Lazos Eternos

Lazos Eternos

Adrate

15/11/2023

Las sombras bailaban en las paredes mientras Anna se sentaba sollozando al borde de la cama vacía. En sus manos temblorosas sostenía una vieja fotografía desgastada, el rostro sonriente de un hombre mirándola desde el pasado distante.

«Mi Thomas…», susurró, pasando suavemente un dedo sobre la imagen. Una lágrima cayó sobre el papel, emborronando los rasgos tan familiares y añorados.

Habían jurado amor eterno bajo la luz de la luna, dos almas predestinadas a estar juntas para siempre. Eran jóvenes e ingenuos, ajenos a la crueldad del destino y los siniestros designios del mundo.

Ahora Thomas se había ido, arrancado de su lado demasiado pronto por la espiral descendente de las adicciones. Ella había luchado con uñas y dientes para salvarlo, para rescatar al dulce hombre del que se había enamorado, pero la oscuridad fue más fuerte.

Y Anna se había quedado sola, varada en una realidad gris y vacía sin su compañero de vida. Habían planeado tantos sueños juntos… una casa, hijos, verlos crecer y envejecer abrazados. Sueños que ahora no eran más que cenizas esparcidas al viento cruel del destino.

Pero pronto se reunirían de nuevo. Anna acarició con dedos temblorosos el frío metal del revolver a su lado. Su vía de escape, la llave a las puertas del más allá donde su amor aguardaba.

«Espérame, mi dulce Thomas… pronto estaremos juntos otra vez», susurró en la habitación vacía.

Cerró los ojos con fuerza, invocando el recuerdo de la risa de Thomas, el azul de sus ojos mirándola con devoción. El arma temblaba en su mano mientras lentamente comenzaba a jalar el gatillo.

El estruendo sacudió la casa hasta sus cimientos. En la quietud de la medianoche, el sonido retumbó como un trueno, resonando entre las paredes vacías.

Y luego, silencio.

Cuando los primeros rayos débiles del sol se filtraron por las rendijas de la ventana, la puerta se abrió de golpe. Un hombre irrumpió en la habitación, con el rostro demacrado y los ojos desorbitados.

-¡No! ¡Dios, no! -Gritó desesperado, arrodillándose junto al cuerpo sin vida de Anna. Gruesas lágrimas surcaban su rostro mientras acunaba su frágil cuerpo entre sollozos.

La vieja fotografía yacía en el suelo, junto a la mano extendida de Anna. El hombre la levantó con dedos temblorosos, esperando ver su propio rostro devolviéndole la mirada.

En cambio, se encontró con los ojos de un extraño. Un rostro desconocido le sonreía burlonamente.

Los ojos del hombre se abrieron con horror y confusión. Soltó la fotografía como si le quemara. ¿Quién era ese hombre misterioso que había ocupado su lugar en el corazón de Anna?

Las preguntas sin respuesta se arremolinaban en su mente. ¿Cuánto había durado esta traición secreta? ¿Eran amantes? ¿O algo aún más retorcido y maligno se ocultaba tras esa imagen?

El dolor lo desgarraba por dentro mientras las lágrimas caían sobre el pálido rostro de Anna. Había llegado demasiado tarde. No había podido salvarla de la desesperación, ni de las mentiras que la habían llevado a este trágico final.

Ahora el amor de su vida yacía inerte entre sus brazos, el oscuro secreto de sus últimos días llevándola a la tumba. Él se había aferrado esperanzado a la idea de su feliz reencuentro, solo para tener esas esperanzas destrozadas de la manera más cruel.

El sol se alzaba implacable sobre el trágico cuadro. Dos amantes destinados a la eternidad, separados por sombras del pasado. Él lloraba la pérdida del futuro que pudo ser, mientras el misterio del extraño en la foto lo atormentaría por siempre.

Este era el amargo final de su historia de amor envuelta en traición. Aunque ella lo había traicionado, él sabía que una parte de su corazón siempre le pertenecería. Hasta en la muerte estaban trágicamente unidos.

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