaba, sin yo saberlo, la mayor de mis aventuras, la que me llevaría al lugar donde ahora me encuentro.

Es difícil describir este lugar sin que un escalofrió recorra mi cuerpo, podría decir que es un paraíso pues las flores crecen en los acantilados hasta el borde del mar, hay playas de arena fina y el agua es transparente y turquesa. Pero estoy sólo, rodeado por esta inmensidad azul.

Recuerdo que viajábamos rumbo al Sur, pasamos la desembocadura de un gran río cuando un temporal nos condujo mar adentro. Todo fue muy rápido, en medio de la oscuridad una ola me arrastró por la cubierta y caí al agua, sentí un golpe en la cabeza y se hizo la oscuridad. Cuando desperté estaba tendido sobre la arena. Lucía el sol. Busqué en el horizonte las naves pero no había rastro de ellas, es probable que el mar las hubiera engullido.

Llevo aquí muchos días y empiezo a acostumbrarme a esta soledad, he dejado de buscar señales en el océano, disfruto de su presencia y del aire que me rodea, no espero nada, después de todo se está bien en este lugar.

¿Es mi imaginación o es real? Sí, es un barco. ¡Dios mío, parece imposible pero son las carabelas portuguesas! Se acercan, sí, son mis viejos compañeros, volveré al hogar.



CABO DE BUENA ESPERANZA, SITUADO EN SUDÁFRICA

LATITUD SUR 34º 21´24´´

LONGITUD ESTE 18º 29´51´´

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