EL JUEGO DE CONTAR GRANOS

EL JUEGO DE CONTAR GRANOS

Estando ya en la puerta roja de sus labios lo retiró y pensó: “Mejor lo guardaré”. Esa fue la primera disputa en la que su mente y su estómago se enzarzaron.

Unos pasos más al norte, en un camino que amarilleaba, encontró otros cinco. Se sentía acompañado por la suerte, pero tuvo que pelear con un grupo de palomas para hacerse con el botín. Al fin, había conseguido reunir seis en el bolsillo de su abrigo.

Tenía al estómago bastante disgustado a pesar de los razonamientos de la mente, aquella situación debía quedar muy bien planeada; sucumbir a los impulsos no le llevaría a ninguna parte. Durante toda la andadura sus dedos no dejaron de juguetear con los granos, como si pretendiera leer con las yemas un seis en cada cara, acopiar ideas buenas o malas y repetir turno. Una de las cosas en las que su mente pensó fue en cultivar, pero el órgano digestivo no aguantaría la siembra, germinación y crecimiento, no, para él sería como sacar siempre un uno y vivir con la desesperanza de no alcanzar jamás el fin.

Más adelante vislumbró una granja con un camión azul en la entrada y se coló por el hueco que dejaba la puerta del granero debido a la holgura de la cerradura al empujar. En alto debía estar el grano. Efectivamente. Cogió un puñado y se contó veinte. Prosiguió la marcha hasta encontrar la sombra de un verde álamo, y entre una piedra plana y otra rugosa trituró los granos. Los enjugó. Los amasó con restos de bayas echadas a perder. Esperó mientras cogía hechura la pequeña fogata, y sobre otra piedra ya caliente puso el alimento crudo y fermentado.

El viento sopla y mueve campanillas en el río; hay polvo en suspensión y un aroma de ideas recientes viaja en el aire.

Comió el bocado lentamente, saboreando la transformación de cada uno de los granos.

Con las energías repuestas el estómago sugirió: “ Oye, tú, ¿y si nos dedicamos a esto?”

Así fue como llegaron hasta las semi derruidas casillas rojas de un negocio en el que se sintieron a salvo y al que llamaron “Pan Parchís”. El obrador estaba situado en la plaza Real, donde la fuente que pinchaba su centro era, por las mañanas, el bar de piedra de varias palomas. A las ocho en punto se plantaban mirando hacia la panadería, esperando a que Peter el del Pan Parchís, saliese a servirles las migajas más suculentas de su labor. Luego, las aves bebían y se iban, y Peter volaba a llevar unas hogazas gratis al granjero que aun tenía roto el cerrojo de su granero.

Como un niño ingenuo, aquel panadero jamás dejó perder la partida a ninguno de los participantes del juego de su vida.

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