El Sabor del panecillo y el Aroma de los recuerdos

El Sabor del panecillo y el Aroma de los recuerdos

G.M. Dutroc

21/07/2023


Había algo mágico en el sabor del «panecillo», una panadería tradicional en el corazón del pueblo.

Los dueños originalmente vinieron de Alemania, y la habían llamado «dasbrötchen» pero a la gente del lugar le incomoda la pronunciación. Lo cambiaron al poco tiempo, pues.

Desde que era niña, Martina visitaba el lugar con su abuela Rosalía.

El aroma a pan recién horneado inundaba el pequeño establecimiento de paredes desgastadas.

Cada visita era un regalo para los sentidos; el sabor del panecillo era inigualable y siempre evocaba recuerdos felices de su infancia.

Abuela Rosalía era una mujer sabia y cariñosa. Decía que al mundo había que encararle, comerle. No temía a casa nada. Su risa resonaba como música y sus historias dejaban huella en el alma de quienes la escuchaban.

Todos los días, después de la escuela, Martina se sentaba frente a la mesa de la cocina mientras abuela Rosalía preparaba el té.

El panecillo recién comprado acompañaba sus charlas llenas de sabiduría y cariño.

Una tarde de otoño, el viento soplaba con fuerza y las hojas doradas caían suavemente, balanceándose en el aire.

Martina y su abuela caminaron hacia la panadería como tantas veces antes.

Sin embargo, algo era diferente esa tarde; el aire estaba cargado de un aire de nostalgia y tristeza.

Al entrar en la panadería, Martina notó que el ambiente no era el mismo de siempre.

El aroma del pan parecía mezclarse con la esencia del dolor y la despedida.

Se acercaron al mostrador y saludaron al dueño, Don Antonio, quien tenía una mirada compasiva en sus ojos.

«Martina, Rosalía», dijo Don Antonio con voz suave, «siento mucho decirles que el abuelo Francisco falleció esta mañana».

El mundo pareció detenerse por un momento.

Abuela Rosalía tomó la mano de Martina con fuerza, y ambas sintieron cómo un nudo se formaba en sus gargantas.

Don Francisco, el esposo de Rosalía y el abuelo de Martina, había sido una figura central en sus vidas.

Sin decir una palabra, Don Antonio les entregó un par de panecillos calientes recién horneados y las miró con comprensión.

Martina y su abuela se sentaron en una mesa cercana, compartiendo el silencio y el sabor del panecillo que ahora tenía un significado más profundo.

Las semanas siguientes fueron difíciles para Martina y Rosalía.

La pérdida del abuelo Francisco dejó un vacío en sus corazones, y el aroma del panecillo ya no era solo un placer, sino un recordatorio constante de su ausencia.

Sin embargo, en medio de la tristeza, encontraron consuelo en las dulces memorias compartidas con él.

Una tarde, mientras caminaban hacia la panadería, Martina notó algo diferente en el aire.

El aroma del panecillo era familiar nuevamente, pero esta vez, estaba lleno de amor y gratitud.

Abuela Rosalía sonrió con lágrimas en los ojos.

«El abuelo Francisco siempre estará con nosotras en cada panecillo que compartamos, en cada sabor y en cada aroma», dijo Rosalía con voz serena.

Desde entonces, la panadería «panecillo» se convirtió en un lugar sagrado para Martina y su abuela.

Cada vez que disfrutaban del panecillo caliente y recién horneado, sentían la presencia del abuelo Francisco y su amor incondicional. Disfrutaban del pan, lo comían, y así como lo hacían con el mundo.

Los días pasaron, y Martina creció rodeada del legado de su abuela Rosalía y el abuelo Francisco.

El sabor y el aroma del panecillo se mantuvieron vivos en su memoria, recordándole que el amor, entre otras cosas, perdura incluso después de la muerte. Pues, no acaba ni lo hará jamás.

Y así, el pequeño pueblo siguió tejiendo sus historias, entrelazando el sabor del panecillo con los lazos de la familia y con la mismísima eternidad.

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